• Crítica y moral (Parte I)

    Un recuerdo concreto, en el que no había pensado durante mucho tiempo, acude últimamente cada vez más a menudo a mi cabeza, y la mayoría de las veces cuando escucho o leo sobre videojuegos. Sé que el mundo está lleno de personas marcadas por mentores o profesores que les llegaron de manera especial, en un momento de sus vidas en el que eran particularmente impresionables, y que resulta algo ingenuo, pero aún así yo contaré mi experiencia.

    Estudiaba algunas asignaturas de crítica de cine en la universidad -nada más alejado de mi carrera principal- y aquel año nos tocó un profesor extraordinariamente bueno.

    Era un tipo de unos cuarenta y tantos años, calvo, bajito y feo, estiloso en el vestir. Homosexual y muy de izquierdas. Absolutamente brillante, su inteligencia lucía más aún al ser profesionalmente ducho en el empleo del lenguaje, que usaba con una retórica afilada y rápida. Era temido por esto último, y respetado y querido por ser, a pesar de todo, cariñoso y amable. Además de enseñar, escribía en una de las más reputadas revistas de cine de nuestro país.

    Sus clases eran magníficas exposiciones elaboradas con esmero y expuestas con genialidad. Ilustradas con visiones críticas y guiadas, organizadas cronológicamente, de diversas obras a lo largo de la Historia del Cine, lo que permitía resaltar conceptos como “pioneros”, “evolución”, “influencias”, etc.

    Un día, la clase empezó como de costumbre. Los derroteros de la disertación eran en aquella ocasión bastante técnicos: La creciente influencia de la cinematografía, la sofisticación de las técnicas de fotografía y el comienzo de la importancia de la postproducción. O algo así. Tras ilustrarlo con varios ejemplos, puso en el antiguo proyector un corte de una película documental de Leni Riefenstahl. Era de su Trilogía de Núremberg, creo, así que las imágenes daban poco margen a la interpretación: Un convoy nacionalsocialista avanzaba como si fuera un desfile o una cabalgata, entre los vítores de la gente y la simbología nazi, en una imagen idílica e indiscutiblemente efectiva desde el punto de vista propagandístico. No consigo recordar si se llegó a ver al propio Hitler.



    Algunos alumnos en la clase -no éramos muy numerosos- se revolvieron en sus asientos, visiblemente incómodos. El murmullo empezó a ser creciente. En un momento dado, el profesor se dió la vuelta y se giró hacia nosotros, serio y sereno. “¿Qué pasa?”, inquirió.

    En realidad sólo había dos o tres alumnos realmente molestos con aquello. Respondieron tomando la palabra, protestando ante el carácter nazi del fragmento. Hablaron alzando la voz, quejándose, de forma atropellada, no muy coherente y pisándose unos a otros. Hay que recordar que apenas tendríamos veinte años. El profesor, sin embargo, escuchó pacientemente hasta que terminaron. Suspiró. Tenía el aspecto cansado de alguien que tuviera la vaga esperanza de poder librarse, aunque en el fondo estuviera resignado a ello.

    (Continúa)
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