• TumbleSeed: ecosistema en movimiento

    TumbleSeed es un juego sencillo en su planteamiento. En él, debemos conseguir que una semilla logre llegar a la cima de la montaña en la que ella y los suyos conviven, encarnando, el jugador, a una pasarela que ésta recorre rodando de un lado para otro dependiendo de la inclinación de los extremos del liviano puente. A esta premisa se le suman diversos elementos que el jugador va descubriendo a lo largo de la aventura, pudiendo ser estos ayudas que lleven la travesía hacia terrenos más accesibles, u obstáculos, vivos e inanimados, que la compliquen.

    Como ya he dicho, TumbleSeed es un juego sencillo en su planteamiento, pero al mismo tiempo extraordinariamente complejo en su desarrollo, una cualidad que quizá la mayoría vincule exclusivamente, sin andar tampoco muy desencaminado, a su esquema de control, pero que se extiende a todo aquello sobre lo que se cimienta como videojuego. Porque sí, TumbleSeed no deja de ser un roguelike, un género basado en la aleatoriedad de sus escenarios, la muerte permanente, la regresión intrínseca del avance fallido y el consiguiente conocimiento adquirido en la experiencia. Sin embargo, más allá de su naturaleza cercana a obras tan dispares como Crypt of the Necrodancer (equivalente en su concepción del entorno como tablero activo, siempre en circulación) o Faster than Light (semejantes en sus esquemas de gestión de recursos y constante sucesión de toma de decisiones), TumbleSeed es, por encima de todo, un juego de plataformas. De una, concretamente. Aquella en la que el grano protagonista gira sin cesar.



    De igual modo que lo hiciera Nintendo en el 85 de la mano del fontanero más reconocido y su inherente parábola, en TumbleSeed todas sus ramificaciones brotan de su mecánica más importante, el movimiento de su personaje principal. Con una particularidad que lo desmarca: nos arrebata su control. De ahí surge la dificultad y se da forma al reto que supone el laborioso ascenso que la semilla tiene que llevar a cabo. De que el jugador se adapte a la inercia de la pepita y sea capaz de sortear o superar los impedimentos que le asalten, en consecuencia de las pendientes a que elaboren sus teclas, joysticks o joycons. No es casualidad que la mayor fuerza antagónica del título sean grandes agujeros localizados a lo alto y ancho de la cumbre en la que se desarrolla la odisea de TumbleSeed. El único “enemigo” que interrumpe bruscamente el curso cinético del vegetal primigenio y lo devuelve casillas atrás en su viaje. Tampoco lo es que el resto de contrarios, animales e insectos también habitantes de la montaña, realicen patrones y ataques concretos, ya sea volar en una circunferencia definida, alrededor de un ítem en particular, desplazarse a través de saltos, ocultarse en la oscuridad de los mencionados hoyos hasta encontrar el momento adecuado para descubrirse, o directa o indirectamente perseguir a la semilla en su recorrido, y que pese a alcanzarla, no interrumpan la oscilación de su objetivo (a menos que a éste no le queden vidas), pero sí le desvíen de su plan inicial. Configurándolos, por tanto, como unidades a la defensiva sujetas al comportamiento de su especie y el hábitat en el que se relacionan, en un paradigma próximo al del héroe rodante y su singular balanceo.



    TumbleSeed sabe muy bien lo que hace. Lo sabe cuando convierte los tradicionales power-ups, presentes en tantísimos videojuegos de la escuela de Mario, en tácticas de las que podamos valernos para abordar el desafío como mejor consideremos, sin que éstas sacrifiquen la vía de navegación básica del juego. Lo sabe cuando equilibra los poderes gracias a la necesidad de obtener cristales para utilizarlos. O cuando esparce dichos cristales a lo largo del mapa (fomentando la exploración del mundo y el dominio del movimiento de la pelota orgánica), pero también permite cultivarlos en macetas de un solo uso, indispensables para emplear las habilidades de los modificadores. Lo sabe cuando más abraza la sucesión de fracasos en la que se basa cualquier rogue-like y, lejos de acercarnos a la frustración, nos calma con sus melodías sosegadas y sus colores cargados de vida, con los que afrontar otro intento no se antoja como una tarea tediosa, sino como una nueva oportunidad de mejorar y llegar todavía más alto.

    Es en esos intervalos de simbiosis entre sus sistemas donde TumbleSeed brilla con más intensidad. La clarividencia con la que conecta y trastoca sus componentes propios y rasgos inspirados en favor de un conjunto coherente, todo ello enmarcado en una temática poco habitual y llena de cohesión, dentro de un espacio tan explotado como en el que trabaja su estilo, me sigue asombrando hoy como el día que lo inicié. Así, es difícil que no te pierdas entre sus paisajes majestuosos, sus pausas de apacible descanso o sus violentos descensos, y sin darte cuenta, te encuentres de nuevo ante un extenso camino que peregrinar.

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