• Xenoblade Chronicles 2: Al Límite

    Ganas de rol del bueno tenía yo cuando compraba Xenoblade Chronicles 2, más acojonado que el día que me toca pasar la ITV.
    Doscientas horas de partida atestiguan que estoy al límite, caminando sobre el filo de una navaja, sabiendo que estoy a poco de perder la cordura entre los millones de números que pueblan el RPG de Monolith que a pesar de haberme encantado me ha tenido a milímetros de volver a instalar Wallapop para malvenderlo y olvidarme de él.

    Recordando con cariño Dragon Quest VIII (el último RPG que había jugado) me sumergí de lleno en la experiencia Xenoblade Chronicles 2: un compendio de grandes ideas, mecánicas interesantes y un contexto divertido que suele dar la impresión de haber estado envuelto y empaquetado torpemente. Las primeras horas hay que tomarlas con paciencia por que como todo buen juego filochinaka te puebla de diálogos intrasdendentes, tutoriales soporíferos y giros de guión predecibles en tanto que la mayoría de escenas y cinemáticas podrían perfectamente ser la de un anime más o menos tradicional.
    El juego, sin embargo, siempre quiso llevarme de la mano y, a pesar de atiborrarme con explicaciones, nunca sentí que sobrasen. Mi limitada atención nunca fue insultada, aunque alguna que otra vez tuve que pararme a leer más de una vez una mecánica por que, de no aplicarla bien o no entenderla, la partida descarrilaría y se me haría muy cuesta arriba.

    Uno de los momentos que catalogaría como "al límite" fue en Uraya. Venía de una interesante pelea después de una mazmorra olvidable (Don't forget me!), y todo ese pequeño arco argumental fue empaquetado de lujo con una escena de acción molona que me acompañaría en la memoria unas cuantas horas, así que ni tan mal. Una de las conversaciones a modo de evento recurrente me hizo enloquecer como en un relato de Lovecraft.
    "Cuquicuqui" es uno de los diálogos más bochornosos que recuerdo en un videojuego y puedo decir que me hizo pensar en lo enfermizo de la mayoría de situaciones cómicas que acompañan buena parte de la obra desde que empezamos la partida hasta que concluimos el periplo de Rex. La conversación entre Tora y Pyra, a priori personajes importantes en Xenoblade Chronicles 2, es cuanto menos deleznable, machista y condescendiente que, lejos de hacerme reír me recordó los cientos de planos a escotes y culos que el juego me había regalado hasta el momento. En todo el arco argumental que estaba sucediendo, recordé que hasta el fatídico instante en el que sucedió esa conversación las únicas físicas que se aplican (o que yo supe ver, qué cojones) al mundo de Xenoblade Chronicles 2 son los pechos y su incesante e innecesario bamboleo.

    Cuando volví de la pesadilla tuve otro de esos momentos "al límite", cuando uno de los personajes de la aventura te enseña una mecánica que te permite derribar a los enemigos, para posteriormente lanzarlos y hacerles una cantidad de daño desmedida. Venía de no entender del todo bien los elementos, de no querer abrir cristales primordiales por miedo a dar a luz a otro Power Ranger poochie al que desintegraré en breves instantes y de haber gastado todos los dispositivos de traspaso sin saber que iban a ser jodidamente escasos.
    Ese diálogo que me plantaba delante de una especie de anquilosaurio para explicarme las bondades de lanzarlo por los aires para que diera veinte vueltas sobre sí mismo, y estrellarlo violentamente contra el suelo me hizo pensar una vez más en los pechos y su bamboleo: Por que al lanzar al hervíboro a diez metros de altura éste no torcía ni un músculo y no seguía ninguna lógica, pero el esfuerzo en los pechos turgentes y a su vez desmedidos sí estaba ahí.

    Continué aferrándome a la cordura decenas de horas y el juego, a pesar de mis reticencias, me atrapó: El sistema de combate es relativamente profundo y divertido, el juego no te obliga a farmear y muchas de las misiones secundarias son suculentas. La historia avanza sin hacerte sentir especialmente estúpido por resolver problemas mundanos en forma de grasiento relleno y, a pesar de los problemas de ritmo que me empujaron una y otra vez a hacer algo productivo con mi vida, aguanté como un campeón y seguí viendo como los numericos aumentaban exponencialmente y mis personajes se convertían en dioses anime.

    En definitiva, Xenoblade Chronicles 2 es una de esas sorpresas para un grandilocuente 2017, como ya lo fuese Persona 5. Ambos me tuvieron muchas horas fuera de mi zona de confort, teniendo especial mérito el juego de Monolith por tenerme ahí, entre la sonrisa y el cringe, cerca de cien horas de partida. Ambos juegos rompen con más o menos contundencia mi miedo o aversión a ciertos productos que exceden mi comprensión sobre el humor o lo que es o no correcto (sobretodo en sexualizar a niñas), y puedo decir que Xenoblade Chronicles 2 ha sido un esfuerzo más que digno por mi parte que ha resultado en muchas horas de diversión contenida y, ante todo, una experiencia "al límite".
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