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Ganadores del I Certamen Literario Navideño de AnaitGames

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Por chiconuclear, 6 de enero de 2013 a las 14:17

  • chiconuclear
    chiconuclear, 06/01/2013 @chiconuclear, El guapo Offline
    Aquí irán los ganadores finalistas del I Certamen Literario Navideño de AnaitGames, siempre y cuando estén ellos de acuerdo y quieran compartirlos con el resto de la peñuqui. ¡El ganador sí que ponemos ya, el resto de participantes no dudéis en pegar el texto en una respuesta (con etiqueta de spoiler para no poner tochacos) o darnos luz verde para publicarlos, e iremos actualizando el OP!

    Lone Survivor: Christmas DLC, por @hallenbeck
    Spoiler:
    DÍA 6

    Se despertó con la sensación de haber dormido durante una semana entera, acuciado por el hambre y la sed. Sus ojos escrutaron la penumbra y los recovecos del cuarto, muebles familiares y objetos que reconoció con la mirada a pesar de que no eran de su propiedad. Después de un leve suspiro de resignación, se recostó y apoyó los pies desnudos en el frío suelo. Tomó impulso, se puso de pie y abrió los brazos para desperezarse y bostezar con la boca obscenamente abierta. Notó como la tela de la mascarilla que le cubría la parte baja de la cara absorbía la tibia humedad de su aliento. Fue hasta una mochila azul y desvencijada que había en el suelo, en un rincón, y la tomó con ambas manos, palpando todos los objetos que contenía antes de echársela a la espalda. Un ruido gutural proveniente de su vientre le recordó que lo único que se llevó a la boca el día anterior fue una bolsa de patatas rancias, lo único que encontró comestible en una de las incursiones que hacía en pisos vecinos para poder sobrevivir. Era hora de salir al pasillo.

    Cada vez que tenía que hacerlo quería gritar y llorar de puro miedo, pero si algo había entendido es que en su situación ese era precisamente su mejor aliado. El miedo le hacía ser prudente y tener cuidado. Al abrir la puerta de salida le sobrevino una oleada de hedor a muerte, a suciedad acumulada y a abandono, pero también había empezado a aceptar eso como parte de la situación. Echó un vistazo rápido a ambos lados para asegurarse que todo estaba despejado. Dio unos pasos y cruzó otra puerta, pasando por el corredor dónde estaba la escalera de acceso al piso de abajo, que permanecía cerrada con llave. Avanzaba lentamente, pegado a la pared y haciendo el menor ruido posible, casi sin levantar los pies del suelo. Volvió a pararse para sacar de la mochila un revolver que metió en el cinturón del pantalón para tenerlo cerca. El contacto con el metal del arma le hizo venir a la mente una sugerente melodía que había escuchado dos días antes. "¿Fue hace dos días? No estoy seguro. El tiempo transcurre ahora de un modo que me resulta difícil entender".

    Pensó en Chie, en la imagen de su cara, sus facciones, su pelo. La urgencia de volver a verla se dibujó a la misma velocidad que el recuerdo le venía a la mente. La melodía que sonaba en su cabeza le trasladó a la surrealista alucinación de la fiesta. Kenny con un vaso en la mano, Benzido también. Ambos, como si el apocalipsis no fuera con ellos, como si todo en realidad fuera una gran broma pesada. Al llegar a su destino se detuvo en seco y prestó atención unos segundos. No se oía nada. Giró el pomo de una puerta, entró y cerró. Tomó una bocanada de aire a través de la mascarilla, recordando como estuvo en este mismo lugar hacía unos días, sin encontrar nada interesante. Había decidido darle una segunda oportunidad, no sabía muy bien porqué. Sacó la linterna de la mochila y la encendió. El polvo flotaba inane mientras el haz de luz lo atravesaba, parecía como si hiciera siglos desde la última vez que alguien vivió ahí. Avanzó directo a la cocina para empezar de nuevo a buscar. El hambre ya casi le acuciaba tanto como el miedo. Empezó a abrir cajones y armarios. Pasó de largo de la nevera, ya sabía que no había nada y además olía fatal. Fue al resto de habitaciones. Nada. Ni comida, ni agua. El desespero le acechaba por momentos y su respiración se aceleraba. El hambre a veces era peor que el miedo. 'El miedo pasa sólo, el hambre no', pensaba.

    Fue al salón y rodeó un sofá desvencijado mientras apuntaba con la linterna a los armarios abiertos de par en par. Polvo y más polvo, nada más. Maldijo en silencio y decidió apagar la luz para ahorrar batería. Recogió una silla del suelo y se sentó frente a la mesa. Con un gesto descuidado pasó la mano por su pelo sucio y alborotado. Se percató entonces de que había algo encima del mueble, algo que parecía una caja, pero no recordaba haberla visto la otra vez. 'También se me pudo haber pasado', se dijo. Estiró el brazo para alcanzarla y acto seguido supo que había algo dentro. Retiró la tapa y un olor dulzón atravesó la mascarilla penetrando sus fosas nasales. Le faltó poco para ponerse a babear como un perro rabioso. Galletas, eran galletas redondas. Galletas redondas y de jengibre. E indudablemente, estaban en buen estado.

    Otro detalle le llamó la atención. Encima de las galletas había algo, pero no sabía muy bien qué. Lo tomó con delicadeza entre sus dedos y lo acercó a la vista. Entre la penumbra pudo ver que era una ramita de muérdago. Le llegó el olor, como si estuviera recién cortado. Imágenes de gente sonriendo a su alrededor sentados en una mesa le asaltaron inmediatamente, le vinieron a la mente sonidos de campanillas y ritmos que identificó mentalmente como algo festivo y familiar. De repente echó de menos algo: Se sentía melancólico. Acercó el tallo a la nariz y la colocó debajo para aspirar profundamente el aroma, y justo entonces notó en sus labios el roce suave y dulce de un beso. O mejor dicho, el recuerdo de un beso. Metió de nuevo la rama en la caja con las galletas, la guardó en la mochila y decidió que ya era hora de volver a casa.

