• Dos días de desvarios (III)

    Como animales irracionales anduvimos hacia nuestra presa. El grupo de caza lo formábamos por Antxon y Troncho. Hace unos acaecimos de que perseguíamos un mismo cometido. Todos presenciamos ante nuestros ojos la majestuosa figura del unicornio, una fabulosa esbelta yegua con un cuerno en su frente que a cada pisada hacia arcilla el mismo suelo de la madre tierra. Cada uno la presencio lugares distintos. Yo juré haberla visto paseando entre un arcoíris un día donde el mismo cielo lloraba al presenciar sus andares. Antxon juraba ver su figura reposando en la colina más alta de las montañas que rodean nuestra villa. Al igual narraba Troncho, qué un día fue capaz de ver la esbelta figura de la más galante yegua que ondeaba su galante cuerno de este a oeste.

    Pese a perseguir el mismo fin sabíamos que solo uno obtendría el trofeo. Rara era la vez que no saltaban las disputas entre nosotros. Aun así, como caballeros de la orden de Padua, juramos respetar al hermano de escupitajo que fuese elegido por el animal místico. Nuestra orden fue constituida bajo el estricto código de los amigos de sangre. Debíamos respetar a nuestro prójimo, compartir nuestra información y proveer de ayuda en todo momento. Suena raro cuando todos perseguíamos un solo fin. Pero nuestra orden estaba asentada en lo alto de la casa de Truker, la casa más alta del barrio. Truker era el Rey de nuestra villa y nos había cedido el terreno restante de su terraza para nosotros.

    Tras mucho divagar y buscar al más ancestral de los animales, un día nos topamos con él. Caminaba cual ángel pisa la tierra por primera vez y tiene miedo de mancillar la hierba de sus pies. Todos pensamos que ese era nuestro momento, pero nos acordamos del tratado de Padua. Respetaras a tu hermano ante el unicornio acatando el turno que se dará por quien vio primero a dicho animal y si, tratándose de la casualidad de verlo al unísono, una carrera por la gran recta que lleva del colegio a la oficina de correos decidirá las posiciones de ataque.

    De siempre he tenido unas piernas bastante largas. Siempre conseguía ser de los primeros, yo, al igual que el mismísimo Filipides, corría como el viento. Aun así todos me llamaban el Ventoso, por la cantidad de pedos que me tiraba. Como campeón de la carrera de Padua, me presenté ante el unicornio para ganar mi premio, cabalgar con ella hasta el fin del mundo. Con la elocuencia de un poeta con deficiencia mental y el caminar de un hombre sin piernas que cree ser un centauro, me acerqué a Mirdian.

    Pasaron semanas del día de la gran caza y la orden fue clausurada. No habíamos contado con los gustos de ella. Padua se había alzado sobre los cimientos de nuestros pensamientos, sin tener en cuenta los del unicornio. Tras aquel día, Proteo, dios de dioses y pareja de Mirdian, destruyo nuestra orden. Sobre los escombros de nuestra orden creamos otra, llamada Los hermanos, que nunca compartirán un objetivo y ayudarán en su cometido a cada integrante de la misma, sin entrar en batalla con los beligerantes.
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    3 Comentarios
    • , 17/11/2016
      Bieeeeeeeen reisor is back!!!

      Me gustó, incluso más que algunos anteriores :D
    • lanamckelvey, 24/11/2016
      oh this is hero games?
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