• Publicado el 12/08/2019 Esto es un post en el blog de: misha @misha Offline Bio: Ir a su perfil completo

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    KNIGHTMARE 86

    —Va tío déjame.
    —Que no, Guille.
    —Venga, que mi padre está a punto de llamarme.
    —Que no, que ahora estoy yo.
    Esquivo una bola de fuego y paso junto a un esqueleto, que vuelve de entre los muertos para acabar con mi vida. Dejo de mirar la pantalla del televisor. Por encima del hombro de Guille, el edificio que hay frente al mío, al otro lado de la ventana de mi habitación. La luz del sol se va ablandando pero no es ni tarde ni pronto, es verano.
    —Va, una vida más y me toca.
    No contesto. Mis dedos se aferran al joystick y pulso la barra espaciadora para empezar otra partida.
    “Venga, ahora llego al segundo monstruo. Dale, al interrogante. Las bolicas negras. Estas son fáciles. Una, dos, tres. Ojo, la columna de murciélagos. Mierda, me he dejado uno.”
    —Te has dejado uno.
    “Sí, ya lo sé Guille, me he dejado uno. La P. Venga, una, dos, tres. Ahora. No, cuatro. Joder, la invisible no, la invisible no...”
    —¿Porqué has pillado la invisible?
    “No lo sé, Guille, no lo sé.”
    —Y te has dejado el truco de la columna.
    “Joder, la columna. Si dejaras de hablarme... Bueno, me da tiempo. He llegado. Dale, dale. Bien. Ostia, voy tarde. Los murciélagos. El interrogante. No, no voy a poder. Sí, venga. Interrogante. Uno, dos, tres, cuatro. Dale. No, no llego al puente. No.”
    Muero a orillas del río.
    Mi madre abre la puerta de la habitación y se seca las manos con un trapo de cocina.
    —Guille, ha llamado tu padre, que subas a cenar.
    —Sí, ahora voy.
    Mi madre cierra la puerta.
    —Va tío déjame la última.
    —Que no, que llevo sólo dos.
    Pulso la barra espaciadora de nuevo.
    “Stage 01. Esta es la buena, la partida perfecta. En esta no me dejo ni uno, voy a acabar con todos. Con las bolicas negras, los murciélagos en abanico, los guerreros con cuernos, la bruja, los magos con suriken,...voy a dejar todo limpio. Y además lo voy a hacer bonito, mira,...”
    Intento rodear una bola negra antes de asestarle el flechazo, pero calculo mal y mis botas rozan la masa viscosa y oscura. Muero.
    —¿Qué haces?
    “¿Qué ha pasado?”
    Mi madre vuelve a entrar.
    —Guille, para casa. Y tú, apaga ya.
    Dejo el joystick sobre el teclado y mi madre vuelve a la cocina. Me froto los ojos con los puños cerrados. He hecho el capullo en la última partida. Guille se levanta y se queda junto a mi, de pie.
    —Apaga, venga.
    —Ahora voy.
    —Que no, apaga, va.
    Apago el ordenador y la tele. Guille permanece a mi lado y extiende su dedo meñique. Es el más pequeño de los cinco, pero pesa más que ninguno.
    —No sigas sin mi ¿vale? Mañana bajo por la mañana.
    —Vale.
    Levanto la mano y entrelazamos nuestros meñiques, como dos pequeños garfios. Guille sale de la habitación y yo me mantengo en mi silla. Oigo los pasos de mi amigo que atraviesan el comedor y llegan a la puerta de casa. La despedida con mi madre. El sonido de la cerradura y, dos segundos después el portazo. Miro al frente. El televisor apagado y el reflejo de mi cara en la pantalla. Veo el joystick sobre las teclas. No es manera de dejarlo. Lo cojo para quitarlo de ahí, pero no puedo soltarlo. Las fuerzas magnéticas parecen ejercer, también, entre el plástico y la carne.
    “Qué demonios...”
    Enciendo el ordenador y la tele. La pantalla se inunda de un azul celestial, que me invita a adentrarme en él. Pulso la barra espaciadora como si fuera la primera vez, exultante, y la partitura de ocho bits se desliza a través de mis oídos. Vuelvo a estar allí, en el prado verde. Contemplo las columnas dóricas, silenciosas, a ambos lados de la pantalla. El héroe, con su reluciente armadura, dispara unas cuantas flechas, poniendo a prueba su estado de forma antes de iniciar la aventura. Pero de repente, algo ha cambiado. El héroe se mueve de manera diferente. Sus pasos ya no son decididos y titubea. Un manto de vaporosa oscuridad empieza a rodearlo y adquiere una textura similar a los que se enfrenta. Ya no se sabe de qué lado está. Ya nadie sabrá si es mejor que los otros o si se ha convertido en uno de ellos, en un monstruo.
    Apago el ordenador. También el televisor.
    “Puto pacto meñique...”
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