    Ya fuera, la pesadez del aire y la tensión del ambiente le pusieron en alerta. Su oído captó unos gemidos amortiguados. 'Han vuelto'. Echó un vistazo a la amenazante penumbra del pasillo y inició el camino de vuelta. Los sonidos que antes identificó como gemidos poco a poco se volvían gruñidos guturales emergiendo de la boca de alguna de esas criaturas, engendros que estaban reclamando la carne y la sangre que todavía le corría por las venas. A cada paso que daba, el latido de su corazón desbocado le ponía más y más nervioso, y al fin, dominado por un arranque de pánico, dejó que la adrenalina fluyera a través de su cuerpo y enfiló el pasillo con grandes zancadas. Tropezando con sus propios pasos, entró en el refugio y cerró la puerta. Con la espalda apoyada en ella, se fue deslizando hasta dejarse caer en el suelo. Contuvo el aliento para poder escuchar mejor. Los pasos y los gruñidos de las criaturas estaban cerca. Demasiado cerca.

    Acarició la pistola con la mano para tranquilizarse. El tacto le hizo recordar de nuevo la fiesta, volvió a ver a Chie y ahora le miraba con preocupación. Rememoró cuando le entregó el arma que luego le salvaría la vida. Ni esa fiesta existió, ni Kenny —fuera quien fuera — estuvo en ese lugar, y Benzido no era más que un cuerpo cuyas entrañas habían sido devoradas y arrancadas a mordiscos. El ruido cesó, sólo se oía el tenso silencio que siempre reinaba en el bloque.
    Todavía estuvo varios minutos escuchando, y únicamente cuando el corazón volvió a latir con normalidad, supo que había logrado sobrevivir otro día más y que saciaría el apetito a base de galletas de jengibre.

    DÍA 7

    Por primera vez desde que empezó todo no se despertó con la urgencia del hambre, ni la sensación de estar ahogándose en una piscina de arena. Fue la sensación de tener los pies helados. Sentía frío en todo su cuerpo y tenía el vello de los brazos erizado. Acarició la idea de ponerse calzado, algo que desechó al momento, ya que sabía que el ruido de pasos alertaría a esas criaturas, y sus opciones para sobrevivir pasaban por no ser visto, pero sobre todo, por no ser oído. De nuevo tenía que salir al pasillo, y esta vez había decidido volver al mismo sitio que el día antes, aunque no sabía por qué. Mientras rumiaba, un detalle que hasta entonces se le escapó había empezado a llamarle la atención: El silencio había cambiado, no notaba esa tensión que precedía al peligro. Era el primer silencio verdadero que era capaz de recordar en mucho tiempo y luchó para contener la tentación de sentarse a respirar y quién sabe si a llorar un poco y sollozar tranquilamente.

    Una vez fuera del refugio, de camino a su objetivo, algo captó de nuevo su atención al fondo del pasillo. Resistió la tentación de encender la linterna para alumbrar, y echó a andar para ver qué era. Se agachó y recogió el objeto, recorriendo el contorno con la punta de los dedos tratando de identificarlo. Era una estrella de cinco puntas, sabía que era algo que había visto mucho tiempo atrás, estaba seguro, pero era incapaz de ubicarlo en un contexto concreto. Tampoco veía de qué le podía servir, pero decidió guardarlo en la mochila de todos modos. Reanudó de nuevo el paso. Sus ojos escrutaban el camino cuando un destello refulgió. En un acto reflejó alzó la mano para protegerse la vista, perdida ya la costumbre de vivir bajo la luz del sol, y con la otra tomó la mochila para buscar la pistola. El destello se repitió otra vez, y mientras estaba inmóvil debatiéndose entre huir o apuntar con el arma, el foco del resplandor se fijó: un aplique sobre una puerta quedó encendido.

    Se acercó lentamente. Era el piso 201, el mismo piso de las galletas y el sitio al que quería volver. Frente a la puerta, el número en tres piezas de latón parecía nuevo y recién pulido, y justo debajo, colgaba una corona de ramas de muérdago decorada con pequeños copos de nieve y campanas. A pesar de sentir la lengua hinchada y seca, tragó saliva. Acercó la mano para accionar el pomo pero en el último instante la apartó. En vez de eso, golpeó suavemente la puerta con los nudillos. No entendía la razón de ese gesto, pero no le dio tiempo a encontrarla. Un 'clic' rompió la cavilación y la puerta se entreabrió un poco. Dudó durante una fracción de segundo si entrar o no, pero le pudo la curiosidad. Era el mismo sitio, de eso estaba seguro, pero parecía nuevo, por estrenar. Los muebles colocados con gusto, las sillas de pie, el sofá sin una mota de polvo. Encima de la mesa había platos relucientes, vasos y una botella recién abierta. Y al fondo, un árbol de un verde tan intenso como no era capaz de recordar, tan frondoso que le dio la sensación que podría vivir en él escondido. Oyó un ruido y giró la cabeza. Provenía de la cocina. Advirtió una figura borrosa que se movía por dentro como si estuviera atareada, pero antes de que pudiera pensar, hacer, o tan siquiera decir nada, ese alguien salió a recibirle.

    —¡Chie! —dijo sorprendido.

    Se percató de que su voz había sonado distinta. Se palpó con los dedos la cara y notó el tacto de las mejillas. El trozo de ropa con el que se protegía del olor, el polvo y bajo el que ocultaba sus miedos ya no estaba. Y otra cosa más, sentía los pies mullidos y calientes. Bajó la vista y vio que llevaba zapatos puestos, incluso unos bonitos calcetines decorados con renos.

    —Feliz Navidad. —dijo Chie sonriendo. El suave y delicado tono de voz le envolvió como el calor de una manta—. Enseguida comeremos algo, siéntate, por favor.

    La obedeció y se dirigió al sofá. Se dejó caer como si fuera el tronco de un árbol que acaban de cortar. Aspiró el aire limpio y llenó sus pulmones hasta que ya no podían expandirse más y se sintió embriagado por el confort y el calor. "Quizá todo esto es porque en realidad estoy muriendo" reflexionó fugazmente.

    Chie pasó por detrás suyo y tomó de la mesa las dos copas y la botella. Se sentó a su lado y dejó lo que había traído en una pequeña mesa de centro que había frente a ellos.

    —Felicítame, anda —le dijo mientras sus brillantes ojos negros se clavaban en él.

    —¿Perdón?

