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    El Club de Juego

    En el año 97 (cuando no era más que una querubina en flor, todavía sin dominar las Artes de ser La Dama), mis amigas Marichuli y Augustina me enredaron en un viaje de turismo sexual a Cuba. Obviamente, yo no sabía que esas eran sus intenciones, pero no tardé mucho en descubrirlo.

    Estábamos las tres tomando el sol en la Playa Ancón, a chancla suelta y con el sujetador del bikini desabrochado (¡picaronas!), olvidando los males y quebraderos de cabeza de la glamurosa vida Madrileña. Mi mente iba y venía dando vueltas de un problema a otro: mi segundo ex, la evasión de impuestos, lo atractivamente malo que era Die Hard Trilogy en la PSX... cuando de pronto una mano, gruesa y callosa empezó a masajear mi muslo. Estaba boca abajo, escondida entre la arena y la toalla. La mano sabía lo que hacía: reptaba hacia el norte de mi ser, con dureza y gustito, caliente y aceitada.

    Cuando la mano estuvo muy alto en el muslo ya, rozando mi ingle y los dedos muy cerquita de la frontera entre culo y Edén (allí, en mi parte más oscura y mojada) se detuvo en seco, y una voz caribeña dijo sin disimulos:

    - Beso... ¿o peso?

    En ese momento levanté la mirada para ver al atrevido que me había dejado así. Cuando nuestras miradas se cruzaron (él, un muchacho sin camiseta, mojado por el sudor; yo, querubina madura con gafas de sol) pegó un salto y cayó de culo en la arena.

    - ¡Virgen... ay! ¡Pero que es ANA ROSA, chica!

    Se llevó las manos a la boca para tapar un grito y no pude evitar reír mientras mis amigas se dejaban llevar por dos mulatos sinvergüenza, que rebuscaban con sus dedos lo que los bikinis esconden.

    - ¿Sí?

    - ¡Señora Rosa, cómo lamento mi atrevimiento! Si hubiera sabido que era Usted, ¡jamás habría intentado meterle la pezuña sucia!

    Río otra vez, y me siento para verlo bien abrochándome el bikini.

    - Tranquilo muchacho, todos tenemos que vivir de algo, ¿no? Dime, ¿qué se puede hacer aquí Máikel?

    Se tapa la boca otra vez como si hubiera visto a la mismísima Virgen.

    - ¡Pero cómo sabe Usted mi nombre, señora Rosa!

    - Jajaja, pura coincidencia corazón, pura coincidencia.

    Le sonrío y después de un rato calmándolo, nos pusimos a hablar. Me llevó a tomar unos tragos mientras mis amigas se fueron con sus mulatos hacia algún motel rumbo al atardecer. Medio borracha y alocada, le conté a Maikél que mi verdadera pasión es jugar y la vergüenza que sentía de contar ese simple secreto en público.

    - Ay, mi Rosa, ¡Usted no debería pensar así! Es Usted una dama y una adulta, debería poder hacer y decir lo que quisiera caray. Si en verdad lo que le gusta es jugar, yo la llevaré al mejor Club de Juego de Cuba.

    Recogí mis cosas, me vestí de forma más apropiada para la ciudad, y nos fuimos juntos a descubrir el secreto.

    Estuvimos una hora perdidos, hasta que en un callejón una chica (fan total) se nos acercó y nos susurró la dirección del auténtico y verdadero Club de Juego de Cuba.

    Llegamos hasta él (una puerta más de madera podrida, otra tanta de las muchas en la ciudad) y cuando bajamos al sótano de lo que parecía la casa de una familia de ocho, se abrió ante mí el salón más fantástico que jamás he visto.

    El aire era denso y dulce, una mezcla de ron, jazmín y sueños de libertad. Las mesas llegaban hasta donde alcanzaba la vista en lo que parecía ser una inmensa bodega de ron abandonada, y las farolas y música daban el toque ideal al sitio perfecto.

    Y en cada mesa, llenas todas, hasta ocho personas sentadas y tantas otras de pie alrededor, estaban jugando: Ajedrez, Cluedo, Go e incluso una versión adulterada de Jumanji.

    El juego más popular de todos era sin dudas el Monopoly: la sensación de libertad y despilfarro capitalista eran la mejor forma de liberarse de una verdad opresora a la que los cubanos se dejan llevar con gustito y dolor.

    - ¿Quiere jugar señora? - escucho a mis espaldas. Me doy la vuelta y veo frente a mí un mulato alto, sonriendo, y noto que no me mira como una a estatua o una doncella: es el primero que no me reconoce.

    - Siempre.

    - Pues chica, si quieres jugar tienes que pagar.

    Empiezo a buscar mi bolso y me para en seco con su mano.

    - No no, chica: aquí se paga con calne.

    Me llevó a una mesa donde las horas se nos fueron jugando y riendo, y cuando el día empezó a bailar con la noche, me fui a una esquina a hablar con él.

    - Dime chico, ¿a qué más podemos jugar aquí?

    - Sígueme.

    Nos fuimos arriba, a una habitación olvidada. Me dejó entrar primero como a una dama, y al cerrar la puerta lo tuve junto a mí.

    - ¿Con qué vamos a jugar? - le susurro, y me dice:

    - Con ésto - y llevó mi mano al gran bulto en su pantalón.

    La brisa cubana me despertó junto con el olor a hombre, sexo y flor. Al despertar, allí seguía él.

    - Buenos días chico... antes de irme, necesito saber tu nombre.

    - Ay no, chica, que me da vergüenza.

    - No tengas miedo, ya ví todo lo que tenía que ver - digo mirando bajo la sábana su tronco mulato.

    - Está bien, te lo diré pero no te rías. Me llamo... Nieve.

    Me descojoné viva, tan fuerte que con mi risa un par de palomas se fueron revoloteando del borde de la ventana. Él se puso triste.

    - Sabía que no podía decirte nada, mala hembra.

    - No, mi hombre, fue el final perfecto: no me río de ti. Eres perfecto tal y como eres, pero sólo de imaginar la cara de tarambanas que se les va a quedar en Madrid cuando les diga que mi última noche en Cuba la pasé jugando con 25 centímetros de Nieve en el coño... ¡es insuperable!

    ¡Besos!

    AR
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