Pixeles y palabras

Amenización interpersonal

Deborah López reflexiona sobre las relaciones personales que empezaron, crecieron o se perdieron gracias a su afición a los videojuegos.

Listen to my story. This may be our last chance.

Tidus (Final Fantasy X)

Unos meses atrás, Enrique Alonso explicó en su vídeo Los videojuegos me salvaron la vida, que «ante todo (los videojuegos) me han dado otra familia». Si bien el testimonio de Alonso abarca su experiencia y todo aquello que los videojuegos le han aportado a nivel personal, la primera vez que vi el vídeo solo pude pensar en la última parte del mismo, en la que enuncia la frase con la que empiezo este texto. No sé si fue por lo emotivo del desenlace de sus confidencias, o si fue porque en ciertos momentos la historia de Enrique es también la mía, pero en aquel entonces no pude evitar quedarme pensativa ante esa introspección. ¿Con cuántas personas había compartido o no el gusto por los videojuegos a lo largo de mis casi 32 años? ¿Eso había influido de alguna forma (positiva, negativa o neutra) en mí y/o en mis circunstancias? Con estas preguntas y otras más en mente, he querido analizar y repasar aquellas de mis relaciones interpersonales que empezaron, crecieron o se perdieron con un fondo de píxeles detrás. No son pocas, y no todas tienen un final feliz. 

Evidentemente, los videojuegos, como mis otros entretenimientos, han tenido un impacto que no solo se ha limitado a quién soy, sino que ha echado raíces en mis asociaciones con múltiples personas. De una forma u otra, estas relaciones han pasado por mi vida para quedarse o para marcharse. Incluso ahora. Dado que empecé en la infancia a jugar, a lo largo de varias décadas a los mandos, al ratón y al teclado, mi afición ha pasado por distintas fases, la mayoría de ellas altamente conectadas con mis vínculos personales. Hubo etapas de soledad, en que adoré ese entretenimiento como a mi único compañero, porque no sentía el afecto de les demás. En otras, aparté los videojuegos de malos modos a cambio de explorar pasatiempos varios o socializar con quienes no entendían demasiado porqué me ponía frente a una pantalla. Mi peor época con ellos fue ya entrada en la juventud, puesto que tuve que esconder que jugaba, y hasta abandonarlo a favor de prioridades básicas que cubrir. Por último, el reencuentro con el medio y mi propia aceptación han tenido un papel destacado en mis vínculos personales de los últimos años. Repasar ese dispar viaje, con sus altos y sus bajos, es también echar la vista atrás y aceptar que los videojuegos, como los libros, el cine o las series, han sido unos buenos amigos y enlaces, a pesar de sus fallos, los de otres y los míos. 

Supongo que todo esto empezó cuando una pequeña Deborah jugó por primera vez a algo que rompió todos sus esquemas. Todavía no logro descifrar cuál fue específicamente el primer elegido, porque, al menos en mi caso, los años de la niñez temprana se difuminan en una amalgama de episodios que dejaron una huella significativa. Así que no recuerdo si mi primer título fue en la consola de Sega o en el primer ordenador que tuvimos, comprado de segunda mano o pirateado. Lo que sí sé es que desde que los videojuegos entraron en casa se ganaron un rincón en mi familia, tendieron puentes entre mi padre, mi madre y yo. Mi infancia, sin ser idílica, tuvo el regusto al ruido de los botones y a aquella salita donde los videojuegos zumbaban de fondo. No solo jugaba yo. Recuerdo que molestaba a mi padre para que me ayudase con The Revenge of Shinobi, Aladdin o El Rey León, porque sus plataformas eran demenciales, y más tarde le veía jugar a títulos de acción, disparos y supervivencia, como Doom o los primeros Resident Evil. Mi madre, en cambio, adoraba las aventuras gráficas y el terror, con lo que Silent Hill y The Longest Journey fueron bien recibidos en casa. De esa manera, pude compartir tiempo con los dos y experimentar la sensación especial de tener algo en común con otras personas. Los videojuegos eran comunicación.

Verles a los dos y a sus dispares gustos me animaron a probar una variedad de géneros, sobre todo en la pubertad. Las memorias de las revistas en papel y el videoclub al que íbamos buscando nuevos lanzamientos forman parte de los años en que, sin haber entrado plenamente en esa etapa crítica del crecimiento, buscaba mi pequeño rincón en el mundo. Estaba entre la niñez y la adolescencia, un punto crítico en lo que respecta a cambios, como la autonomía y las relaciones. Pero no tenía amistades con las que compartir todo lo que extraía de los videojuegos. Como casi todes, crecí con esa clasificación de ocio según si eras un niño o una niña. Del final del colegio y los posteriores años, los iniciales en el instituto, recuerdo a pocas compañeras mencionar los videojuegos. Y solo entre nosotras. Lo hacían de pasada, aunque muchas veces con ese brillo en los ojos propio de la curiosidad o el interés. Algunas explicaban que en sus casas nos les dejaban jugar y otras que solo sus hermanos podían. En aquella época pensaba que de verdad no les interesaban los videojuegos y que estaba sola, lo cual me creó grandes inseguridades. Por ejemplo, que no era una mujer si me gustaban «las maquinitas». Finalmente, decidí esconderlo en la pubertad, callar y sumergirme en otros entretenimientos con los que sí podía acercarme a mis compañeres de clase. Al menos, a algunes. Los videojuegos eran aislamiento.