    —Que me felicites las navidades, tonto. ¿No recuerdas ya tus modales? —le recriminó.

    —Creo que más bien no recuerdo que es la Navidad. No recuerdo muchas cosas en general.

    —¿No la recuerdas? ¿Nada?

    —No...

    —¿Y a mí, me recuerdas? ¿Sabes quién soy?

    —Eres Chie. O una alucinación con ese nombre — dijo sarcásticamente.

    — Tonto — espetó ligeramente ofendida —. No me refería a eso.

    —¿Entonces?

    —¿Sabes quién era yo antes? ¿Cuál era nuestra relación antes de todo esto?

    Quiso hacer el esfuerzo de recordar pero sabía la respuesta de antemano. Todo lo relacionado con el pasado se difuminaba en imágenes fijas, flashes, retales de sueños y suposiciones al respecto. Su único recuerdo verdaderamente sólido empezaba despertándose en esa habitación extraña un día, sin más, sin otra razón aparente.

    —Sé que algo me une a ti —fue su respuesta tras unos segundos de cavilación aparente—. Sé que es un lazo fuerte, pero es una percepción, no un recuerdo concreto y claro — bajó la vista apesadumbrado—. ¿Sabes? A veces veo objetos, o cuadros, o fotos, o trozos de periódicos que demuestran que hubo algo antes de todo esta pesadilla, y también una guerra o un desastre que terminó con todo. Pero lo que fue mi vida o quien soy me resulta un misterio.

    Chie sonrió. Tomó una copa de la mesita y se la entregó. Luego la llenó de un líquido dorado y espumoso. El olor asaltó violentamente sus fosas nasales.

    —Toma, brindemos.

    Llenó la otra copa y la alzó. Él hizo lo mismo alzando la suya y Chie las hizo chocar suavemente.

    —Por la Navidad y los momentos especiales —enunció solemnemente.

    Luego, ambos bebieron de sus copas. Notó como la garganta recibía el líquido con un breve cosquilleo y un ligero ardor que, poco a poco, se fue transformando en un calor agradable que llenó todo su cuerpo por completo.

    —La Navidad —empezó a decir ella— nunca te gustó.

    Él frunció el ceño y quiso decir algo, pero Chie prosiguió.

    —Las familias y los amigos se juntan, brindan, comen y beben. Comparten y disfrutan la alegría de poder gozar los unos de los otros, y se regalan cosas mutuamente para demostrar cariño.

    —¿Yo odiaba eso? —dijo con los ojos abiertos de par en par.

    — Si, la odiabas. Lo considerabas algo hipócrita que poco o nada te aportaba, rehuías esas reuniones o si asistías a una, lo hacías con desgana.

    —Vaya, ¿estamos en Navidad entonces?

    —Sólo si tu deseas que lo sea. —Su rostro dibujó una sonrisa amplia y llena de felicidad.

    —Feliz Navidad, Chie.

    Y entonces, se acordó de sonreír. Los músculos faciales parecían protestar al estirarse para completar el gesto, y se sintió extraño, como si fuera la primera vez en la vida que mostrara esa emoción.

    Chie le tomó la mano y la apretó suavemente.

    —¿Tienes hambre? —le preguntó entonces.

    —¡Claro! ¡Siempre tengo hambre!

    —Pues cenemos hasta saciarnos, y celebremos que estamos juntos.

    Se dirigieron a la mesa y se sentaron el uno al frente del otro. La cena transcurríó sin palabras, en un agradable y cómodo silencio. Parecía que decir algo en ese momento era romper la magia que flotaba en el ambiente, pero a pesar de todo, por dentro le quemaba el recuerdo de la alucinación de la fiesta. 'Quizá lo que sucede en realidad es que he muerto. Seguro que por inanición', pensó con tristeza. Al terminar de comer, Chie se levantó.

    —Voy a buscar el postre.

    Se dirigió a la cocina y al poco se escuchó una especie de imprecación y el sonido de cajones y armarios. Chie salió al umbral poco después con cara de decepción.

    —Lo siento, pero nos quedamos sin el postre. Te quería traer unas galletas de jengibre y...

    —¿Eh? —le interrumpió—, ¿Jengibre? ¿Unas galletas redondas en una caja de cartón?

    —Si... ¿Cómo lo sabes? —respondió extrañada.

    —Ayer estuve aquí... Bueno, estuve en este piso, o eso creo. Ya no sé qué pensar —exhaló un largo suspiro antes de seguir—. Encontré una caja de galletas en la mesa y me la llevé porque no tenía nada más para comer.

    —No te las comerías todas, ¿verdad?

    —No, pero... —dudó unos segundos y decidió probar suerte— ¿Mi mochila, la has visto?

    —Está al lado de la puerta —dijo mientras apuntaba con el dedo.

    Se dirigió ahí y la vio justo dónde le señalaba. La tomó entre sus manos y abrió la cremallera, sacando la caja con aire triunfal. Chie suspiró aliviada. La llevó a la mesa y se volvieron a sentar los dos en su sitio. Ambos disfrutaron del postre con amplias sonrisas dibujadas en sus caras. Al terminar de nuevo, Chie se levantó y rodeó la mesa hasta situarse a su lado. Le tomó suavemente de la mano.

    —Ven, por favor.

    Él se dejó llevar y se dirigieron al árbol.

    —Toma esa caja del suelo —Le dijo.

    —Ábrela —ordenó con dulzura cuando la tuvo entre las manos, dentro había un montón de bolas de colores y guirnaldas — Ahora, ayúdame a decorar el árbol.

    Ambos empezaron a sacar los adornos y los fueron colocando en las ramas.

    —En Navidad se decora el árbol en familia o con la gente que aprecias. Otra costumbre que odiabas.

    —Chie, dime una cosa. Me estoy muriendo, ¿verdad? —espetó agriamente atosigado por la duda.

    —No, no te estás muriendo —dijo con gesto serio.

    —Entonces es que voy a morir pronto, ¿a que sí?

    —No si tú no quieres.

    —¿Cómo si yo no quiero? Esto es una alucinación, lo sé. Lo mismo que la fiesta de la 203, luego todo se desvanecerá y volverá el infierno, esas criaturas intentarán devorarme de nuevo y volveré a estar sólo, a pasar hambre y sed. Tú no eres más que un delirio, me estoy volviendo loco, o peor aún, me estoy muriendo en algún rincón de este puñetero bloque — inquirió desesperado.

