El creador de Knytt sorprende con un «plataformas sin plataformas» breve pero único de una forma que lo convierte en una de las sorpresas de la temporada.

Lo del «plataformas sin plataformas» es un buen reclamo publicitario para quienes gustan de rizar rizos que ya parecen más que rizados. Lo de Ynglet, sin embargo, no es ninguna boutade: no es como es simplemente porque puede, sino que se nota un interés honesto y contagioso en explorar las posibilidades de una manera de moverse por el espacio, un esfuerzo sincero que lo convierte en un juego inteligente y memorable.

Ynglet nació en una game jam, como quizá no podría haber sido de otra manera. Aquí somos una criatura fantástica cuyo movimiento solo podemos controlar mientras estamos dentro de una suerte de burbujas, cuerpos bien identificados de los que salimos despedidos como un delfín; para avanzar, así, debemos calcular la fuerza y la dirección con la que salimos de las «plataformas» para que la trayectoria del impulso nos haga caer en un lugar seguro. Esta mecánica básica ya estaba presente en el prototipo apresurado de 2013; en el juego de la game jam (incluido como extra) está ya el germen de una exploración que Nifflas (Knytt) desarrolla en la versión comercial.

Esta idea básica del salto de delfín nunca deja de combinarse con otros elementos: en cada nivel se introducen nuevas mecánicas que le dan una vuelta de tuerca a la idea del «plataformas sin plataformas», proponiendo distintas formas de exploración y retos que no buscan tanto ser muy desafiantes (aunque a veces lo sean) como resultar satisfactorios e inteligentes. Más allá del movimiento estándar, un impulso permite avanzar rápidamente en una dirección, una suerte de dash que, en combinación con distintos tipos de obstáculo, van haciendo que el diseño de niveles sea más complejo; además de alcanzar el punto de meta, hay unos cuantos coleccionables que te animan a realizar carambolas inusuales o a llegar a zonas de cada nivel escondidas o no tan obvias, fuera del camino principal.

Un sencillo código de color (rojo y azul, como las plataformas de Super Mario que aparecen y desaparecen al saltar) le da al juego una legibilidad agradable y que nunca lo hace demasiado evidente; sigue habiendo un gusto muy especial en aprender nuevas formas de utilizar las sencillas normas que rigen el mundo que te rodea (las líneas rojas hacen que el impulso en el aire rebote; las azules, por el contrario, se atraviesan con impulso: de lo contrario, rebotas en ellas), explicadas en los brevísimos tutoriales que preceden a los niveles en los que se exploran fuera de un entorno controlado. Hay puntos de control, pero tienes que ponerlos tú: si te paras unos segundos, la burbuja en la que estás se convierte en el lugar desde el que continuará la partida si caes al vacío. Es el tipo de idea tan sencilla y perfecta, y con un impacto tan grande en la partida, que casi parece que se le podría haber ocurrido a cualquiera.

Sería irrespetuoso no darle al arte y la música el peso que se merecen, y no solo porque el primero esté dibujado a mano y la segunda, compuesta de manera dinámica con un «software musical personalizado e innecesariamente complicado» que adapta los sonidos a tu movimiento. El par de horas que dura Ynglet serían mucho menos rotundas si no se desarrollasen en un mundo increíblemente reactivo, en el que el diseño de niveles va acompañado de una explosión de colores y piezas en movimiento que convierten los mapas (inspirados en la ciudad de Copenhague, que sirve de selección de niveles y que nos llevan de Sydhavnen a Christiania o al parque Nørrebro) en espectáculos caleidoscópicos sincronizados, tecnología mediante, con una banda sonora ambient en la que también se reflejan tus acciones. Es un juego breve, qué duda cabe, pero a cambio nunca es redundante ni su propuesta o sus trucos pierden fuelle.

Por su brevedad y su gran expresividad, prefiero no escribir más de lo estrictamente necesario; Ynglet hace todo lo que necesita hacer para que quien llegue a él con la mente abierta se encuentre con una de esas experiencias en las que las ideas audaces están ejecutadas con una precisión que las traslada al mando (o al ratón, como ha sido mi caso) sin que pierdan ninguna fuerza en el proceso de materializarse, de pasar de lo abstracto a lo concreto. Incluso los estudios más hábiles y los juegos de plataformas más estándar (y que por tanto deberían tener menos problemas para encontrar una forma óptima de llevar a cabo sus propuestas) se tropiezan de vez en cuando en este accidentado viaje desde el mundo de las ideas hasta la pantalla de un ordenador o una consola. Ynglet, sin duda una de las grandes sorpresas de la temporada, no tiene ese problema.

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    1. Mominito

      @alexrevg
      Venía justo a decir eso. Me recuerda a EsaCompañiaDeJuegos.

      1. ElAlexRG

        @mominito :fary: :proud:

      2. Mominito

        @alexrevg
        :aristocles:

  1. Gordobellavista

    ¡Qué llamativo!
    Apuntado.

    PD: 100% de reviews positivas en Steam

    PD: ¿Para cuando en Switch?

    Editado por última vez 9 junio 2021 | 18:52
  2. raidoku117

    Me recordó a flow y me da vibra de hohokum.

  3. DarkCoolEdge

    Me lo has vendido totalmente 😀