Tuve que crecer, madurar y aprender mucho para darme cuenta de lo equivocaba que estaba y de la cantidad de pensamientos intrusivos que comencé a creerme en aquel periodo. Aún sigo haciéndolo, si me pedís más señas. Pero entonces, a medida que cumplía años y entraba en la adolescencia media, quise olvidarme un poco de los videojuegos. Mis días los pasaba escribiendo, leyendo, viendo películas y series de animación, saliendo a la calle y acoplándome a ese extraño y tenebroso mundo que es hacerte mayor a base de errores. Me había dado cuenta de que otros hobbies que me interesaban me abrían más fácilmente las puertas a grupos de amistades, al contrario de lo que pasaba con los videojuegos. Por eso, apenas jugaba. Cuando lo hacía y quería compartirlo con alguien, solía toparme con situaciones de rechazo y sexistas, lo que hacía que me sintiese cada vez más desconectada de los videojuegos. Por si fuera poco, en mi la etapa previa a la juventud abandoné mi identidad durante mucho tiempo, debido en gran parte a situaciones personales espinosas que trastocaron toda mi vida. Perdí la mayor parte de mis pasatiempos y solo fui lo que otras personas querían que fuese. Sobrevivía amoldándome. Entre mis pésimas circunstancias y quienes me rodearon en esa etapa, me hicieron creer que los videojuegos me disgustaban. Los videojuegos eran repudio, vergüenza y cuestionamiento.

No obstante, en una parte bastante profunda de mí misma, cuando tenía una oportunidad me acordaba de ellos. Años después de haberlos dejado atrás, me atreví a probar alguno cuando las insanas compañías de entonces me pasaban un mando, esperando que no supiese qué hacer con él. Las veces que me atreví a insinuar que quería regresar a los videojuegos, recibía comentarios despreciativos y machistas. Estos invadieron mi cabeza y se juntaron con los que había recibido en la adolescencia. No era válida. No era una jugadora. Era torpe. ¿Para qué quería jugar si no tenía ni idea? Mejor que no hablase, que no tocase nada, porque podía romperlo. ¿Qué me había creído, si solo era una mujer? También era una mentirosa cuando hablaba de los títulos que me había pasado o que había jugado y de los finales de aquellas obras que me habían emocionado, así como de las consolas que había tenido o que quería tener. Callarme era lo mejor que podía hacer. Escuchaba esta retahíla mientras esas personas jugaban, y me condicionaron hasta el punto de culparme porque me gustasen. Aunque no todo fue malo en aquella peliaguda etapa, puesto que hubo personas (pocas) que me ayudaron y me animaron a volver. Y no solo a los videojuegos. Mi respuesta siempre era un «no» miedoso, mientras por dentro anhelaba jugar a todo lo que me estaba perdiendo: una generación entera de consolas. Los videojuegos eran conflicto, pero también esperanza.

Más tarde, hastiada, me liberé a todos los niveles posibles. Tomé decisiones drásticas en mi vida porque quería recuperarme. Ser yo misma. Entré en la universidad, salí más de casa, volví a hacer lo que me apetecía cuando podía y conocí a amistades que todavía siguen a mi lado, con las que comparto, entre otros entretenimientos, los videojuegos. Mi trasfondo continuaba siendo terrible, pero mi actitud y las personas que estaban a mi lado habían cambiado. En lo que respecta a los videojuegos, animada por mis nuevas compañías, compré mi primer título de segunda mano después de la sequía (gracias por tanto, Alice: Madness Returns). Lo jugué en una PS3 de segunda mano de otra persona, porque no tenía dinero para una propia, pero su presencia me permitió recobrar un ocio que no pensaba que echaba tanto de menos. Reviví durante horas lo que sentía al ponerme frente a una pantalla, superar retos, disfrutar de una historia y acomodarme al mando. Con ese impulso, empecé a repetirme a mí misma que no era rara, no era torpe y no era malo jugar. Ese mismo año, con la alegría de recobrarme y haber encontrado a personas que me querían por quien era, conocí a mi mayor apoyo en la vida. Recuerdo que la primera conversación que tuvimos los dos fue sobre videojuegos. El que sigue siendo mi compañero de vida, jugón desde que apenas levantaba un palmo del suelo, como suele decirme, me ofreció sus consolas y sus juegos para que recuperase el tiempo perdido y lo compartiese con él. Lo hice. También fue la persona que me animó a escribir sobre videojuegos hace casi 4 años. Y aquí estoy. Los videojuegos eran futuro.