    —No vas a morir si tú no quieres.

    —Esto no es como la Navidad, ¿sabes? —respondió agriamente.

    —Las respuestas que estás buscando dependen de tu supervivencia. Si quieres obtenerlas,
    sobrevivirás.

    Abrió la boca para responder pero las palabras no salían. Era como si la evidencia de esa afirmación fuera tan absoluta, que cualquier intento de rebatirla fuera bloqueado por su mente automáticamente.

    —Ya sé que es una mierda todo, que vivir ahí fuera es como estar en una pesadilla que no parece tener fin, pero si quieres obtener respuestas debes salir adelante, y sé que puedes hacerlo.

    —Crees mucho en mis posibilidades entonces —comentó amargamente.

    —Yo no debo creer en ti, eres tu quien debes hacerlo. Ahora déjate de absurdos existencialismos y terminemos de decorar el abeto. Hay que coronarlo con una estrella.

    —Espera, ¿buscas esto? — le preguntó mientras sacaba la estrella que había encontrado en el pasillo antes de entrar.

    —¡Sí! ¿La puedes colocar tu?

    —Por supuesto...

    Se puso de puntillas y con torpeza coronó el árbol con la estrella. Chie se pegó a su lado y le tomó de la mano, apretándosela con dulzura.

    —Y ahora, mi regalo — dijo mientras desabrochaba algo de su cuello y lo escondía en la mano —. Para ti.

    —No era necesario... Gracias —le dijo él con una sonrisa que mostraba todos sus dientes—. ¿Qué es esa llave? —preguntó al ver que colgaba una de la cadena que le acababa de dar.

    —¿Sería mucha casualidad si tuvieras una rama de muérdago? —dijo ignorando la pregunta previa.

    Sin más, él se dio la vuelta y fue a la mesa, tomó la caja de galletas y metió la mano dentro.

    —Toma —le dijo volviendo de nuevo.

    —Es tradición que cuando estás debajo de una rama de muérdago —decía mientras alzaba el brazo sobre sus cabezas— con otra persona, le tienes que dar un beso.

    Y casi sin esperar a finalizar la frase, se acercó y le dio un beso en los labios con ternura y delicadeza.

    DÍA 8

    El hambre lo sacó del sueño. Estaba tumbado, notaba los miembros atenazados y la boca reseca y pegajosa. Sintió la presencia de la mascarilla cubriéndole media cara y los pies de nuevo desnudos y vulnerables. Dejó que la rabia fluyera y gritó quedamente mientras pataleaba como un niño. Los recuerdos de la cena y de Chie todavía estaban frescos. "¿Hasta cuándo va a durar esta mierda?", pensó desesperado. Respiró profundamente y trató de calmarse. Se levantó y dio unos pasos hasta la mochila, pensando que si comía algo primero, luego podría pensar con calma. Recordó la caja y las galletas. Abrió la cremallera y empezó a buscar, pero dentro no había nada, ni rastro de las galletas. Confuso y desesperado, metió la mano en la mochila de nuevo y sacó la pistola. El tacto frío y metálico del arma le pareció lo único real a su alrededor. "Acabemos con esta mierda de una vez". Quitó el seguro, la amartilló y acto seguido apretó el cañón contra la sien derecha. Las lágrimas empapaban la mascarilla mientras luchaba para que el dedo apretara el gatillo entre temblores. Desistió tras descubrir que se avergonzaba de su propio miedo y recordó que siempre que llegaba a este punto le pasaba lo mismo, sintiendo más vergüenza todavía. Volvió a guardar el arma de nuevo y se sentó en el suelo, con las rodillas dobladas y los brazos por encima, llorando entre sollozos y gemidos.

    Estando en esa postura notó que algo se le clavaba en la pierna, algo ligeramente punzante. Sorbió por la nariz con fuerza y metió la mano en el bolsillo del pantalón. Empezó a sacar una cadena que emitió un apagado reflejo dorado en la penumbra, y al final de la misma, apareció una llave. La sostuvo a la altura de los ojos mientras acercaba la linterna con la otra mano, la encendía y apuntaba el haz de luz. Había algo grabado en el cuerpo de la llave. Puerta Escalera 1F. Se sobresaltó entre sorprendido y alucinado, y empezó a reírse nerviosamente. "Esto es de locos", pensaba, "es de verdaderos zumbados". Guardó la llave de nuevo, se levantó, comprobó que en la mochila tenía los objetos necesarios y se preparó para salir al pasillo de nuevo.

    Detrás de la puerta, el silencio.


    Spoiler:
    Marine calvo, por @postaldude
    El pixelado mayordomo, que recibía a los visitantes en la fiesta navideña anual de personajes de videojuegos, se secó una enorme gota cuadrada de sudor de su indefinida frente, mientras, sofocado por el rudo aspecto del enorme hombre calvo que acababa de llegar, le preguntaba educadamente por su nombre.
    —Sargento Urial Brakk, del Sextro Regimiento de Tecnomarines de la Galaxia Zagor XXII.
    —Ehh... Sí, señor —contestó, algo perdido, el mayordomo, antes de repetir la presentación en voz alta, no sin cierta ayuda del invitado.

    Si bien había recibido una invitación por cortesía, Brakk sabía que su llegada era inesperada para los demás presentes. Aquellas fiestas navideñas estaban pensadas para los héroes de juegos familiares, casuales, y también para los de los juegos indie (siempre que no fueran violentos) que tenían tanto éxito entre los jugadores intelectuales, y que habían llegado a ser considerados como la élite social, al menos entre los círculos más cultos.

    Contrastando con Urial, con su enorme armadura de alta tecnología (y en alta definición) y sus endurecidos rasgos faciales, toda una serie de individuos de rostros inhumanamente amistosos y extrañas proporciones, o de contornos difusos y enormes píxeles cuadrados, charlaban animadamente bebiendo de coloridas copas, u observaban al militar con no demasiada discreción, sin disimular lo llamativa que les resultaba su presencia allí.

