Periodistas, autónomos y jugadores

La parálisis del tiempo libre

Desconectar es cada vez más dificil; especialmente cuando nos acercamos al medio desde el prisma del profesional precario.

He asumido que no voy a poder jugar por ahora a Happy Home Paradise. A pesar del remanso de paz que me ha proporcionado siempre la saga Animal Crossing, descubrir las novedades que trae su expansión y volver a pasar tiempo en la isla que tantas alegrías me ha dado va a tener que esperar. La realización ha llegado con alivio —me digo que he vencido al omnipresente FOMO, que soy capaz de ir a mi propio ritmo—, pero también con la desalentadora certeza de que, aunque todo siga igual, hay algo distinto. Mi ritmo de vida ha condicionado por completo la manera en la que me relaciono con los videojuegos.

En realidad, llevo bastantes meses pensando en cómo ha cambiado mi aproximación a lo videolúdico con el paso de los años. Primero fui una niña emocionada que descubría el medio con asombro, como quien abre un regalo la mañana de Reyes. Después llegaron los cuestionamientos y el rechazo, el sentirme fuera de lugar en una afición que mi entorno se empeñaba en catalogar de infantil o masculina. Ese distanciamiento autoimpuesto se mantuvo demasiado, hasta que leer en redes a otras jugadoras compartiendo su entusiasmo me animó a volver con energías renovadas.

Desde entonces, he conseguido no solo hacer las paces con el videojuego, sino enamorarme de sus posibilidades narrativas, de su capacidad de inmersión y de su variada oferta. Sin embargo, desde hace unos meses me siento estancada. Mientras mi biblioteca digital no deja de crecer, mi capacidad de concentración ha caído en picado y no logro sacar ni siquiera un rato para disfrutar, aunque sea, de una partida breve o de una obra corta. Además, repito una y otra vez el mismo patrón de alternar semanas sin jugar con otras de dedicación intensa. Cuando me pregunto por lo que está pasando, un concepto acude a mi mente: Ansiedad.

De eso hablaba mi compañera Deborah López en Asistencia interactiva, del acompañamiento constante del agobio y de cómo, en su caso, los videojuegos son unos grandes aliados a la hora de paliar el malestar. Al leerla consigo empatizar con su simpatía por los wholesome games, que son un refugio estupendo en el que gestionar las emociones propias. También entiendo el beneficio para la salud mental que supone sentirse en control dentro de un entorno delimitado. Pero ya no me funciona, no del mismo modo que antes. 

Estoy cansada, como diría Dani Martín, y ese agotamiento vital no desaparece cuando juego porque el estrés me impide disfrutar de mi cada vez más escaso tiempo de ocio. No me concentro, me frustro con facilidad, soy incapaz de mantener la atención fija o tan siquiera puedo ponerme con mis hobbies en primer lugar. Sé que no soy la única, porque en mi entorno no deja de comentarse esta afección, la denominada free-time paralysis, que nos empuja a pasar horas sin hacer nada más allá de divagar en redes sociales al impedirnos leer, ver películas o decorar casas digitales. 

Si a esto sumamos que la fatiga pandémica propicia una falta de energía, en esta combinación explosiva parece residir el problema de mi conflictiva relación actual con el videojuego. Sin embargo, por mucho que no quiera asumirlo, sé qué hay algo más que ha propiciado ese cambio: escribir sobre ellos. Desde que lo hago, no me enfrento al juego de la misma manera y su consumo ha quedado relegado a una cuestión meramente laboral. En realidad, ya me ocurría antes, cuando comencé a estudiar por curiosidad su narrativa, aunque es innegable que el vínculo con ellos no resulta tan liberador cuando tu sustento entra en la ecuación. 

No quiero que se malinterprete mi reflexión con una rabieta, no se trata de un llanto inconsciente. Comprendo el privilegio que tengo de haber encontrado un medio honesto en el que poder escribir con autonomía de aquellos temas que me interesan. Aquí tengo la libertad de aprender, explorar distintos enfoques y centrarme en los aspectos del videojuego que me parecen más llamativos. Pero tampoco puedo pasar por alto el impacto que este hecho tiene en cómo me relaciono con lo que antes era una mera afición, ni tampoco el contexto en el que desarrollo mi profesión. 

