• Dos días de desvarios (I)

    Abro los ojos, pero no veo nada. Una luz intensa me ciega la vista. Pongo la mano sobre mis ojos. Llevo unas pulseras que me quité hace tiempo. La única que recuerdo es la de cuero. Tendría 14 o 15 cuando Lala apareció. Venia de una familia acomodada. Al padre le había salido un trabajo importante cerca de mi pueblo. La típica historia. La verdad es que su madre le había puesto los cuernos con el butanero y él había elegido el sitio más barato para vivir.

    Yo siempre bromeo sobre la hermana de un amigo de eso. Es difícil creer que una hermana pelirroja con ojos azules guarde parentesco de una familia con el pelo negro y ojos marrones. Joder, el puto butanero era pelirrojo. Un día mi amigo se volvió loco. Intente calmarlo, pero me dio un derechazo. A día de hoy es uno de mis mejores amigos.

    Lala se lo tenía creído. Era una de esas chicas que saben que son guapas y no lo esconden. Yo por aquel entonces, era un puto perro, una especie de caniche. Ahora soy un pastor alemán. Al menos no soy una puta rata que ladra. Lala lanzaba palos al aire, pero yo era el más rápido. Los cazaba en el aire. Como buen perro la acompañaba a casa, le compraba chucherías y la animaba cuando su padre la regañaba. Me creía el puto Sir Lancelot. Pero sin armadura ni espada. Ni belleza. Ni fuerza. Ni labia. Ni una mierda.

    Cuando vi a Lala enrollarse con Chacho me enfadé muchísimo. Pero me limitaba a mover la cola mientras esperaba que terminaran para acompañarla a casa. Las madres te dicen que eres el mejor. Que vales más que el oro. Que quien no lo veo no sabe lo que se pierde. Tarde un tiempo en darme cuenta que era palabrería. Lala me veía como un perro, y por más que quisiera hacerme valer, seguía siendo un perro.

    A Trevelan se la chupo Trully en el baño. Bueno, eso decía el, aunque ella no lo negaba. Todos sabíamos que era mentira, Trevelan mentía más que hablaba. Un día dijo que sabía volar, pero que se dio un golpe y lo había olvidado. Trully no había chupado una polla en su vida. Pero gracias a eso llamo la atención de los mayores.

    Chacho le pegaba a Lala. Quizás porque no se la chupaba como a Trevelan. Ella quería llegar virgen al matrimonio. Uno no se cree los mitos hasta que los ve. Según Lala se caía todos los días por las escaleras. Yo sabía que no era así, pero no decía nada. Ella me prometió que no dijera nada.

    Un día vi a Chacho por la calle. Vacilaba de lo bien que se la chupaban. Puede dar gracias a dios que no llevaba ningún arma encima. Cuando vino la policía tenía los puños cubiertos de sangre. No era mía.

    Lala no me habla y ahora se la chupa a chacho, pero eso paso ya hace tiempo. Cada vez que veo la pulsera me acuerdo de todo esto. Por eso la guardo en el cajón. A uno no le gusta saber que fue un caniche. Estos ladran sin parar porque han visto el mundo desde los brazos de sus amos y se creen superiores a los demás.

    Ahora soy un pastor alemán, pero sigo siendo un perro. La cuestión es no ser un caniche.
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