    Aguantando la compostura ante las risitas y cuchicheos que suscitaba su persona, Brakk avanzó entre los festejadores sin preocuparse por las apariencias, orgulloso de quién era y de lo que hacía, mientras buscaba con la mirada algo sospechoso que denotara que hubiera encontrado ya su objetivo. Era difícil no ver algo perturbador allí, entre aquellos extraños engendros informáticos y publicitarios, entre los que no faltaba algún que otro infiltrado de otros medios, como mascotas de marcas de comida rápida o de populares juegos de mesa familiares, que se habían hecho con su propio juego en los últimos años.

    La búsqueda del tecnomarine se vio interrumpida por Fabius Malik, el protagonista de un sobrevalorado juego indie consistente en propulsarse mediante pedos de color rosa a lo largo de escenarios que cambiaban su centro de gravedad, mientras, supuestamente, el juego narraba una enternecedora historia sobre la miseria en el tercer mundo.

    El pelo rojizo de Fabius estaba ahora algo alborotado, dejando ver contra el fondo algún píxel que otro (parecía un acto de descuido, pero probablemente había sido preparado con dedicación para mostrar un aspecto cool), y sus ojos estaban enrojecidos por la bebida.
    —¡Hey! Tenemossshh... aquí a... ¡Rambo! —cortándole el paso a Brakk, realizó una absurda imitación de alguien que disparaba una ametralladora—. ¡Ra... ta ta ta ta!
    —No tengo tiempo para tonterías, Malik —le contestó el duro marine espacial.
    —¡Hey! Sabessshhh quién soy —exclamó, mientras se tambaleaba y miraba en todas direcciones, algo confundido—. Claro, porque soy muchio más famoso que tú.
    —Ssssh. Déjalo, Fabius —dijo, interviniendo desde la multitud, una vieja gloria: Chiodo, un rechoncho cocinero que protagonizó una famosa saga de plataformas en los 80, más acostumbrado a tratar con héroes espaciales y bárbaros de mundos devastados.
    —¡A mí me parece gracioso! —contestó Rufus Squach, la sensación independiente del año pasado—. Al fin y al cabo, no solemos tener por aquí a un... marine calvo.
    Las risas estallaron alrededor de Brakk. Aquel absurdo apelativo se utilizaba para referirse despectivamente a los héroes de su tipo en general, una descripción con la cual, además, el sargento encajaba a la perfección.

    Desde luego, cualquier vestigio de discreción que Urial Brakk hubiera podido aprovechar para su misión ya había terminado por desvanecerse. Así pues, decidió que armaría un poco de escándalo y, de paso, se desahogaría un rato.

    Las risas empezaron a cesar aquí y allá mientras el tecnomarine aplaudía con fuerza. Cuando se hizo el silencio se dirigió, en voz bien alta, a los demás invitados a la fiesta.
    —Muy gracioso. ¡Sí, muy gracioso! ¡Y muy propio de los valores que decís promover, también! ¿No se supone que en esta fiesta navideña os reunís para celebrar la paz, el amor y la felicidad? Y, sin embargo, en lugar de tratarme como a uno más, de compartir toda esa positividad conmigo, os burláis y tratáis de humillarme. ¿Por qué? Solo por ser diferente. ¡Por recordaros con mi sola presencia lo que con tanto ahínco rechazáis! ¿No sois, acaso, una panda de ridículas caricaturas de la realidad, que niegan todo lo negativo de la existencia de forma tan escandalosa que resulta antinatural?

    Los coloridos personajes se encontraban, en su mayor parte, pasmados e indignados ante el repentino discurso de aquel gigante embutido en metal, a quien antes habían creído poco más que un mono de feria. Sin embargo, alguien le replicó.
    —¡Al menos nosotros les enseñamos algo a los niños, Brakk!
    —¿Ah, sí? —contestó él, sin disimular un tono de sarcasmo en su voz—. ¿Qué les enseñáis? ¿Que es bueno comerse cosas extrañas, siempre y cuando hagan ruidos graciosos? ¿Que los tenderos misteriosos siempre tienen un flamante objeto mágico que ofrecerles? ¿O quizá que, a base de pedos rosas, uno puede viajar a un puto mundo de colores, conformado por unos píxeles tan grandes como los cojones del Emperador Zaploide?

    »Yo sí les enseño algo útil. Algo útil de verdad, joder. El mundo es violento, es un sitio muy jodido. Pero yo, y no solo yo, también mis compañeros, se lo explicamos en forma de alucinantes historias en mundos lejanos, de enfrentamientos con monstruos horrendos y de aventuras y emocionantes victorias. Les enseñamos que, en cualquier puta galaxia, uno depende de sí mismo y de los que le cubren el culo, y que a veces ni de ellos se pueden fiar.

    »Todo eso es mucho más importante que los disparates que les contáis vosotros, panda de patéticos subproductos paridos durante la diarrea mental de algún publicista. Así que coged vuestros sentimientos navideños de mentira, y metéoslos por el puto culo, si es que os lo dibujaron. Porque, por las caras que estáis poniendo ahora mismo, diría que os guardáis toda la mierda dentro, y que ahora mismo la estáis saboreando.

    Brakk se había quedado a gusto, pero no perdió ni un segundo en disfrutar del momento: tenía que aprovechar para descubrir al enemigo. Su mirada pasó de un ofendido oyente a otro, hasta que, al final, dio con lo que buscaba.
    —¡Tú! —gritó, señalando a una pequeña princesa pixelada que se hallaba entre las piernas de otros personajes. Su rostro permanecía impasible, aun mientras los demás se giraban para observarla, apartándose para dejar sitio entre ella y el sargento—. ¡Sí, tú! ¡La princesa! Eres la única por aquí que no parece molesta. De hecho, tu cara ni siquiera es graciosa, parece hecha con el Paint por un niño idiota. ¿Quién coño eres? ¡Habla!

    Súbitamente, la aparente princesa emitió un atronador rugido que no podía provenir de garganta humana, un indescriptible quejido gutural que hizo estremecerse a todos los presentes, excepto al curtido héroe Urial Brakk. La cabeza de la pequeña muchacha estalló en mil pedazos sanguinolentos, y, de su interior, surgió un horror alienígena como pocos de los presentes hubieran llegado siquiera a imaginar. La informe y viscosa criatura, repleta de colmillos y gorgoteantes burbujas, creció, en cuestión de segundos, hasta alcanzar el alto techo, y de su cuerpo imposible surgieron cientos de tentáculos y bocas, que inmediatamente masacraron a aquellos a su alrededor, enviando entrañas sangrantes y cuadriculadas en todas direcciones.
    —¡Atención, tecnomarines! —gritó Brakk en su comunicador—. ¡Objetivo localizado! ¡Repito, objetivo localizado!

