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El arte de dejarse querer

Kintsugi: Corazones imperfectos

por , 18 de marzo de 2020 a las 16:00 -

Kintsugi: Corazones imperfectos

Si hay algo que nos han enseñado las ficciones es que el amor es para siempre mientras que el desamor no es más que un estado transitivo. Que encontrar pareja es una celebración mientras que separarse de ella es algo negativo, un estado doloroso del que nos tenemos que curar. A lo largo de nuestra relación con las historias, imágenes como el «loco de amor» dispuesto a hacer cualquier cosa por conquistar a la mujer de sus sueños o la solterona que ahoga sus penas sentimentales en una gran tarrina de helado se han quedado fijas en nuestras retinas, componiendo una fotografía de alto contraste que nada tiene que ver con la realidad. Pensemos en Firewatch, en donde el alejamiento emocional que experimenta Henry con respecto a su mujer es solo el preludio de la historia auténtica, el contexto para la narración que de verdad merece la pena; aquella que lo lleva a estrechar lazos —y a ilusionarse, por supuesto— con Delilah. Esa que deja veinte años reducidos a una anécdota mientras que la anticipación ante el nuevo enamoramiento se dilata horas y horas en el tiempo.

En la realidad, por supuesto, encontramos matices. Amores amargos, no porque finalizan sino porque suceden. Rupturas liberadoras y corazones destrozados que deben seguir adelante a pesar de los golpes y desgarros. También aprendemos que las páginas nuevas no son páginas en blanco. Que la historia no empieza, solo continúa. Y, en ocasiones, la persona amada es un alma frágil con un imperfecto corazón.

El kintsugi es un técnica con resina y polvo de oro que los ceramistas japoneses utilizan para reparar objetos. Este arte, que se practica desde el siglo XV, nace de una filosofía que aboga por la belleza de las cicatrices y la reivindicación de las historias. Dentro del kintsugi las rupturas, los quiebros y las grietas no son algo definitivo sino una etapa más. Una tragedia de la que podemos salir extrañamente embellecidos. Reforzados. Distintos pero también únicos. Y fue esta filosofía la que inspiró a Fran Castillero, Rubén Navajas y Hussein Lababidi la historia de autoamor en tres actos que compone Kintsugi, el primer juego de un grupo de desarrolladores no profesionales con mucho que aportar.

«En los últimos años me han marcado narrativamente muchísimo videojuegos que hablan sobre afectividad tanto para los demás como hacia uno mismo tales como Sayonara Wild Hearts o Celeste. Y me han parecido maneras potentísimas de contar historias utilizando mecánicas de videojuego haciendo que permeen en uno mismo de formas distintas a otros medios audiovisuales», nos cuenta Castillero, el diseñador narrativo del título al ser preguntado por su concepción. «Quería escribir sobre afectividad, porque he tenido en los últimos años episodios en mi vida que me han forzado a ponerme las pilas (como aprender a tratar con la fuerte depresión que tuvo mi ex pareja) y me han hecho mucho más empático con respecto a muchísimos temas que veía necesario poner en valor». 

Kintsugi: Corazones imperfectos

Pero que Kintsugi trate el tema de la afectividad no significa que sea un título apocado o fácil. Menos aún cuando cuenta con semejantes referentes. El primer gancho del juego llega a los pocos minutos. Un golpe de derecha, directo, que nos hace contener la respiración. El primer acto nos presenta una escena cotidiana. Una pareja y una casa. Una discusión. No tardamos mucho tiempo en ver que algo no marcha bien. Que el balance de poder se inclina de forma muy peligrosa hacia la parte masculina y que mientras que ella discute, él se encarga de atacar al autoestima. Entonces, como jugadores lo descubrimos. No somos ella, somos él. Y nuestro objetivo en este momento es hacerle mucho daño. «El efecto principal que buscaba conseguir era la repulsa y el asco», detalla el diseñador narrativo, «no solo de manera obvia (cuando la insulta directamente), si no cuando claramente está ejerciendo mecanismos de manipulación activa utilizando buenas palabras y chantaje emocional de una manera que el personaje cree sutil pero que termina siendo bastante meridiana. La reacción por parte de muchos jugadores fue exactamente la que estábamos buscando. Mucha gente jugó el juego delante de nosotros y en esos momentos escuchamos muchos resoplidos, muchas muecas o unos reveladores segundos en los que se quedaban quietos porque no querían pulsar ninguna de las opciones que el juego les daba...». 

