Un análisis de Pieced Together

Por las mejores amigas, todo

El viaje por un baúl de los recuerdos en forma de libreta, con una fuerte amistad reflejada en recortes, fotografías y la inevitabilidad del inamovible pasado. 

La ficción nos enseña cómo funcionan las relaciones sentimentales, al menos las de una pareja tradicional y heteronormativa. Además de la inoculación de ciertos valores, desde pequeños asimilamos una serie de etapas en este tipo de relaciones, incluida la ruptura de lo que parecía ser un vínculo inquebrantable, con el dolor que eso acarrea. Y pese a toda esa preparación, metemos la pata igual; es parte de la vida, el aprendizaje real está fuera de hojas y pantallas, pero el conocimiento facilita la asimilación de los golpes, aunque sea por conocer su existencia. Pero, ¿qué ocurre cuando es una amistad lo que se fractura?

Crecemos pensando que los amigos durarán para siempre, por lo que no estamos preparados para que lo que ha sido una constante desde el momento en el que ocupó un hueco en tu círculo de confianza se desvanezca. Algunas amistades terminan de forma abrupta, otras se diluyen horadándolo todo en su lenta destrucción y en muchos casos lo atribuimos a la manida —y algo carente de responsabilidad— expresión de «es ley de vida». Al no estar preparados para ello es más que probable que no sepamos anticipar el fin y que no podamos darle un cierre a una relación tan o más importante que muchas de las que sí copan películas y libros, de ahí que quizá toparnos con un puñado de recuerdos encapsulados en una caja de mudanza nos lleve a armarnos de valor y escribirle a quien fuera parte esencial de nuestra vida. Al menos eso es lo que le ocurre a Connie, la protagonista de Pieced Together. 

El juego de Glowfrog Games comienza con su protagonista escribiendo una carta. Bueno, más bien intentándolo. Es muy difícil superar las dudas que te corroen cuando te dispones a intentar reabrir un canal que lleva años cerrado, sobre todo si quien te espera al otro lado ha sido una pieza fundamental de tu vida. Connie recurre a recorrer su pasado, un camino que no tarda en conectar con el de su potencial interlocutora y antaño mejor amiga, Beth. A través de una libreta que deberemos rellenar con recuerdos en forma de recortes analógicos —fotografías, billetes de autobús, entradas de un museo, recortables de una revista, pegatinas, etc.— conoceremos cómo se fraguó esta relación, cómo Connie y Beth se volvieron mejores amigas y qué ocurrió hasta que esta relación inquebrantable fue sustituida por la distancia.

Pieced Together se las ingenia para hacer de cada capítulo y cada nuevo espacio en blanco una actividad interesante, tanto por las pequeñas mecánicas táctiles a realizar con objetos de nuestro escritorio, como un pincel para quitar el polvo, unas tijeras para recortar o el bolígrafo para responder ciertas preguntas, como por las variedad de situaciones protagonizadas por Connie y Beth, quienes compartieron horas de estudio, pero también viajes al extranjero, actividades culturales y sociales, disgustos, flechazos… en definitiva, todo aquello que podría esperarse de dos mejores amigas en su adolescencia.

La historia en sí consigue atraparnos desde el comienzo con un recurso que más que parecer barato se siente real; sin saber si las dos autoras del juego han incluido o no parte de su vida en Pieced Together no cuesta esfuerzo alguno asumir que hay una importante dosis de verdad en su relato. Connie deja de estar sola al conocer a Beth y ambas casan a la perfección, sus personalidades encajan precisamente por sus diferencias y sus intereses encuentran un espacio en el que desarrollarse al poder compartirlos con un ser querido. La forma en la que se desarrolla su relación es tan verosímil que cómo no vamos a sufrir cuando vemos que la incapacidad de afrontar una conversación difícil pone todo en riesgo.

