2K Games acaba de anunciar que Borderlands 2 estará en tiendas el 21 de septiembre. Falta lo suyo y con Gerbox nunca se sabe, pero no hay motivo para no acompañar esta información con un tráiler realmente efectivo: aquí está todo aquello por lo que el primer Borderlands nos sorprendió a todos y sigue siendo un título, en cierto modo, muy querido: el tono desenfadado, la variedad de armas y situaciones, Claptrap, el cooperativo y los bichos feos.
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Nada más lejos de mi intención que llamar al mal tiempo, como decimos por aquí, pero algo está sucediendo con el parto de The Last Guardian y sea lo que sea no tiene buena pinta. La marcha de Fumito Ueda de Team Ico (aunque sostiene que piensa terminar el juego como Dios manda), la dimisión de algunos otros integrantes y esos rumores desmentidos de que el proyecto del polligarto gigante podría ser carne de cancelación, desde luego no están ayudando. Pero hoy hay un nuevo dato sospechoso complicando la ecuación.
Al parecer los muchachos de Wired se enteraron de unos rumores sobre que Sony Santa Monica podría estar echando un cable en el desarrollo de The Last Guardian, así que le preguntaron directamente a Shuhei Yoshida, jefe de las first party de Sony, y la respuesta ha sido sorprendente:
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Quizá por no tener ningún recuerdo demasiado firme de los primeros juegos de la franquicia, más allá del recuerdo histórico que cualquiera con un mínimo de amor por el videojuego debería tener, este nuevo Syndicate me ha sorprendido. Poco queda del original, claro, algo que disgusta a muchos pero que personalmente no veo tan dramático; cualquier atisbo de duda sobre el paso a FPS que pudiera haber albergado en mi interior se disipó cuando en mis primeras partidas fui identificando sabores que me traían buenos recuerdos: recordé, por ejemplo, Resistance 3, y recordé también Singularity. Estas dos referencias no son baladí: creo que son significativas para hacerse una idea previa de lo que podemos esperar del nuevo Syndicate.
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¿Os acordáis de E.T.? La película, digo, no aquella abominación que venía en un cartucho y sigue esperando bajo el desierto de Nuevo Mexico su momento para salir a la superficie y acabar con la humanidad. Yo —momento confesión— conseguí verla a la tercera vez: las dos primeras me cagaba vivo. Y me asustaba antes incluso de contemplar el aspecto del bonachón alienígena: solo con ver aquellos dedos larguiruchos entre la maleza y oír esos extraños sonidos que hacía, el pavor más absoluto se apoderaba de mi cuerpecito de solo seis años. El caso es que al final superé mis demonios y la vi entera. Recuerdo especialmente el momento en que el ejército se lleva a Elliott y a su nuevo amiguete a unas instalaciones para mantenerles en cuarentena y estudiarles. Me pegó una bofetada emocional muy seria ver al monstruito languidecer, enfermo, pálido, agónico, mientras aquellos científicos se frotaban las manos pensando en qué maravillas anatómicas se abrirían ante sus ojos cuando echaran mano del bisturí. El niño, que también tenía mala cara, pasó a importarme tres pepinos: necesitaba toda mi atención para sentir hasta el último atisbo de impotencia y rabia contra aquellos hijos de puta con escafandra. No entendía por qué esa cosa llamada ciencia tenía más importancia que la vida de un pobre bichito inocente, que encima no dejaba de pedir que le dejasen irse a casa. Aquella escena me rompía el corazón y fantaseaba con la idea de que E.T. se cabrease y mutase en una bestia sedienta de venganza, que destrozase a golpes los cuerpos de sus captores y chapotease en sus inmundas entrañas. Por suerte la cosa terminaba bastante bien, con el pequeño extraterrestre volviendo a su hogar, pero a mí siempre me quedó esa espinita. Desafortunadamente Quentin Tarantino nunca llegó a interesarse en rodar un remake, pero esta semana un jueguecito de XBLA titulado WARP ha calmado por fin mis anhelos de sangre y dolor extremo. Soy un hombre nuevo.
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El 11 de junio de 2009, recibimos un e-mail de un empleado de GRIN Barcelona avisándonos de que el estudio cerraba sus puertas. A día de hoy seguimos sin saber quién lo envió; ha pasado suficiente tiempo como para publicar el correo, sin embargo. Lo reproduzco a continuación; las negritas son mías, el resto es literal:
Hola,
tan solo informaros que Grin Barcelona ya esta cerrada actualmente y que se encuentra en proceso de ERE (expediente de regulacion de empleo). Todo el mundo ha sido despedido sin ningun tipo de indemnizacion ya que segun version oficial no tienen dinero para pagar a nadie. Por otro lado, se sabe que todos los despedidos en suecia (estocolmo y goteburgo) han recibido sus compensaciones legales acordes con las leyes del pais.
Los españoles se merecen menos?
No se trata de una pataleta alguien cabreado, solo quiero que se sepa LA VERDAD:
Que hay 50 personas en la calle, de un dia para otro sin preavisos, y con batallas legales que actualmente estan en proceso.
Por favor para proteger a los trabajadores que ya estan bastante afectados te ruego que contrastes la informacion y que mantengas este mail en confidencialidad.
Gracias.
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La ira es una sensación maltratada. Tiene sus cosas, y quién no, pero tampoco es tan mala. Todos la necesitamos en algún momento, todos —algunos más— somos muy de romper mierdas cuando la mala hostia empieza a salir por las orejas. Y funciona, vaya que sí.
Nuestros amigos los japoneses, reprimidos y expertos en gritos, saben de esto un rato largo. Nos hacen volver constantemente al Gohan contra Célula, monumento al cabreo motivacional; hace cosa de un mes, las quejas por los cambios que destrozan esa escena en Dragon Ball Z Kai llegaron a trending topic. La entendemos y la necesitamos; la ira también nos une.
Su relación con los videojuegos, empezando a encauzar esto de una vez, es tan evidente como sana. Un bálsamo dentro de otro, una excusa para avanzar sin hacer demasiadas preguntas, un contexto donde todo vale y el espectáculo está asegurado.
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