Gracias a ese empujón, en el presente tengo la inigualable suerte de conocer, aprender y compartir mi pasión con muchísimos compañeres de fatigas y amigues del medio y la industria. Desde aquí os quiero agradecer vuestra amistad, presencia y ánimos. Sois tantas personas, que es difícil mencionaros a todas, lo cual me emociona hasta el punto de querer llorar. Cada mensaje, cada respuesta, cada «me gusta» y cada ayuda que recibo de vosotres tiene un valor incalculable. Pero lo que es verdaderamente valioso para mí es que estáis ahí, en parte gracias a los videojuegos. Mi relación con ellos a lo largo de más de tres décadas me ha ayudado a comunicarme, a forjar mi identidad, a lidiar con situaciones críticas, a pelear por salir de ellas y a encontrar a quien junto a mí ha construido un hogar, como vosotres. Con vosotres he formado una familia donde no solo los videojuegos tienen un espacio, sino que se han vuelto una profesión con la que he podido alcanzar hitos que jamás pensé. Ahora, en esa morada que quiero que sea siempre respetuosa para todes, hay una nueva generación que empieza a asombrarse con los videojuegos delante de una pantalla, a preguntar por esos extraños botones en los mandos y a ver en los televisores de casa a algunos personajes legendarios y a otros que han aterrizado hace poco. De nuevo, como en mi infancia, los videojuegos nos reencuentran entre generaciones, a pesar de las muchas o pocas, grandes o pequeñas diferencias que podamos tener. Los videojuegos son amor e ilusión.

Al ser uno de mis entretenimientos desde la infancia, y mi profesión en la actualidad, el significado e impacto de su presencia a mi lado se han transformado conmigo. De ahí que emprendiese este texto advirtiendo de que no todas mis experiencias y relaciones interpersonales relacionadas con videojuegos han sido idílicas. Por ende, no quiero que mi historia sea un ejemplo de que todo lo pueden, porque ni es así, ni mi vida es modélica. Aun sabiendo de sus beneficios y perjuicios, de lo que son capaces a tantos niveles, opino que este medio es un nexo o una herramienta de las acciones de nosotres, y no un responsable directo. Si no empezamos a entender que los videojuegos son entidades de lo individual y colectivo, es altamente difícil que podamos transformarlos para que todes tengamos un espacio en ellos. El mismo motivo me lleva a negar que esta columna se vea como un alegato a favor de los videojuegos sin sopesar las erratas y los fallos del medio y la industria. Nada de romanticismos. Sencillamente, esta es otra narración de cómo un ocio preciado por une misme puede relacionarse con todo tu ser más allá de ocupar unas horas a la semana. Y debe decirse: tanto para lo bueno, como para lo malo. Sin embargo, sí he querido insistir un poco más en aquello con lo que Enrique Alonso cerraba su vídeo y que depende de nosotres: los videojuegos también son unión. Es por eso que todes les que apreciamos el medio tenemos una historia con ellos, con las personas que nos han rodeado y su relación entre sí. Este texto es solo una parte de la mía. ¿Cuál es la tuya?

Colaboradora

Apasionada de los videojuegos independientes y de la comunicación, no duda en hablar sobre videojuegos allá donde es bienvenida. La curiosidad me lleva a buscar respuestas en los lugares menos sospechados, así que siempre tengo preparadas algunas preguntas.

  1. Orlando Furioso

    Me parece que es Werther el primer libro en el que una afición, la lectura, es el vector para una relación amorosa (aunque, dicho sea de paso, una relación jodida). Cito la literatura por ser un arte reconocido, no por ser mejor. Imagino que ya hay juegos que sitúan dentro de sí mismos otros juegos y la importancia que tienen para las relaciones personales.

  2. Von Braun

    Nada más sólido sobre lo que erigir una relación interpresonal que los videojocs. Como las mecánicas de un buen shooter looter.

  3. Shalashaska

    Muy buen artículo. Al leer este texto, igual que al ver el vídeo de Enroque, me hace valorar más la vida que he estado viviendo, porque nunca me he encontrado en una situación jodida en la que los videojuegos (ni ningún otro hobby) hayan sido un salvavidas. Simplemente mi infancia y adolescencia fueron moderadamente felices. Supongo que soy afortunado.

  4. Baladre

    Gracias por escribir así de íntimo y bonito. Me alegro infinito de que fueras capaz de recuperar tu pasión por los videojuegos. Por ti y el bien que te hace y por mi, que me encuentro estos regalos que escribes.❤

  5. Memories of Green

    La reinvidación de ti como persona me parece admirable.

    Reinvidicar el videojuego para ponerlo a la altura de cualquier otro hobby, me da la sensación:
    1. Aún no nos lo creemos, y nos sentimos inferiores a otras aficiones.
    2. La industria avanza a pasos agigantados en relación a su comunidad.

    Perdón el vinagre

  6. TerraWarrior_zD

    Muchas gracias por escribir este texto <3

  7. Sams

    Uee otra del 89 por lo que veo.

    Me he sentido muy identificado con los juegos y forma de jugar de la infancia y con el alejamiento en la adolescencia y el esconder que te gusta hasta abandonarlo. En mi entorno de esa epoca el juega era «de frikis» y recuerdo el bochorno de seconder algo que me encantan a y la in comprension. En mi caso el volcer. Fue con la Xb360 y el Halo 3. ¡Que buena vuelta a los mandos!

    PD: recuerdos al Isako y a toda la buena gente de Game Over.