Un análisis de Dordogne

Las muchas vidas de las historias

Un regreso a la infancia en toda su plenitud: El tiempo se dilata, la prisa desaparece, las pequeñas cosas ganan importancia y el juego, como actividad, se sitúa en el centro.

Resulta sencillo conectar con la historia de Mimi, protagonista de Dordogne: una joven de ciudad que regresa al pueblo donde, hace mucho tiempo, compartió un verano con su abuela. Quizá no parezca la historia más original del mundo, pero el juego no tarda mucho en cautivarte con elementos menos evidentes, al menos en un primer vistazo, que su atractivo apartado gráfico. Poco a poco su propuesta alcanza el punto idóneo para su disfrute, el momento justo en el que logramos vislumbrar un inevitable final que no queremos que llegue. De cierta manera, el juego del estudio francés Un je ne sais quoi —que debuta ahora después de darse a conocer, hace unos cuantos años, con Mr Tic Toc & the Endless City, un proyecto que no llegó a salir y que comparte con Dordogne estilo artístico— comparte estructura y sensaciones con aquellos viajes veraniegos que no nos apetecían del todo en un principio, pero que terminaron generando un recuerdo cálido en nuestra memoria.

«Ojalá pasarlo con mis amigos en vez de venir aquí…»

La primera vez que vemos a Mimi está en su coche, detenida durante un oscuro y lluvioso día en la ciudad. Pese a que su padre se opone frontalmente, se dirige al que fue el hogar de su abuela paterna, una preciosa casa en la región atravesada por el río Dordoña. Mimi no recuerda bien qué ocurrió el último verano que pasó junto a su abuela, pero sí nos deja claro que hubo un importante desencuentro dentro de la familia. Aunque no sepa qué busca exactamente, el impulso de Mimi por recordar y reconectar es contagioso. El juego pone mucho de su parte para que esto sea así, ya que cuando la protagonista se topa con un objeto clave nos trasladamos a un pasado más colorido, lleno de vida y con la alegría nostálgica que desprenden los dilatados veranos de nuestra infancia.

La clave, el auténtico corazón de Dordogne, está en las últimas vacaciones estivales que pasó Mimi con su abuela. En cómo han logrado reflejar el variable paso del tiempo con esta edad, el disfrute que se halla en las pequeñas cosas o la tranquilidad que quizá no logramos valorar hasta que crecemos y, por desgracia, ya es demasiado tarde.

Esta chiquilla, con un sombrero casi más grande que ella, tiene que pasar unas semanas junto a su abuela en un paraje espectacular. El estilo del juego acompaña: las ilustraciones de acuarela componen un fondo ideal para construir los escenarios por los que transita la protagonista, sobrados de colorido y con la identidad suficiente como para ser fácilmente reconocibles. Los modelos 3D de los personajes terminan por asimilarse y mezclarse a la perfección con el resto; al igual que le ocurre a la propia Mimi, solo es necesario tener paciencia para que todas las piezas encajen y dejemos de ver los elementos que conforman el juego y percibamos un todo bien cohesionado.

Antes incluso de que Mimi se acostumbre a su nueva rutina, Dordogne se convierte en una historia fluida que no queremos dejar de jugar. A consolidar esta sensación contribuye un espléndido doblaje al castellano, reforzando la idoneidad de un personaje como el de Mimi. No digo que nuestra voz interior no sea suficiente para dotar de gracia y encanto a una niña que ronda los diez años cuando enuncia con soberbia frases como «ni que tuviera siete años», pero el personaje agradece los registros que aporta su actriz de doblaje.

Pese a todas estas virtudes, los primeros compases del juego ya muestran el que puede ser el gran pero de Dordogne: el juego tiene miedo de soltarnos la mano. Recorremos este viaje a través de los recuerdos de infancia con una sonrisa, en perfecta armonía con todo, hasta que llega el momento de realizar una acción y en pantalla nos muestran qué tenemos que hacer exactamente. Esto, en principio, no supondría un problema. De hecho no lo es las primeras veces, una suerte de guía o tutorial tiene sentido para que nos familiaricemos con los controles. Sin embargo, una vez sabemos qué botón hay que pulsar y que la dirección de la palanca será la más lógica en función de la acción que queramos realizar —algo bastante logrado, además, ya que muchas acciones se sienten muy reales, casi palpables—, resulta molesto que nos priven de la oportunidad de investigar y descubrir cómo solucionar las distintas situaciones. Tendría sentido si la abuela de Mimi fuera una persona estricta y que no confiara en su nieta; ojalá Un je ne sais quoi confiara en nosotros y nos permitiera la misma libertad para experimentar, explorar y, en definitiva, jugar.

«Los lugares, los objetos, deben tener muchas vidas»

Quizá esta queja sea una rabieta como la de Mimi al llegar a casa de su abuela, algo que realmente podemos ignorar y no estropea tanto el disfrute de su gameplay. En Dordogne hay mucho que hacer, sobre todo en las partes del pasado. Son todo situaciones verosímiles, encajan en lo que una niña puede hacer durante sus vacaciones con la abuela: merendar, visitar el mercado, ayudar en distintas tareas en el terreno y en la casa, pasear en kayak, explorar la naturaleza y echarse una buena siesta. No olvidemos que «las siestas son lo mejor» y pocas estampas nos trasladan mejor a una tarde estival que el cálido beso de un sol que ya ha iniciado su descenso.

De todas las actividades que realiza Mimi, la más importante es la elaboración de un álbum. Este objeto es clave en muchos sentidos: es un objeto clave para la historia, en ambas líneas temporales; pero también hace las veces de menú, en el que podemos consultar los logros de cada uno de los ocho capítulos, las pegatinas desbloqueadas, las composiciones que hemos realizado con el resto de coleccionables y lo que queda aún por descubrir. Este tipo de libretas repletas de notas, poemas, pegatinas y dibujos también forman parte de mis recuerdos de infancia, un cajón de sastre en papel donde poder dejar volar la imaginación.