La precariedad de ser autónomo, la mala situación del periodismo cultural en general y el alto coste emocional que estos elementos tienen en el día a día son innegables. Hay estudios que afirman que el burnout ha hecho renunciar a su trabajo a multitud de compañeres debido a la presión de las fechas de entrega, la inseguridad laboral y la insatisfacción con el salario. Encima, alrededor del 59% de les autónomes entrevistades en una investigación de The Leadership Factor (TLF) afirman sufrir ansiedad por culpa de una incapacidad para desconectar que ya había sido detectada en estudios anteriores. Además, un informe de la comunidad de apoyo de salud mental para autónomos Leapers asegura que el 64% de les trabajadores por cuenta propia sufren de problemas de salud mental que afecta a su capacidad de trabajo

Tener una relación complicada con la ocupación no es algo exclusivo de periodistas o autónomos, pues estamos dentro de una cultura del esfuerzo que nos lleva a trabajar una media de 9,20 horas extra semanales, ya sea por estatus, por necesidad o por una romantización de la sobreexplotación que se ve potenciada por la inseguridad existente en el mercado laboral actual. Partiendo de este marco, es comprensible que las responsabilidades de la vida adulta compliquen disfrutar de los videojuegos —o de cualquier otra alternativa de ocio— con tranquilidad y por puro placer. Es una realidad con la que convivimos en el sector y con la que cada une lidia de la forma que puede.

En mi caso, este inconveniente había afectado primero a otras de mis aficiones. Al principio me intentaba convencer repitiendo que, cuando consumo audiovisual, me canso rápidamente de ciertos patrones que se repiten, de ver siempre un mismo tipo de vivencias reflejadas, de contar con un modelo rígido de historia y de un estilismo encorsetado a la hora de trasladarlas a la pantalla, algo que no me ocurre con los videojuegos por sus posibilidades expresivas y por lo sencillo que resulta acercarse a obras variadas en forma, tema y tono. 

Mediante plataformas como itch.io se puede encontrar de todo a precios asequibles, al menos si buceas entre las múltiples opciones autogestionadas. De la mano de pequeños desarrolladores encuentro alternativas interesantes que me apelan directamente, que me hacen cuestionarme ciertos temas o que me acaban emocionando. Es una pena que también suelen venir de una independencia estrechamente relacionada con la precariedad. Por eso, he intentado aprovechar este espacio para hacer una pequeña defensa de lo indie, porque dentro de mi complicada relación videolúdica, suponen un punto de agarre que me mantienen activa como jugadora.

Hasta ahora pensaba que, como mi relación con los videojuegos había cambiado a la par que mis intereses, necesitaba historias íntimas y honestas. En lugar de perseguir el escapismo, busco conectar con unas propuestas conmovedoras que me hagan empatizar con sus personajes, sentir como propias sus vivencias o disfrutar de un momento de meditación mientras me adentran en su universo durante el puñado de horas que mi atención se mantiene intacta. Puede sonar bonito, pero la realidad oculta es que he gamificado mis ratos de ocio.

A medida que escribía este artículo, he comprendido que la verdadera razón por la que ahora solo disfruto de las pequeñas obras pausadas e intimistas es porque soy incapaz de enfrentarme a opciones en las que haya que realizar misiones, porque mi vida ya es una enorme e inabarcable lista de tareas por tachar. Tampoco consigo empezar opciones largas porque me abruma pensar en todas las horas que me quedan por delante y sentir que debo terminarlos para disfrutar de verdad de la experiencia, de modo que nunca logro relajarme por completo. 

A su vez, el mismo hecho de conectar mejor con estas alternativas indie se debe a que cuando juego por trabajo estoy haciendo algo productivo. Solo si pienso que después voy a escribir sobre ello me permito bajar la guardia y divagar un rato por sus mundos. Es decir, que acabo jugando a piezas que me dejan caminar sin rumbo, maravillarme con lo que me rodea o charlar un buen rato con amigues porque en mi rutina no me permito «perder el tiempo» en estas cuestiones tan necesarias.

Ahora que entiendo esto, puedo empezar a trabajar en encontrar una manera más sana de relacionarme con los videojuegos por trabajo, pero sobre todo por afición. No quiero perder la oportunidad de seguir disfrutando de un medio tan rico y apasionante, aunque no sea fácil encontrar un equilibrio a la hora de gestionar la vida laboral con el ocio dentro de un sistema que define nuestro valor en función del rendimiento. 

Quizá lo que necesito sea irme a una isla desierta repleta de simpáticos vecinos que se alegren de verme aun cuando no he sido productiva. Si lo hago, tengo que evitar caer en la tentación de competir por tener el entorno más bonito, la casa más perfecta, el tiempo de juego mejor aprovechado. Comenzaré por dar un paseo, saborear un buen café y ver hacia donde me lleva la tarde. Al fin y al cabo, si Rese T. Ado pudo superar el estrés, hay esperanza para todes.

