AnaitGames.com
7/10
Nota Anait
Lo llaman "el recurso fácil", pero lo cierto es que la violencia es en realidad mucho más que eso. Uno es incapaz de explicar por qué en la preadolescencia disfrutaba viendo cabezas explotar en hiperbólicos chorros de sangre, y mucho menos por qué le ocurre lo mismo bien pasado el cuarto de siglo, pero la cuestión es que sigue sucediendo. El Puño de la Estrella del Norte es la franquicia que abandera ese jolgorio sanguinolento de mediados de los ochenta que se llevó el alma de tantos niños que, casi treinta años después, siguen rindiendo más culto a las galletas del estilo Hokuto Shinken que a las de sus bienintencionadas abuelitas. Eso sí, ahora al menos uno tiene la prudencia de entremezclar la ultraviolencia loca con el gozo por cosas algo más elevadas como la filmografía de John Ford, los artículos de Noam Chomsky, los temas de Arcade Fire o los escotes de Princesas de barrio.
Así que cuando vimos que Koei Tecmo planeaba devolver la vida a Kenshiro y todo su séquito de sparrings con aspecto de punki postapocalíptico, a muchos se nos encendieron las mejillas de pura excitación. Los vídeos que iban apareciendo no daban precisamente buenas vibraciones, pero yo al menos tenía la sensación de que nada podía salir mal mientras mis puñetazos provocaran la huida de la masa encefálica de mis enemigos. Por mucho que Omega Force estuviera construyendo el juego sobre las narcolépticas bases jugables de la saga Dynasty Warriors, no había nada que temer mientras las lluvias de plasma regaran mi polvoriento camino hacia la salvación de la humanidad. Y el resultado ha acabado siendo lo que muchos sospechábamos: un juego que cojea por todas partes pero le da al fan justo lo que necesita: inagotables (y repetitivas) horas de hostias como panes, créaneos volubles, enemigos de una tonelada y mucho ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta.

Volvemos a ser testigos de la historia de Kenshiro, una especie de Jesucristo posnuclear decidido a erradicar la maldad y liberar a la raza humana de la tiranía que la asola desde el fin de la tercera guerra mundial. Sus métodos, eso sí, distan un poco de la jerga pacifista del hijo de dios, y solo sus principios son más férreos que sus nudillos a la hora de calentarle la oreja a todo aquel que ose interponerse en su búsqueda de sus tres hermanos adoptivos o, en general, a cualquiera que cometa una injusticia y abuse de los débiles en su presencia. Esta idea queda más o menos clara durante el devenir del juego, pero es una lástima que sus autores no hayan puesto más énfasis en la forma de narrar los pormenores de la historia. La típica voz en off, algunos diálogos representados a pie de pantalla y cuatro cinemáticas mal contadas son las únicas pistas que tendrán los profanos del manga a la hora de entender por qué su personaje acaba de materializarse en un desguace en mitad del desierto donde nos espera un ejército de retrasados con cresta y ganas de camorra.
Para el fan, sin embargo, el juego tiene más sustancia de lo que parece en un principio. Sus modos de juego "Leyenda y Sueño" permiten conocer en primera persona las vidas que algunos personajes han llevado paralelamente a las andanzas de Kenshiro en el caso del primero, y tomar el control en tramas no oficiales en el segundo. La línea temporal de cada personaje y la posibilidad de controlarlo se irán desbloqueando a medida que avancemos en la historia principal con Kenshiro, y alargan extraordinariamente la vida del juego. Uno podría pensar que un cambio de skin y una reordenación de los eventos no es para tanto, pero resulta sorprendente la diversidad de movimientos y combos que poseen todos los secundarios. De hecho, incluso el árbol de habilidades en el que potenciamos nuestros atributos o gastamos puntos en comprar nuevos ataques especiales distintivos (con nombres tan sugerentes como El puño de las cien fracturas) es completamente distinto en cada caso, completando un catálogo de ataques, movimientos y maniobras de considerables dimensiones.

La mecánica de combos es relativamente sólida, y aunque no llega a la excelencia de God Hand o Bayonetta, ofrece un nutrido abanico de combinaciones de golpes fuertes, flojos, aéreos o de carga junto a los que deberemos gestionar las barras de concentración y espíritu para no malgastar períodos de superfuerza o los mencionados movimientos distintivos. Personalmente, soy de aquellos a los que les invade la angustia y el pánico cuando ven que junto a la siempre reconocible barrita verde de vida hay otras dos, una en forma de espiral y otra violeta con pequeños slots rellenables. Cuando me hablan de karma, de espíritu, de concentración, de chakras y todas estas chorradas para cincuentones new age, empiezo a marearme y a sudar, temiendo que en cualquier momento Paulo Coelho entre en mi salón y me obligue a esuchar por qué es TAN, TAN importante que el cosmos y yo nos llevemos de puta madre. Por suerte, en Ken's Rage explican brevemente, con claridad meridiana y en cómodos recuadritos de tutoría (durante el juego, eh, nada de tutoriales; ¡viva!) para qué sirve cada cosa, y eso se agradece.
En lo visual, Fist of the North Star: Ken's Rage solo destaca en los modelados, que son una fiel extrapolación de los personajes de la saga caminando, eso sí, sobre un mundo desprovisto de detalle alguno. Los escenarios son simples hasta niveles insultantes y ni siquiera en su extensión, su nitidez o su estructura hay un mínimo de esmero. En algunos puntos incluso nos vemos obligados a saltar de una zona a otra, en una suerte de innecesarios ramalazos plataformeros, algo antinatural y postizo para lo que el juego, evidentemente, no estaba preparado. La cámara es muy mejorable, pero no supone el tormento de otros juegos de esta misma generación, y al menos han tenido el acierto de fijarla en objetivos importantes como los jefes de final de nivel.

Fist of the North Star: Ken's Rage es, tal como me lo describe un seguidor en Twitter, un "sabías a lo que venías". No cogerá por sorpresa a quienes no conozcan el manga ni tengan interés en el alicaído zagal de las siete cicatrices pero tampoco decepcionará a los amantes de la franquicia, básicamente porque sabe trasladar sus puntos fuertes al título de Omega Force, exceptuando quizá ese apático despliegue narrativo por el que uno siente más lástima que indignación. Lástima por no haber aprovechado todas las virtudes del material original, centrándose en exceso en las por otra parte agradecidas masacres a enemigos madmaxianos. Podemos justificarlo afirmando, y permítaseme la estupidez, que efectivamente: la culpa fue del ta-ta-tá. [7]
Fichas:
Hokuto Musou (PlayStation 3), Hokuto Musou (Xbox 360), Fist of the North Star: Ken's Rage (PlayStation 3), Fist of the North Star: Ken's Rage (Xbox 360)
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