Estos coleccionables que sirven para adornar el álbum, además de las pegatinas, son grabaciones, fotografías y frases. Durante los paseos de Mimi nos toparemos con palabras sueltas, pero también conseguiremos más elementos para componer un buen verso en función de los temas que escojamos tratar en las conversaciones. El estilo de estas palabras clave encaja con el resto del apartado gráfico, pero su encaje en pantalla, una vez traducidas, a veces es un poco rocambolesco. La forma de conseguir las fotografías y las grabaciones es más típica: una vez desbloqueemos cualquiera de las dos herramientas, podremos realizar hasta diez instantáneas por capítulo y capturas los sonidos de la zona, desde los lejanos ladridos de un par de perros o el relajante traqueteo del pequeño tren de su abuelo.

Durante la partida, cada una de las actividades encaja de forma natural, para nada resulta tedioso ni cansado. No obstante, a la hora de hacer memoria parece que son muchísimas, ¡la pobre Mimi no para! La clave para que todo este trajín sea una experiencia relajante y disfrutable está en el ritmo. Cada una de estas tareas sucede sin ninguna prisa. El juego funciona como el Dordoña cuando Mimi y su abuela van río abajo, favorece el avance de forma natural, mientras que nosotros remamos para alcanzar la meta sin un esfuerzo excesivo, pudiendo disfrutar del viaje sin agobios, sintiendo la brisa en la cara, jugando con el agua, viviendo el momento.

Más allá de todo lo que el juego pone en favor de estas sensaciones tan agradables, el personaje de la abuela se encarga de verbalizar que nos encontramos en un espacio seguro. Más allá de cuidar y proteger a Mimi, de interesarse por su bienestar y respetar sus tiempos, su abuela tiene algunas de esas frases que resuenan incluso semanas después de terminar la partida. Quién no querría escuchar algo como que «aquí está bien si no estás bien». Son palabras cuya relevancia crece cuando es la Mimi adulta quien las recuerda. No es que su versión infantil ignore los problemas entre su padre y sus abuelos, pero cada vez que regresamos al presente volvemos a la cruda realidad, casi siempre acompañada por un mensaje de texto poco empático del padre de Mimi, más preocupado por sus problemas sin resolver con aquella casa y sus antiguos habitantes que por lo que persigue su hija.

«Tercera semana… el tiempo pasa volando»

Es normal añorar los veranos de nuestra infancia, aquellos que duraban tres meses que parecían eternos. Pese a ello, siempre llegaba un momento en el que las tardes se acortaban, refrescaba un poco más cada noche y el fantasma de la vuelta al cole empezaba a susurrarte al oído. En Dordogne ocurre algo parecido. Los capítulos se suceden con un ritmo fantástico, los avances en ambas líneas temporales resultan satisfactorios, las aventuras de Mimi junto a su nuevo amigo Renaud son entrañables, los recuerdos que encontramos en las grabaciones y cartas nos desvelan un trasfondo duro y triste que enriquece la textura del argumento… y de golpe, sin prisa pero sin pausa, atisbamos el final de todo.

Toda historia debe tener un final y no hay nada de malo en ello. De hecho, la recta final de Dordogne encaja con la construcción de los capítulos previos. Ningún problema con eso. Pero cuesta decir adiós cuando has conseguido acomodarte, cuando has hecho de ese lugar tu casa. En este caso es una despedida múltiple, porque terminar la historia implica no volver a la infancia de Mimi, pero también dejar de contemplar la sonrisa de su abuela. Por triste que resulte, por suerte, contamos con su sabiduría para seguir adelante. El álbum que heredamos era un archivador precisamente para que no tuviera fin, para poder crear una nueva historia y que todo continuara. Recordar estas enseñanzas es la clave para que la Mimi adulta encuentre su camino en el presente, en lo que supone la por el momento última página de un álbum precioso.

Reconozco que el encanto que he encontrado en Dordogne se debe en parte a la cantidad de aciertos que ha tenido el juego de Un je ne sais quoi a la hora de conectar conmigo. La búsqueda de cierta criatura mística que descansa en el fondo del Dordoña puede recordar a ciertos sucesos de El viaje de Chihiro, una de las películas que más me hizo volar cuando tenía la edad de Mimi. Los niños de ciudad que dejamos de ir al pueblo terminamos creciendo y añorando el tiempo que no pasamos con nuestras abuelas cuando, por desgracia, ya es demasiado tarde. De poco sirve arrepentirse por lo que no sucedió, no es que podamos cambiar nada, pero por suerte sí podemos regresar a esos veranos eternos, con sus paseos junto a la abuela, las tardes haciendo mermelada de membrillo, las historias junto al brasero en una jornada de tormenta, los secretos que atesora cada reliquia en el hogar, ese cariño inconmensurable que nos protege y, en definitiva, todos esos cálidos recuerdos estivales que, como sucede al jugar a Dordogne, nos calientan el corazón.

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Graduado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la universidad de lo de Cifuentes, Juan es una de las voces de NAT Moderada y ha colaborado en medios como BreakFast, Desayuno Continental y Cocinando Fandoms. Observador nato, le encantan los gatos y si algún día ves que te mira intensamente es porque quiere grabar un podcast contigo.

  1. Jamelín

    Indie, acuarelas y franceses. Mucha red flag junta.

    1. JT'Salas

      @jamelin
      Ojo que la lead game designer es española, no son todos franceses xD.

      1. Jamelín

        @zoro
        La tendrán secuestrada. Que alguien avise al ministerio de Defensa.