Porque es en ese punto, cuando le vemos las orejas al lobo, cuando Pieced Together deja de ser un relajante juego en el que llenar nuestra libreta de recuerdos y coloridos stickers —un coleccionable que encaja a la perfección con la temática del juego y que ha permitido a Glowfrog incluir varios guiños a algunos indies como Toem o Minami Lane, por citar un par de ejemplos— y se convierte en una cuenta atrás que nos mantiene atenazados hasta que sucede lo inevitable. La experiencia es un grado y desde nuestra posición adulta es sencillo ver los problemas de la adolescencia como algo sencillo, pero no lo fue cuando habíamos dado pocas vueltas al sol. Resulta sencillo empatizar con Connie y su miedo a estropearlo todo cuando le cuente a Beth su decisión respecto a su futuro. Es una situación descorazonadora, ya que sabemos perfectamente lo contraproducente de su decisión, que lo único que va a lograr al no hablar con su amiga es que el daño sea mayor. 

Hay más puntos de inflexión en la historia de Connie y Beth que merece la pena descubrir con el ratón en la mano. Es esencial para que la experiencia de Pieced Together funcione que este sólido relato colabore con lo que nos toca hacer tijeras y pegamento en mano. Antes ya mencionamos que la variedad en este sentido hacía de la parte jugable una experiencia entretenida, pero quizá resulta incluso mejor su capacidad de sorprender al trasladar una visita a las catacumbas de París a la libreta o al tener que resolver un sencillo y ocurrente puzle con el horario de Connie.

Sin destripar el final, que me parece magnífico, el juego nos ofrece una serie de decisiones en esta segunda mitad que, si bien no parecen alterar lo que sucede en Pieced Together, logran dotar de peso a cada una de las veces que pasamos de páginas en la libreta y comprobamos que cierta conversación sigue sin suceder. De la misma forma que la superficie de la libreta nos limita a la hora de colocar los elementos —muy buen detalle el de permitir que todo se pueda acercar a la cara interna, haciendo que se amolden a la doblez de la página—, una relación íntima como lo es una buena amistad no puede crecer si no la dotamos de confianza. Y la confianza se demuestra en las buenas y en las complicadas.

Otro buen detalle de Pieced Together es que tanto la construcción de esta libreta repleta de recuerdos como la historia de sus protagonistas existe en un mundo como el nuestro, por lo que según pasa el tiempo la tecnología avanza. Resulta verosímil que los compases finales incluyan impresoras portátiles y dejen ver la relevancia de las redes sociales, permitiendo que la confección de ciertos puzzles cronológicos sea un poco más laboriosa que lo visto en los primeros capítulos del juego. Todo, de principio a fin, funciona en sí mismo y a la vez sirve para vehicular a la perfección la historia que Glowfrog buscaba transmitir.

El tramo final de Pieced Together puede ser una sacudida para más de uno. Lo que fuera una amistad brillante y capaz de llenarlo todo de alegría y color se torna en un vínculo casi invisible, olvidado. El sentimiento no ha desaparecido, pero encuentra menos espacio en el que respirar y hasta la llama más potente se extingue si las condiciones no permiten que continúe brillando. El último capítulo es potente, capaz de revolverlo todo por dentro de quien juegue. Resulta devastador leer a Connie escribirle a Beth que sencillamente no se percató de cómo el tiempo entre mensaje y mensaje fue creciendo hasta convertirse en un punto y final. Es devastador en sí mismo, pero sobre todo lo es por ser algo tan real que convierte lo wholesome en terrorífico.

Por suerte, Pieced Together demuestra que no todo final es definitivo. Si así lo deseamos, podemos llamar a una puerta que lleva tiempo cerrada con la esperanza de que aquella relación otrora esencial fuera una amistad cactus, capaz de recuperarse y dotar de luz nuestro presente. Sobre todo una vez que hemos aprendido a valorarla y a cuidarla como es debido. Eso sí, es importante hacerlo con el cuidado con el que lo hace Connie y, sobre todo, exponiéndose emocionalmente a lo que puede suceder después. No todos los finales son felices, pero por una amistad de las de verdad merece la pena intentarlo todo.

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Graduado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la universidad de lo de Cifuentes, Juan es una de las voces de NAT Moderada y ha colaborado en medios como BreakFast, Desayuno Continental y Cocinando Fandoms. Observador nato, le encantan los gatos y si algún día ves que te mira intensamente es porque quiere grabar un podcast contigo.