• Publicado el 02/01/2018 Esto es un post en el blog de: Asterion @asterion Offline Bio: Toco la guitarra en Chaos Before Gea. Nintendero de toda la vida. Padre en apuros. Ir a su perfil completo

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    Nintendo, el Barón Rampante

    Cosimo Piovasco di Rondò, heredero de la baronía de Rondò, ante las imposiciones de los adultos y su visión cuadriculada del mundo, decide un buen día subir a la copa de un árbol para no volver a pisar la tierra nunca más. Una máxima que mantuvo hasta el fin de sus días.

    A menudo pienso en el pequeño personaje creado por Italo Calvino como un arquetipo para Nintendo. Cosimo, desde lo alto de los árboles, sigue formando parte de su comunidad y se mantiene activo, como uno más. La altura no le sitúa por encima del resto, simplemente le otorga la distancia necesaria para estar dentro y fuera de las cosas al mismo tiempo.

    Vivió, creció, amó, se equivocó y maduró en la copa de los árboles, fiel a una idea que le definía por completo.



    Los de Kyoto tienen buena parte de culpa de que 2017 haya sido un año para celebrar para aquellos que disfrutamos de los videojuegos, probablemente, porque al igual que el Barón Rampante, siguen aferrados a su rama, a su propia visión del mundo, jugando bajo sus propias reglas hasta las últimas consecuencias, solo que esta vez, han sabido subir hasta lo mas alto para ver con claridad cuál era el camino a seguir, de donde vienen y hacia donde van.



    Nintendo sigue siendo ese robusto tronco centenario que habita en lo más profundo del bosque, sabio e inquebrantable, pero también ese Elíseo capaz de generar brotes jóvenes y la savia necesaria para crear un nuevo legado, capaz de emocionar a los que ya estábamos aquí y a los que acaban de llegar.
    En definitiva, la gran N sigue siendo ese Reino Arbolado, siempre divertido, que uno nunca se cansa de explorar.



    Mucho se ha hablado de la muerte de Nintendo y de cómo iba a ser devorada por el mercado y las tendencias. Puede que ocurra algún día. De ser así, morirá aferrándose al Montgolfier, y dejará tras de sí una bella estela, un recuerdo imborrable en aquellos que pudimos disfrutar de cosas tan maravillosas como Mario Odyssey o Breath of the Wild.

    El agonizante Cosimo, en el momento en que la soga del ancla pasó a su lado, dio un salto de los que le eran habituales en su juventud, se agarró a la cuerda, con los pies en el ancla y el cuerpo hecho un ovillo, y así lo vimos volar lejos, arrastrado por el viento, frenando apenas la carrera del globo, y desaparecer hacia el mar...

    El montgolfier, tras atravesar el golfo, consiguió aterrizar luego en la otra orilla. Colgada de la cuerda sólo estaba el ancla. Los aeronautas, demasiado ansiosos por mantener una ruta, no se habían dado cuenta de nada. Se supuso que el viejo moribundo había desaparecido mientras volaba en medio del golfo.

    Así desapareció Cosimo, y ni siquiera nos dio la satisfacción de verlo volver a la tierra de muerto. En la tumba familiar hay una estela que lo recuerda con la Inscripción:

    «Cosimo Piovasco di Rondò - Vivió en los árboles - Amó siempre la tierra - Subió al cielo»


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