    A lo largo y ancho del local, el Sexto Regimiento de Tecnomarines de la galaxia Zagor XII entraba rompiendo ventanas, puertas y paredes, disparando lásers y granadas contra la monstruosidad extraterrestre.

    Mientras el sargento Brakk vaciaba el cargador de su ametralladora sónica sobre la bestia, gritó:
    —¡No os burléis de alguien por ser diferente! ¡Podría estar ahí por algo importante: por ejemplo, para salvaros el puto culo! ¡Feliz Navidad!


    Spoiler:
    [center]Navidad en Skyrim[/center], por @frank_harbinger
    —Vaya, parece que alguien ha estado modificando el juego por encima de sus posibilidades —dijo Spider-man.

    “Tiene razón” pensó Dovahkiin tras subirse a una gran piedra para poder echar un vistazo más amplio. El paisaje no podía ser más desolador, texturas a medio cargar, habitantes de Skyrim cuya estatura y proporciones habían sido radicalmente alteradas en lo que parecía ser un intento de sexualizarles y seres de otro mundo como el ahora compañero de Dovahkiin que apareció un buen día en mitad de Carrera Blanca mientras este deambulaba completamente desnudo delante de niños y ancianos.

    —Y yo que pensaba que el nudismo no se llevaba tan al norte –dijo el hombre del pijama de rayas mientras se posicionaba delante de Dovahkiin en lo que parecía ser una voltereta a juzgar por la rudimentaria animación—. Soy Spider-man y tú debes ser el pariente escandinavo de Jason Russell, ¿verdad?

    En el cuadro de diálogo se presentaron varias opciones como era de costumbre, entre ellas una que decía “¿Qué es un Jason Russell?”, pero ninguna pareció frenar al arácnido en su empeño de ser el escudero del héroe más grande y exhibicionista que Skyrim haya tenido jamás. Una nueva aventura dio comienzo cuando ambos cruzaron las puertas y abandonaron la ciudad.

    Los dragones habían vuelto aunque denominarles con ese nombre ya no tenía sentido. Habían evolucionado y ahora eran más rápidos y letales que nunca. Sus resistentes escamas se desprendieron de su musculoso cuerpo, ahora redondo y menos pronunciado, la verdadera forma de los dragones había sido desvelada. Con su inocente canturreo surcaban los cielos de Solstheim cuando nuestros dos amigos se hallaban aun en el barco que les llevaba hasta la costa helada.

    Un súbito giro en la trayectoria de una de estas criaturas confirmo sus peores temores, habían sido localizados y el ataque de la bestia era inminente.

    —¡Saltemos del barco antes de que el pony arremeta contra nosotros! —dijo el hombre araña mientras saltaba por la borda.

    Sin pensárselo más, Dovahkiin imitó el ortopédico salto de su no tan arácnido compañero. No fue agua lo que sintió tras el salto, de hecho no sintió absolutamente nada y cuando por fin abrió los ojos se encontró flotando junto con su compañero de aventuras en un extraño espacio que no parecía tener ni principio ni fin.

    —¿Dónde estamos? Esto me recuerda a aquella vez en la que toque algo que no debía de la mesa del Doctor Extraño —dijo Spider-man en lo que debía ser su enésima referencia a la cultura popular.

    —Yo puedo contestar a esa pregunta —respondió una voz.

    Ambos se giraron buscando el origen de la voz y descubrieron una sombra, que a juzgar por su silueta parecía la de un niño aunque era difícil medir ese tipo de cosas en Skyrim.

    —Mi nombre es Todd Howard —la oscuridad desapareció súbitamente y descubrió a lo que parecía ser un niño humano con las facciones de un adulto—. Soy el dios de este juego y habéis sido elegidos para llevar a cabo una gloriosa tarea.

    —¿Por qué no nos saca de este sitio antes, su divinidad? —pronunció la araña con su particular tono irónico.

    —Me temo que todavía no puedo hacer eso, ahora mismo os encontráis en mitad de un glitch.

    —¿Glitch?

    —Sí. Es lo que pasa cuando el usuario del juego modifica en exceso la realidad de este, dando lugar a conflictos internos.

    —¿No será que estás haciendo un pésimo trabajo como Dios del juego? —preguntó Spidey con sorna.

    —Para nada, araña, el juego era perfecto antes de ser alterado por los jugadores —replicó Todd.

    Una lágrima brilló en la mejilla de Dios con una intensidad solo posible debido a algún tipo de modificación ridícula en la iluminación. Tras la sutil metáfora visual, Todd continuó hablando.

    —De eso mismo quería hablaros. A partir de ahora seréis mis vengadores, juntos limpiaréis el mundo de todas las impurezas que la comunidad ha ido vertiendo sobre mi precioso mundo con sus horribles modificaciones.

    —Tiene que ser una broma, ya estuve en unos “vengadores” y la cosa no salió nada bien.

    —Considérate afortunado Spidey, al final de la purga serás la única modificación a la que le permitiré vivir —una sonrisa se dibujo en la cara de Todd—. Puede que pases a formar parte de esta familia con un futuro DLC incluso.
    Demasiada información para Dovahkiin en muy poco tiempo, ¿formaba Todd Howard parte de los Divinos o por el contrario era un siniestro Daedroth con intenciones ocultas? Sea como fuere, si esos glitches eran tan peligrosos como Todd decía, valía la pena indagar en el tema. “Confío en vosotros, mis vengadores” fue la última cosa que había dicho antes de desaparecer entre las sombras. En el lugar que ocupaba su cuerpo, apareció lo que parecía ser una rama de un árbol.

    —¿Qué dice el inventario, Dovahkiin? —dijo Spidey.

    Se llamaba varita del programador y en la descripción se decía que era el arma definitiva para acabar con la amenaza de las modificaciones.