Colaboradora

Periodista cultural y guionista peleona en busca de su propia narrativa. En «Diario de un NPC» explorará cómo se crean las historias en videojuegos y por qué funcionan las escenas que nos emocionan.

  1. Gegr is Win

    Creo que se están republicando textos anteriores porque juraría es la 4ta o 5ta vez que leo esto.

  2. Pablocirici

    Me logueado solo para decir que me ha parecido un articulo muy bonito, el final me ha hecho soltar una sonrisita tonta. Totalmente identificado

  3. Orlando Furioso

    Ya lo decía Debord: hay que estar en contra del tiempo libre, que no es más que el tiempo de consuelo, el excedente, del tiempo de trabajo.

  4. Quibey

    Me siento identificado pero yo me lo tomo como dos cosas diferentes. Por un lado, trabajo en algo que antes era una afición y que poco a poco ha dejado de serlo. Antes podía pasarme las horas haciéndolo sin cansarme, y ahora con 8 al día (mínimo) es más que suficiente para terminar harto.
    Por otro lado está el tema de la atención. No sé si por estrés, por la necesidad de inmediatez o por la dificultad de enfocar mi atención durante un rato relativamente largo estoy dejando de jugar a juegos que considero importantes por necesitar toda mi atención. Por ejemplo Disco Elysium. Necesito poner toda mi atención a jugarlo porque no quiero perderme ni una pizca de la gran experiencia que tiene para ofrecerme. Por eso mismo nunca es un buen momento para seguir jugando, me da pena hacerlo. Así que al final termino con juegos más mecánicos y «fáciles». Creo que necesito aprender a meditar…

  5. andrewpm_

    Es un dolor para mí como el tiempo libre ya no es lo mismo que antes. Incluso, el sentarme a jugar muchas veces viene cargado de culpa por no estar siendo productivo. Escribiendo esto, me lleno de tristeza de reconocerlo.

    Nos podemos ir por las ramas y hablar de los factores económicos, sociales y políticos que no nos dejan solos hasta en nuestros espacios íntimos, pero la idea que funge como arma para mí es que mañana me puedo morir y lo haría sin disfrutar lo que quería.

    Porque al final, no nacimos para ser unas máquinas de productividad, y el que no lo comprenda pues… Allá él.

  6. albertoalez

    Esa sensación la comparto. Intuyo que por eso se escriben este tipo de textos: porque si hay un problema, lo mejor es hablar del problema. Yo he hecho algunos cambios en mi vida para contrarrestar la ansiedad, que empezaba a ser grave. Admiro a los que podéis sobrellevar el jaleo de la vida moderna, pero yo no soy capaz. Os cuento por si a alguno os vale.
    —No me llegan emails de ofertas. Fuera steam, fuera dekudeals, fuera noticias de la Switch. No sé cuándo hay ofertas, y no pienso pagar por ningún juego hasta que acabe (o decida dejar de jugar) a un montón de juegos que tengo sin empezar. ¿Está sirviendo? Está sirviendo. He vuelto a disfrutar y juego de otra manera.
    —Yo me he dado cuenta de que la ansiedad viene de la inmediatez. He dejado de consumir inmediatez. Fuera webs, fuera los x podcast que seguía. ¿Cómo me organizo? Solo un podcast: reload. Fuera periódicos online: dentro noticias de la radio/periódicos en ebiblio Fuera webs: solo me hago una pasada por las que usaba para tecnología/videojuegos/música/política cuando me acabo un libro. Además, uso pocket y los artículos los leo en mi lector electrónico, a mi ritmo. Fuera discord/redes sociales (esto lo hice hace un par de años) ¿Está sirviendo? Está sirviendo. Quizá me entere de lo de Activision cuatro días o cuarenta después. Me da igual.
    Ahora uso el móvil para comunicarme y oír la radio, y juego y leo y veo cine sin las presiones de lo inmediato. Antes, cada segundo que tenía libre mi cabeza iba sin frenos a consumir la inmediatez del móvil. Ahora no lo llevo encima. Estoy más tranquilo, más feliz, con menos ansiedad. Sé que he vuelto a los años 90 un poco, y no sé lo que voy a durar, pero ahora hasta hablo más despacio.
    Hasta hablo más despacio.
    Volveré por aquí a ver si alguno responde después de leer La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Pasé por una librería y me llamó la atención. Ni reseñas ni nada. No sabéis lo que he disfrutado Proyecto Hail Mary sin saber absolutamente nada de él.