
El panorama parece haber cambiado mucho desde 2017: una pandemia mundial, varias guerras enquistadas en distintos países y el cambio climático en plena ebullición. Sin embargo la situación, al menos en cuanto a los procesos migratorios, no es muy diferente a cuando el director mexicano Alejandro González Iñárritu presentó su obra inmersiva Carne y Arena en el festival de Cannes ese año, donde se convirtió en el primer proyecto de realidad virtual mostrado allí y tras lo cual obtuvo un Oscar especial.
Su peculiar pieza VR narra algo que conoce bien: el tránsito de México a Estados Unidos a través de la frontera. Sin embargo, él es consciente de que su realidad es distinta. “Yo soy un migrante de primera clase”, admite el artista en la presentación de Carne y Arena en Bilbao. La instalación lleva años moviéndose por espacios y museos de todo el mundo, pero es la segunda vez que recala en España tras su paso por Santiago de Compostela en 2022. Permanecerá en la sede de EITB hasta el 20 de junio, con entrada a diez euros.
El autor de películas como Amores Perros o The Revenant lleva más de dos décadas residiendo en Estados Unidos, tras el gran éxito de su ópera prima. Ha desarrollado la mayor parte carrera allí, así que goza de una situación privilegiada como observador de la relación entre su país de origen y el de residencia. Carne y Arena hace honor a su subtítulo: Virtualmente presente, físicamente invisible. Al ponernos las gafas viajamos al desierto mexicano, cerca de la frontera con Estados Unidos. Acompañamos a un grupo de migrantes que trata de cruzar al otro lado en plena noche. Una familia de varios miembros que deambula por la arena a escondidas hasta que la policía fronteriza, la temida “migra”, les (nos) pilla. Somos testigos en primera línea de las penurias a las que son sometidos, con violencia, perros y helicópteros.
Frío en tus pies
Aunque la experiencia virtual dura exactamente seis minutos y medio, la instalación completa empieza antes. Justo cuando entramos a una sala de detención, solos y aislados, donde nos obligan a quitarnos los zapatos y los calcetines. Durante cinco eternos minutos nos cuestionamos qué hacemos ahí, qué pasará a continuación y sufrimos el frío en los pies. Es entonces cuando nos avisan para cruzar al otro lado, sentir la arena bajo nuestros pies y ponernos las gafas. Esa incómoda introducción sirve para establecer el tono de lo que vamos a vivir en nuestras propias carnes, como si fuéramos un auténtico migrante detenido. Carne y Arena emplea no sólo la tecnología, sino este tipo de recursos más propios del arte o del teatro inmersivo, para que empaticemos con la situación descrita.

Para ello, Iñárritu se ha valido de cientos de entrevistas a personas reales que emprendieron ese mismo viaje, incluidos niños y ancianos. El cineasta logra captar hábilmente esas vivencias y las condensa brevemente en una experiencia inolvidable, tan dura como emotiva. Podría haber alargado la pieza, pero el impacto es mayor en un espacio de tiempo corto. Además, reconoce que la tecnología daba problemas cuando la crearon y que sigue habiendo personas que se marean con la VR pasados unos minutos.
Con el objetivo de plasmar su visión, Iñárritu contó con su colaborador habitual, el director de fotografía Emmanuel Lubezki, uno de los mejores del mundo. Precisamente juntos ganaron el Oscar por Birdman y The Revenant. Acostumbrados a sus tonos luminosos, aquí todo ocurre de noche, sin más luz que la luna o los focos policiales. La tradicional narrativa cinematográfica se convierte en un lienzo abierto. “En el cine yo manejo la mirada, pero en la realidad virtual el espectador se convierte en director y tiene plena libertad para moverse”, señala el autor de 21 Gramos; “así, la experiencia de cada persona resulta única”. De esta forma, algunos usuarios empiezan a correr cuando llevan las gafas, otros se tiran al suelo en posición fetal y unos pocos tratan de agredir a los agentes. Las reacciones provocadas por la obra son tan diversas como su público, por lo general no habituado a los videojuegos.
Testimonios posteriores
Iñárritu ya había tratado la migración en Babel y Biutiful, su película ambientada en Barcelona, pero aquí la tecnología le permite llevarlo un paso más allá. Según él mismo cuenta, llevaba años sin probarla, pero quizá exagera al afirmar que al hacerlo esta vez “se me saltaron las lágrimas”. Cuando se puso las gafas y emprendió el viaje, le resultó imposible no acordarse de los sucesos actuales en Estados Unidos con el ICE, la policía migratoria que está aterrorizando a sus propios ciudadanos. La que mató a dos personas en enero y que ahora pone trabas a que ciertas personas accedan al país para el mundial de fútbol. Quizá por eso choca que después se excuse diciendo que Carne y Arena “no es política”. ¿Puede haber algo más político ahora mismo que una pieza que combina cine, documental, reportaje, arte y videojuego para retratar la vida de quienes tratan de cruzar la frontera?
Para documentarse, el director mexicano realizó cientos de entrevistas a refugiados mexicanos de distintas edades. El resultado es un compendio de sus historias, una mezcla que condensa infinidad de relatos trágicos encapsulados en apenas siete minutos. Para quienes se queden con ganas de más, al quitarse las gafas pasarán a una última sala donde las personas reales que inspiran la obra y cuyo aspecto fue recreado ofrecen sus declaraciones grabadas en vídeo. Quienes esperan un alivio o un respiro tras la intensidad de la parte virtual son de nuevo sobrecogidos por la dureza de sus palabras. La parte efectista deja ahora paso a la crudeza de sus testimonios auténticos mirando directamente a cámara, interpelándonos como (ahora sí) espectadores, pues ya no llevamos unas gafas que nos protejan.
Carne y Arena no es otra experiencia genérica más, una de esas exposiciones inmersivas tan de moda y artificiales como las dedicadas a Van Gogh o Frida Kahlo que parecen más una trampa para turistas o para gente que no va a museos. No se trata de un simple vídeo en primera persona con visión 360. Es mucho más que eso. Aunque nuestro control y agencia son limitados, Iñárritu ha sabido combinar el lenguaje narrativo cinematográfico que tan bien conoce con el potencial interactivo. Gracias a ello da lugar a ideas brillantes como que al “penetrar” en los protagonistas, como si fueran fantasmas, podamos ver sus latidos del corazón. Un pequeño secreto oculto que sólo los más curiosos descubren, pero que subraya el mensaje de la obra y que sería imposible realizar en un cortometraje tradicional.
El cine de Iñárritu puede resultar demasiado intenso en ocasiones y su ego narcisista suele desbordar la pantalla, como el plano-secuencia de Birdman, la violencia descarnada de The Revenant o los excesos de la autobiográfica Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades. Sin embargo, en Carne y Arena deja todos esos tics de lado y pone su talento al servicio de una idea con un mensaje muy concreto: empatía. No es casualidad que durante la presentación repitiera esa palabra varias veces. En la década que llevamos desde que creó esta obra, la empatía es un término denostado por políticos, periodistas y empresarios. Ya va siendo hora de reivindicarla.
Fotografía: Emmanuel Lubezki, en NYT.
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