• El día (III)

    Ante mi tengo un cuadro. Llevo años viéndolo, pero nunca me había fijado bien. En el veo una persona. Me percato que es distinta a como la vi últimamente. Medio alto. Flaco. Pelo corto. Ojos negros. Nariz común. Labios que no dicen nada. Lo que todos llaman alguien del montón. Pero no es esto lo que me llama la atención. Sus gestos, su mirada, su expresión. Parece sufrir.

    En sus ojos veo una mesa con gente. Todos se divierten, pero uno finge. Está a un extremo de la mesa. No parece estar muy contento de quienes son sus vecinos. Le veo mirar fijamente a una chica de lado opuesto. Quizás no pudo sentarse a su lado. Pero su expresión es lo que más llama la atención. Algo parece preocuparle. Puede ser algo que dijo, un comentario en el mal momento. Aun así, no se le ve arrepentido. Seguro que fue algo políticamente incorrecto. Este tema me escama. Al fin y al cabo, ser políticamente correcto es decir lo que los demás quieren escuchar.

    No puedo apartar la mirada del cuadro. Noto que me absorbe. Descubro cosas nuevas cada vez que lo miro. Veo decepción. Parecer ser que tras un impulso de positivismo algo lo chafo. Algo lo mando a la triste realidad. Decepción. Algo no era como preveía. No es consciente de la naturaliza caótica de la vida. Una pequeña alteración al inicio genera movimientos inesperados. Nuestro amigo pintado no supo fluir con los cambios. Creo que le conozco. Una extraña sensación me dice que se más cosas de él de las que creo. El alcohol nubla un poco mi juicio.

    Termino de lavarme las manos y salgo del baño. Dejo a mi amigo atrás. Aun así, le deje un regalito. Le arregle un poco los problemas. El grupo me espera a la salida. Dicen de ir a pub. Al oír el nombre algo se remueve en mi interior. Saltan imágenes borrosas a mi mente, pero no logro ver que son. El alcohol de la cena me hace no ser racional. Le quito importancia.

    − No perdamos el tiempo, hace 5 minutos que deje de beber y esto no puede ser.

    Todos lo aprueban y marchamos como un batallón hacia nuestro destino. Conseguí motivarlos, me siento el puto sargento de hierro. El cabo Carlos me para.

    − ¿Estás bien? Tienes sangre en la mano.
    − ¿Esto? No es nada, un pequeño regalo a un amigo.

    Continuo mi marcha. En el pub jugare todas mis cartas. Esta vez me alzare victorioso. Clavaré la bandera en la cima y gritare.

    − Soy el rey del mundo.
    1
Loader
Arriba