Los documentales que se centran en el hasta hace no demasiado casi satánico mundo de los videojuegos son un fenómeno casi enteramente del siglo XXI. En los últimos diez años, la lista de películas de no ficción sobre nuestra industria ha aumentado considerablemente, como es lógico, y ha dado joyas como The King of Kong, el fabuloso documental sobre el juego competitivo. Menos conocido pero sorprendentemente también recomendable es este Second Skin, de 2009, una película que sigue la pista a una serie de jugadores de MMORPGs y deja ver cómo estos juegos afectan, positiva o negativamente, a sus vidas.Dirigido por Juan Carlos Piñeiro Escoriaza, que actualmente trabaja para VBS TV (el canal de vídeos de la revista Vice), Second Skin es un documental por exigencias del formato; la sensación que se va formando en uno a medida que va viéndolo es puramente dramática, en el sentido de conmovedora (y conmovedora, a su vez, en lo que tiene de perturbador el vocablo). World of Warcraft y EverQuest II son los juegos que, de algún modo, configuran la vida de los seis protagonistas: Heather y Kevin, una pareja que se conoció gracias a EverQuest y cuyo primer encuentro en la vida real recoge el documental, y Matt, Anthony y Andy, jugadores de WoW y buenos amigos que viven con emoción el momento en que The Burning Crusade, la primera expansión del juego, fue lanzada al mercado. Las dos historias se alternan con una pericia narrativa notable, y en ese sentido no hay nada que objetar: es fluida y logra mantener el interés más que bien, e incluso se permite unos cuantos picos de intensidad que hacen que el recuerdo que queda de la película sea, en general, excelente.
Aunque los protagonistas son los anteriormente citados, la parte interesante de la película es todo lo que les rodea: sus novias, sus esposas, sus hijos, sus padres. Ellos son los que realmente hacen saltar la reflexión cuando vemos el documental. Por ejemplo, ¿cómo afecta a un jugador de World of Warcraft, siempre tan obsesivos cuando se empeñan en subir de nivel (y, en Second Skin, los tres amigos viven con especial emoción los diez niveles de más que ganan con The Burning Crusade), tener una esposa embarazada, y por extensión a los pocos meses un hijo? ¿Cómo les afecta enfrentarse a una boda, por ejemplo, a su boda pero también a la de uno de sus amigos? ¿Cómo afrontan la pérdida de un miembro activo del grupo? ¿Cómo afrontan dos personas que sólo se conocen a través de avatares tridimensionales una relación de pareja?

La parte de Heather y Kevin, los enamorados de EverQuest, es quizá la más interesante, junto con la breve historia de la madre que rehabilita jugadores de MMORPGs, sobre la que incidiré más adelante. Heather y Kevin se conocen desde hace tiempo, pero sólo a través del juego; cuando por fin llevan su amor a un plano físico, real en toda la amplitud de la palabra, el asunto resulta no ser tan fácil. Es bastante descorazonador ver cómo la pareja, que tiene unas habilidades sociales si bien no limitadas sí muy diferentes a las de una persona, digamos, estándar, va viviendo una convivencia que no es tan sencilla como en un juego de ordenador; hay un momento en el que Kevin, que ha discutido con Heather, se marcha de casa durante un rato, para pensar. Heather reconoce que lo hace a menudo; es como si Kevin, cuando ve que la situación se complica, cerrara la ventana del juego yéndose de casa, alejándose de ese avatar que es su novia, la mujer con la que vive. El desarrollo de su relación de pareja es apasionante y resulta muy interesante.
Pero hay una parte que aparece más de refilón y que encierra la parte de terror de la película: la de Liz Woolley, la señora que, debido a un trauma del pasado, se dedica a rehabilitar a jóvenes enganchados a los juegos online. Dan, un jugador al que su adicción a World of Warcraft le ha costado el trabajo, la novia y, en definitiva, la vida 1, se pone en contacto con OLGA, Online Gamers Anonymous, la asociación que dirige Liz. Este momento es impresionante: la obsesión de Dan con el juego compite cara a cara con la de Liz con los jugadores adictos, y es terrible ver cómo Dan huye espantado de la organización por la suerte de Tratamiento Ludovico que la OLGA pone en práctica con sus pacientes.

Resulta complicado hablar de un documental, y más de uno tan bien narrado como este: tengo el miedo constante de romper algún golpe de efecto de la película o matar el interés que pueda producir en un posible espectador. Sólo debo recomendaros vivamente que veáis este Second Skin que tanto da que pensar, y que puede generar un largo y complejo debate que, me temo, no tiene cabida en este texto.
- Momento escabroso de la película: Dan reconoce que, en uno de los picos de su adicción, llegó a utilizar una botella como sustituta del retrete para perder el menor tiempo posible. [↑]

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