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    Desnuda y Rota

    Desnuda y rota. Así estaba cuando jugué al Super Mario por primera vez.

    Corría la temporada otoño-invierno del 87'. Por aquél entonces, yo no era más que una adolescente en su segundo ciclo (con apenas treinta y cuatro añitos). El proceso de divorcio de mi segundo marido, Mario, me tenía hecha pedazos física y emocionalmente. No podía creer cómo aquél hombre, regordete y bigotudo había sido capaz de irse con aquella camarera eslovena rubia de bar de carretera. Sabía que no era mi culpa: el infiel, el feo, el canalla había sido él. Pero era yo la que se sentía sucia, fracasada. Y fea.

    Qué puedo contaros, mis querubines: por aquél entonces el vino barato y cualquier pique en el estudio me hacía hervir la sangre. Pensé que ya que se estaba desmoronando toda mi vida (mi matrimonio, mi cuerpo - todavía no había encontrado el secreto de los baños de leche de coco y excrementos de mono tití pigmeo, que ya se puede conseguir en tiendas de Corte Escocés y otras grandes superficies por tan sólo 59,99 €-) podía por fin ser la dueña de mis decisiones.

    Una noche, borracha y alborotada, decidí entrar en el baño de caballeros para encarar a Javier, el azafato asistente del Sr. Olmos (el del clima en la RCE, ¿te acuerdas?). No sé lo que esperaba ver, pero cuando lo encontré con la bragueta abierta y la baguette fuera... jamás había sentido tanta vergüenza en mi vida.

    Salí corriendo como loca sintiendo como la cabeza me daba vueltas y volví a casa. Estaban todas las luces apagadas excepto en la habitación de mi hijo mayor, Alberto. Corrí para abrazarlo y recordar por qué vale la pena vivir, pero en su lugar me encontré a su mejor amigo, Luis, jugando en la consola.

    - ¿Pero qué haces tú aquí? - dije con un tono de voz más alterado del que me gusta reconocer sobria.
    - Eh... señora... lo siento, Alberto me dejó jugar un poco... se fue a... a la casa de Nicolás...
    - ¿Qué Nicolás?

    El pobre no sabía dónde esconderse. Yo sabía bien que era una mentira: mi pequeño Alberto a penas tenía amigos, como mucho se habría ido al bar de la esquina a coquetear con las zorritas de su colegio. Mi tarumbo hermoso.

    Pero mi cuerpo (joven y sin arrugas, igual que hoy en día) ya no podía sostenerme y me derrumbé en la cama, al lado de Luis. Sin aguantar, lagrimones se escaparon de mis ojos.

    - Señora, ¿qué le pasa? ¿Está bien?

    Y en ese momento, lloriqueando borracha, pude verlo en pantalla por primera vez: regordete, vestido de rojo y bigote, corriendo torpemente para escapar de unas tortugas de muy mal humor. Le pregunté quién era ese.

    - ¿Ese? Ese... se llama Mario, señora.

    Y en ese instante una luz se encendió en mi mente.

    - ¿Me dejas probar?

    Anonadado, me pasó el mando. Cuando lo cogí entre mis manos, presioné los botones hasta que el gordito patán se movió a mi antojo. Como una marioneta.

    Lo llevé hasta un precipicio y al caer, se murió. Saltó, se retorció en el aire y un rim pum pam festejó alegre la muerte de ese Mario. Mi Mario.

    Desnuda y rota (bueno, desnuda lo que se dice todo lo que se puede estar desnuda en octubre, con una camiseta, camisa, jersey, falda, medias de nylon, zapatillas y por supuesto ropa interior, que una dama siempre debe ser una dama), desnuda digo, indefensa bajo la mirada de Luis viendo lo mal que jugaba, descubrí lo fácil que era manipular a Mario en la pantalla para hacerlo morir. Una. Y otra. Tras otra. Vez.

    Mis querubines, esa noche comprendí dos cosas. La primera: siempre hay que temer lo que se esconde debajo de una bragueta. Segundo: aunque a veces lo único que quieras es que te hagan un buen cunnilingus, quizás lo que en verdad necesitas es alguien que te de la mano y muestre la luz de un viejo televisor de tubo, donde poder asesinar a tu ex marido para sobreponerte al dolor, la rabia y la impotencia. En un juego de vídeo.

    Esa noche renací con todo mi esplendor y juré nunca más estar bajo el yugo de ningún hombre, sobre todo un hombre que no es capaz de saltar el más mínimo bache (tanto en el juego como en la vida real).

    Y eso mis corazones, vale oro.

    Besos,

    AR
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