    —Vamos, no voy a convertirme en la estrella del próximo DLC sino pulverizamos unas cuantas modificaciones antes —dijo la araña para sacar de su ensimismamiento nostálgico al héroe nórdico—. He estado leyendo el código de esta zona y todo parece indicar que hay algo cociéndose en aquella cabaña al pie de la montaña.

    Él también había leído el código y sabía por experiencia que dentro habría un hervidero de modificaciones. Pero no estaba seguro de qué hacer, la visita al pasado que había realizado su mente le había recordado las dudas que tenía sobre la verdadera naturaleza de Todd Howard. Se bajó de la piedra y se dirigió junto a su inseparable compañero hacia la cabaña, dudando sobre lo que iba a hacer pero no sobre lo que se iba a encontrar.
    El mundo no tenía instalado aun Hearthfire así que era bastante evidente que la cabaña en si era una modificación. Spidey, tan espontaneo como siempre, se adelantó y desapareció frente a la puerta, síntoma de que había accionado esta.

    —¡Decid “vainilla” mis queridas modificaciones! —dijo la incallable araña que fue a añadir algo más pero se detuvo al vislumbrar el contenido de la habitación.

    Definitivamente no había nada de “vainilla” en el interior pero todo estaba tan bellamente construido que Dovahkiin deseó que así fuese. El centro de la habitación lo surcaba una gran mesa a la que no parecía quedarle ni un solo hueco libre ya que sostenía una gran variedad de paquetes envueltos con cuidado y platos de comida típica de la región con una insólita textura que hacía que todo pareciese deliciosamente real. A los lados de la mesa, docenas de ojos miraban a nuestros héroes mientras docenas de bocas callaban y esperaban a que algo pasara. Un cuadro de diálogo apareció.

    —¿Qué hacéis? —pregunto Dovahkiin.

    —Celebramos la Navidad, Dovahkiin —un hombre corpulento vestido con un abrigo y gorro rojos hizo acto de presencia detrás de nuestros protagonistas —. ¿Te gustaría unirte a nosotros? Tenemos regalos para todo el mundo.

    Dovahkiin se giró, el hombre estaba sonriendo debajo de su espesa barba blanca y al pasar por su lado le dio una amable palmada en el hombro.

    —Creo que ya va siendo hora de que coloquemos el gran árbol, ¿no os parece?

    Acto seguido colocó proveniente de su inventario un frondoso abeto con incontables ramas y para sorpresa de todos, los fotogramas por segundo no solo no bajaron de treinta sino que subieron hasta unos fantásticos sesenta fotogramas. Todas las caras tenían una sonrisa y la mirada puesta en el recién proclamado maestro de ceremonias que se encontraba al lado del árbol.

    —Soy Gabe Newell y doy por comenzada la Navidad en Skyrim. Adelante, abrid vuestros regalos.

    En cuestión de segundos todo el mundo estaba desenvolviendo un paquete de los que se encontraban en la mesa, todos menos nuestros protagonistas que permanecían inmóviles. No duró mucho.

    —Espera un momento gordito —interrumpió Spidey—. Todo esto es tan bonito que estoy a punto de llorar pero las cosas que hacéis aquí nos perjudican a todos, crean glitches.

    —¡Los glitches ya existían antes! —gritó niño mientras desenvolvía lo que parecía ser una copia de “The Elder Scrolls III: Morrowind”.

    Varias personas gritaron lo mismo antes de que Gabe pidiera silencio y se acercara calmadamente hacia nosotros.

    —Dime Spider-man, ¿qué hay de malo en traer más amor a este mundo? —hizo una pequeña pausa para sacar un pequeño paquete del interior de su abrigo —. Toma, feliz Navidad.

    Tardó unos segundos pero finalmente agarró el paquete y se decidió a desenvolverlo hasta que cayó de rodillas al ver su contenido. Se trataba de una copia para PS2 de “Spider-man 2”.

    —Fuiste y seguirás siendo una estrella, Spidey, es solo que lo habías olvidado —dijo Gabe cogiendo su mano y ayudándolo a levantarse.

    —Está bien, creo que ahora voy a llorar de verdad —dijo mientras se llevaba las manos a la máscara.
    De repente la vívida luz que inundaba la habitación desapareció y los fotogramas por segundo descendieron considerablemente, haciendo casi imposible moverse. Los extraños errores en las texturas hicieron que la atmosfera cogiera un aire tétrico y Todd Howard se materializó en el lugar que ocupaba el otrora frondoso árbol.

    —Me habéis decepcionado, vengadores —dijo mientras se elevaba ante la atónita mirada de todo el mundo.

    —Oh Todd, qué agradable sorpresa. ¿Estás buscando ideas para futuros DLCs? —rió Newell.

    —Muy gracioso Gaben, pero esto no va contigo así que te sugiero que te largues de esta cabaña a no ser que quieras desaparecer junto con tus estúpidas Winter Sales —escupió Todd—. Y ahora voy a hacer lo que vosotros deberíais haber hecho.

    Todd cargó un extraño hechizo y llevó sus dos manos al techo con la intención de realizar daño de área que muy probablemente acabaría con todo. Dovahkiin esperaba tener un cuadro de diálogo pues de verdad quería detener toda esta locura pero en ese momento no hizo falta, las palabras corrieron por su garganta y salieron por su boca.

    —¡Detente Todd! ¡No tienes motivos para realizar semejante atrocidad! —gritó desde la puerta Dovahkiin de tal modo que parecía haber realizado un Thu’ um—. En este día he comprendido por fin el verdadero propósito de las modificaciones y este no es malvado ni presenta ningún peligro para nuestro mundo, al contrario, busca perfeccionarlo y hacerlo un lugar mejor para todos. No todo puede salir como nos gustaría la primera vez que lo intentamos y lo mismo va con las modificaciones, pero es así como funciona todo, por ensayo y error. Claro que existen conflictos y diferencias entre modificaciones pero mientras hablamos, hay gente valiente que en lugar de eliminar todo el progreso hecho y volver al primitivo estado original en el que se encontraba todo Skyrim, decide invertir su tiempo en buscar soluciones. Además, las modificaciones han hecho posible que algo tan precioso como la Navidad pueda existir en Skyrim y pasarás por mi espada si te empeñas en arrebatárnoslo.

