• Juegos que reivindicar de mi 2018

    Comparto con vosotros muchos de los juegos que más me han gustado este 2018.

    Hollow Knight es una rara avis en el mundo indie: Decide cargar con la pesada mochila de inspirarse en la saga Souls y a su vez ser un metroidvania de manual, cumpliendo sobradamente con sendas expectativas. El juego de Team Cherry no es sólo un juego eficiente y bien medido, es uno artísticamente sólido como una roca, consistente en sus mecánicas y ante todo bien ambientado. Las dos grandes patas sobre las que se sostiene (la exploración y el combate) funcionan a la perfección y son moldeables y personalizables. La recolección de secretos es gustosa y para los amantes de la duración es uno de esos títulos repletos de contenido, jefes, situaciones y niveles de todos los sabores. Hollow Knight es uno de esos juegos que considero prototípicamente perfecto: Cumple con todo lo que pretende. Y en el caso que nos ocupa, eso es mucho. A pesar de lanzarse en 2017 me siento en la obligación de hablar de él un poco más.

    Monster Hunter: World fue el punto de entrada para muchos jóvenes e imberbes cazadores. Lo dejé aparcado a ratos, cuando sus barreras artificiales y sus tecnicismos me noquearon, pero volví con fuerza varias veces. Su historia no es más que una excusa para curtirte (jeje) el lomo con muchos de los mejores bosses del año. Sus variopintas criaturas y su densa progresión me tuvieron cerca de setenta horas vapuleando bestias preternaturales y dinosaurios varios. A pesar de ser a veces muy opaco y exigente, es uno de esos juegos en los que sientes que caes en una espiral cuyo fondo no alcanzas a ver. Continuamente descubres combos, combinaciones, mecánicas y sistemas. Se avanza con pausa, pero no en balde. Siempre es un gusto volver, hacer un par de cacerías, echar un ojo a la wishlist de armas y armaduras y asentir con la cabeza: Estoy más cerca.

    Si con los anteriores hablaba de fórmulas arriesgadas, de valor o de curvas de aprendizaje complejas, toca cambiar de tercio: Marvel’s Spider-Man es todo lo contrario. Su conservador sistema de combate, lo poco trabajado de sus misiones secundarias (y su continua y asfixiante expansión) y sus olvidables secciones de sigilo no impiden ver lo evidente: Jugarlo es una gozada. Es casi imposible no divertirse, aunque sea sólo un poco, con el balanceo de el bueno de Spidey. Es complicado no apretar los dientes para mantener ese combo asombroso en la trigésimo quinta pelea contra pandilleros clónicos, y desde luego quita el sueño como juego de fin de semana: Divertido y extenuante hasta la saciedad en tanto que olvidable y pasajero. No vino a revolucionar pero sí a establecer una serie de conceptos básicos para el trepamuros. Si me preguntáis: Es más que suficiente.

    Si no acabase con Super Smash Bros Ultimate me estaría mintiendo a mí mismo. He jugado como un enfermo a su modo historia, me han apalizado como a un imbécil en su modo online unas cuantas veces y me he pasado horas y horas eligiendo espíritus, subiéndolos de nivel, y qué coño: Llevándolos de expedición de la manera más pocha posible. No he llegado a dominar a ningún personaje en más de treinta horas de partida y el juego ofrece más de setenta. Es abrumador por contenido y por profundidad, es, si así lo deseas, una enciclopedia, una celebración, el mejor juego de lucha disponible en Switch y ya que estamos un vendeconsolas. Si Monster Hunter es un pozo increíblemente profundo, Super Smash Bros Ultimate es algo parecido. Sólo que en medio de la caída, y fijando la vista en el fondo de esa gigantesca brecha espaciotemporal, veo unos ojos inyectados en sangre que me piden más y más. Los míos.
    Hay otros juegos de 2017 que he descubierto tarde y me han obsesionado, como Splatoon 2. Otros de esos refritos también merecen tiempo y palabras: Me enterneció Captain Toad: Treasure Tracker y me asombró el bueno de Donkey Kong Country: Tropical Freeze. No nombrar a mi videojuego favorito: Shadow of The Colossus y su maravilloso remake, sería pecado, así que ahí está mi amigo el Fumito.
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