• Otra cena en familia.

    Y aquí estoy de nuevo, otra Navidad sentado a la mesa, en compañía de los fantasmas de mi familia muerta, violada y mutilada. El menú: bourbon y pastillas… “si algo funciona, nunca lo cambies”, como decía mi padre.

    Mientras la gente normal se reúne para cantar villancicos y compartir amor fraternal, lo único que hago es pensar en Michelle, y en cómo Rose habría crecido de no haber sido asesinada en su propia cuna.

    Aquella iba a ser una navidad cojonuda, con Rudolf y los jodidos elfos bailando la polka bajo una nevada de algodón de azúcar… pero ése no era el destino que habían programado para mí: el mío se parecía más a La Jungla de Cristal dirigida por el puto Darío Argento. Un viaje a los infiernos en el que la sangre solo se iba a limpiar con más sangre, litros y litros saliendo a chorros de las nucas de los perdedores que arruinaron mi vida, mientras el tiempo se paraba y el cañón de mi Beretta terminaba al rojo vivo, desprendiendo una luz más bella que la de cualquier adorno navideño, de ésos que los pringados con jerseys de lana cuelgan de sus jodidos abetos de plástico.

    Solo que al final de la peli, cuando todos han muerto y resulto victorioso y no quedan enemigos que mandar al Valhalla, lo único que me llevo a casa son pesadillas y adicciones.

    Adicción al alcohol, adicción a las drogas y adicción a poner mi vida en peligro, a jugarme el todo por el todo una y otra vez, mientras el olor a cordita inunda el aire y el plomo vuela por todas partes, normalmente hacia los lóbulos frontales de unos infelices de los que sólo me diferencio por tener mejor puntería.

    Y me arrepiento, me arrepiento de veras de mi maldita puntería. Muchas veces, en medio del ruido y la furia, me ha parecido que no soy yo el que dispara, que Otro controla mis manos haciendo de cada tiro un blanco, convirtiendo situaciones de las que no debería salir con vida en un simple juego de niños. Un juego en el que aún borracho y puesto hasta las cejas siguen sin poder tocarme. No importa cuántos vengáis, cabrones. Yo sigo poniendo mi granito de arena, fabricando nuevas viudas y huérfanos para arrojarlos a las frías calles de un mundo que se va a la mierda.

    Así, día tras día, botella tras botella, transcurre mi miserable vida, hasta que una nueva Navidad llega a Hoboken y vuelvo a sentarme a la mesa, a observar las caras ensangrentadas de las mujeres de mi vida mientras me maldigo en silencio, esperando tener agallas para rematar este día tan especial con la pistola en la boca, para darme a mí mismo lo que he repartido con tanta eficacia durante todos estos años.

    Pero cuando llega el momento, cuando sería más fácil acabar con todo, me encuentro fantaseando con la estúpida propuesta de un supuesto excompañero del NYPD que me encontré anoche en el bar: un cambio de aires, un trabajo fácil, a punto de nieve.

    Nada puede salir mal.

    Así que prepárate, São Paulo. Porque, como cantaba el gran Frank Sinatra: “Santa Claus is comin´ to town”.


    -Fin-
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