En Kotaku —me cago en la leche, dónde si no— me encuentro este fascinante vídeo que resume la historia reciente de Nintendo. Ya sabéis, lo de la revolución de la industria con Wii, el mal comienzo de 3DS, su primer año con pérdidas y un futuro llamado Wii U. La animación es sencionalista a rabiar, cutre, de nulo valor informativo... pero tremendamente graciosa.
El momento con Iwata lanzando caparazones rojos a directivos de Sony y Microsoft justo antes de ser apalizado por ellos es seguramente lo mejor que voy a ver en mi vida, si realmente todo esto se acaba a finales de año.
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La crisis no es ajena a nadie: a pesar de que la entrega de premios del año pasado tuvo lugar en el Kodak Theatre de Los Ángeles, este año teníamos que decidir entre hacerlos ahí o que nuestro ejército de mujeres en bikini forjara con sus dulces manos las estatuillas doradas de Slowpoke. Ha tenido que ser lo segundo: este año, el Polideportivo Municipal de Fuenlabrada acoge al aluvión de celebridades, fans y periodistas internacionales que no quieren perderse por nada del mundo la ceremonia. Tras varios retrasos (la organización de los Globos de Oro, no contentos con robarnos a Ricky Gervais, nos suplicaron que retrasáramos la gala para no eclipsarles, reventando por el camino todos sus patrocinios publicitarios), la cosa empieza. Andrés Pajares calienta la voz para declamar el discurso de inauguración.
Las tenues luces del polideportivo crean un ambiente íntimo, cálido; el público cuchichea mientras la redacción de AnaitGames cuchichea cerca de la barra, seduciendo con sus voces cada vez más perjudicadas a las camareras. De pronto, un pequeño temblor: la muchedumbre se sobresalta, pinjed destroza con un lanzacohetes el techo del polideportivo, las paredes del recinto caen y boom, motherfucker, el escuadrón de helicópteros suelta las cuerdas con las que hemos transportado todo el edificio desde Fuenlabrada hasta el paseo de las estrellas de Hollywood. Ricky Gervais, todavía cansado por el trabajo en los Globos de Oro, ahora descansa en paz aplastado por, calculamos, las filas de asientos sexta y séptima. Andrés Pajares se quita la máscara y resulta ser Ryan Gosling, que hace un solo de guitarra y saluda a todo el mundo: que comiencen los premios.
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