Uno de los problemas al hablar sobre violencia de género en los medios de comunicación es la insensibilidad que se crea a largo plazo en el receptor. Cada vez que escuchamos la construcción «una nueva víctima de violencia machista» nuestra mente no crea la imagen de una persona tridimensional, la de una mujer compleja que ya no tendrá la oportunidad de cambiar su vida, sino la de una nueva línea en una larga lista que, parece, no podemos parar. De la misma forma, cuando al agresor lo llamamos «monstruo», separamos de nosotros mismos los mecanismos que producen esta situación de maltrato y los achacamos a una naturaleza oscura. Kintsugi consigue revertir esta insensibilización cambiando la perspectiva desde la que se muestra el problema, y su intención queda reforzada por la propia naturaleza del videojuego. Controlando al agresor, nuestra misión es hacer todo el daño posible. Como jugadores empáticos, nuestro deseo es no herir a la mujer. Kintsugi sale victorioso de su primer acto contra un tema tan espinoso gracias a la empatía. También gracias a la documentación: «Tuve "miedo" en todos los campos delicados de los que quería hablar. Era muy fácil meter la pata y reflejar un enfoque simplista en temas con tantas aristas y contando solo con apenas 5 minutos para tocarlos todos. Por eso siempre quise tener el asesoramiento constante de Femdevs y Gaymer.es antes de escribir sobre un tema delicado y al final quedé bastante contento con respecto a ver que compartían la visión de muchos de los temas que traté».

Tras el primer acto nuestra protagonista queda rota. Su corazón se ha fracturado no a causa de los golpes sino de la dureza de las palabras. Pero si algo nos ha enseñado el arte japonés del kintsugi es que la palabra «roto» no tiene por qué tener connotaciones negativas. No tiene que significar que quedamos inservibles sino que arrastramos cicatrices de haber existido con anterioridad. Dejar claro este concepto era especialmente importante para el equipo de desarrollo que sigue viendo el juego como una forma de conversar con las víctimas: «Decir que una persona queda rota de una manera irreversible no es lo más acertado, porque creo firmemente que todos tenemos oportunidad para volver a brillar en las situaciones adecuadas: no hay que dejar que una rotura te represente como persona, pero tampoco olvidar nunca lo que te hicieron porque esto es importante», nos explica Castillero. 

Kintsugi: Corazones imperfectos

La posibilidad de volver a brillar es lo que se explora en el acto II. De nuevo, Kintsugi se diferencia de otras historias de temática similar al mostrarnos la recuperación, el espacio para el olvido. Al recordarnos que abandonar a un maltratador es un proceso largo y doloroso que no acaba con la separación física inmediata. Mediante una conversación con una amiga, Sofía, la protagonista, muestra las consecuencias de haber vivido una relación marcada por la violencia machista. Aquí, la aportación del jugador en el papel de la amiga muestra como el desbalance de poder puede usarse de forma positiva y cómo las mismas armas que hemos utilizado para herir tienen también el poder de curar. Es en este punto cuando empieza, propiamente, el kintsugi. Con ayuda de esta amiga y de una relación posterior, las piezas del corazón de Sofía acaban por unirse de nuevo. Y aunque el órgano ya no es el mismo, ahora es especial. Ahora refleja la historia de su cuerpo. «Queríamos que en los actos II y III se especificara que iniciar una nueva relación no va a curarte y dejar claro que aunque la protagonista tenga ahora una nueva pareja eso no sirve de nada si la tarea de reparación no viene antes desde uno mismo. Su nueva relación no le ofrece una huida de su problema, si no un apoyo sincero y estable (de la misma manera que te lo podría proporcionar un amigo o tu madre, por ejemplo)»

La forma en la que Kintsugi lidia con la agencia del jugador es magistral. A lo largo de los quince minutos que dura la experiencia nos sobrevuela la idea de que no solo tenemos poder a la hora de controlar nuestra propia vida sino que también tenemos cierta responsabilidad en relación con los demás. Y esta responsabilidad puede usarse de forma correcta o incorrecta, para hacer daño o para generar un entorno de confort. Para el equipo, la decisión de apartar la agencia del jugador fue una de las más discutidas y acabó por llevarse a cabo por tres razones principales: «En primer lugar nos parecía una forma muy poderosa de poner al jugador en el lugar de alguien a quien no se querría parecer en la vida (el maltratador) y provocar sensaciones distintas a las típicas perspectivas que se suelen explorar cuando se habla de estos temas», comenta Castillero, «en segundo lugar, nos pareció más adecuado temáticamente controlar a los personajes no protagonistas ya que, si hablábamos del kintsugi, una de las premisas de esa enseñanza era como las decisiones y las influencias de los demás también nos moldean como personas y nos hacen convertirnos en lo que terminaremos siendo. Tiene sentido así que nuestras acciones como jugador sean las que moldeen a Sofía como personaje en lugar de tener autonomía nosotros para elegirlas. En tercer lugar, queríamos mostrar una gran vulnerabilidad de parte de la protagonista simbolizando así el paso por una época bastante truculenta en la que se le hace prácticamente imposible tomar ninguna decisión por sí misma». 

Kintsugi es un juego redondo. Una de esas experiencias que no puedes dejar atrás. La manera en la que entreteje en su narrativa la filosofía de la que parte, la forma en la que busca sorprendernos y cómo se reinventa cada acto para lanzarnos nuevas ideas hablan de una experiencia en la profesión de la que el equipo realmente carece. Solo nos queda culpar a la sensibilidad. También agarrarnos a la esperanza. A la idea de que en cualquier momento podemos cruzarnos con una brillante explosión de auténtico talento.

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