    Pasó un largo minuto y nadie parecía tener nada que decir hasta que Todd volvió a la carga.

    —Maldito seas Dovahkiin, ¡yo te he creado! —dijo con ansiedad —. Tu insolencia hacia tu creador será castigada con cre…

    Súbitamente Todd se convirtió en una exclamación gigante tras un breve parpadeo. Spider-man se encontraba con la varita del programador alzada y apuntando al lugar que previamente había ocupado Todd.

    —Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado—dijo Spidey entre risas.

    La habitación entera volvió a la normalidad y con ello los fotogramas por segundo y el ambiente navideño. Lo habían logrado, ahora eran los dueños de su propio destino.

    Aquella fue la primera Navidad de Dovahkiin y de Skyrim pero no fue la última. Tampoco fue la última que Todd Howard, ahora conocido como “El glitch de Skyrim”, intentó robar pero una nueva herramienta desarrollada por un modificador permitió la clonación de la varita del programador y cada vez que Todd hace respawn se le da un gran premio al primero en cazarle y convertirle en un exclamación gigante o error de textura para después sustituirlo por un gran árbol de Navidad.

    Así es Skyrim. Un lugar un tanto ilógico pero, cada día que pasa, un lugar mejor.


    Spoiler:
    El anciano gamer, por @macktendo

    Pude ver al muchacho totalmente concentrado en el televisor desde el momento en que llegué. Sus ojos no se despegaron ningún instante. Su rostro parecía muerto. Apenas noté alguna muestra de alegría en su semblante. Era sin lugar a dudas, un muñeco sin voluntad pegado a la pantalla como una mosca bajo la luz de una lámpara.
    Solo una cosa parecíamos tener en común: las distancias con las celebraciones navideñas, o de cualquier otro tipo de reuniones familiares. Yo, porque estoy cansado de tantas fiestas, y él, porque aporrear botones pareciera serle más importante.
    Lo observé largo rato. Los cánticos que resonaban en el patio poco a poco pasaban desapercibidos por mi desgastado oído. Todo lo que podía oír no era más que esa música chillona que salía disparada como humo negro desde el televisor, y el arrítmico y furioso golpeo de botones.
    Decidí acercarme a él, y tal vez, solo tal vez…intentar hacerlo recapacitar en qué estaba gastando su tiempo. Llevaba dos horas observándolo, y en esas dos horas se mantuvo petrificado tras el extraño control, como si fuera él el controlado.

    — Permíteme preguntar jovencito: ¿dónde está la poesía en lo que haces? Te he visto largo rato y parecieras ser un muñeco inerte viviendo por horas en esos caminos ficticios que no engrandecerán tu alma.
    El joven me sonrió.
    —Te comprendo viejo y sé que no lo entenderás. — pero yo seguí sosteniendo la mirada en el joven, extrañado y molesto al ver tanto desperdicio de tiempo. Pero el jovencito no quiso seguir aguantando las conclusiones que este viejo pudiera estar diciéndose para sí, y me respondió: — Señor, espero pueda entender que así como su pasado fue perfecto para usted, o al menos mejor de lo que ve que será el mío en unos años más, yo me veo en un futuro triste, nostálgico de mi presente. Usted tal vez extrañe las costumbres de su época y el estilo de vida más escueto en cuanto a tecnología, pero yo nací en este contexto, y mis memorias estarán entrelazadas por siempre con estos días. No mire en menos el cómo paso mis días, por favor.
    A decir verdad, me molestó su respuesta. El jovencito parecía ser educado, y a través de su labia intentó hacerme entender que yo era el inadaptado en el tiempo. Que estaba demasiado viejo para comprender las nuevas formas de entretenimiento. Entretenimiento ¡Ja! No tuve el ánimo de empezar esta vez con eso de “en mis tiempos hacíamos esto o lo otro”, pero la verdad es que sentí lástima por cómo se estaba empezando a educar a los jóvenes del ahora. Así que preferí desistir y marcharme. Pero me fue imposible hacerlo sin decir lo que sentía.

    — Si al final tengo razón. No eres más que un muñeco inerte que no pone atención a mis consejos. Reaccionas a mi voz como si fuera un vago estímulo.

    El joven, al escuchar lo que dije, dejó de jugar. Puso a descansar el control en el suelo e inclinó la mirada hacia a mí, dejándome impedido de abandonar la sala.

    —¿Quiere jugar conmigo? — me preguntó.
    Lo consideré una provocación. En vez de optar por tratar de entender mi posición, escupió en mis intentos de aconsejarle. Yo soy viejo, muy viejo, pero eso no quita que haya sido joven alguna vez, y que todo lo que viví pudiera de ser de utilidad a alguna alma perdida o torcida como me parecía la conducta de aquel joven. Así que arremetí diciendo todo lo que tenía que decir de una vez, por muy noche buena que fuera.

    — Mi mente está demasiado llena de cosas útiles, sabes. Así me criaron, acostumbrado a librar batallas desde que era un niño, batallas reales, creando un arma de cada experiencia vivida. Así que puedo presumir que tengo mil maneras diferentes de defenderme para mil problemas diferentes. No deberías permitirte el espacio para banalidades de este tipo hijo. Llegará un día en que las cosas se compliquen, y habrás deseado estar hoy fortaleciendo tu mente y tu alma, en vez de perdiéndote en la nada.

    El joven se encorvó y tomó su control para seguir jugando, pero sin quitarme ni un instante la mirada. Yo continué observándolo, como esperando que éste de pronto recapacitara y dejara de jugar para hacer algo realmente valioso con su tiempo. Ninguno prestó mayor atención a los villancicos que resonaban cada vez con más fuerza desde el patio de la casa.

    — ¡Deje de mirarme si no le gusta lo que hago por favor!— dejó escapar en un grito mudo el joven.

    Entonces me paré justo frente a él, preocupado, interfiriendo la visión entre el joven y el televisor. La rabia que sentía pasó relegada a un segundo plano. Ahora sentía pena por él. Así que, cambiando un poco a un tono más amable, carraspeé.

    — ¿Cómo engrandeces tu alma a través de esto hijo? ¿Qué experiencia positiva de la vida lograrás si sigues diluyéndote aquí?

    El joven dibujó una triste sonrisa en su boca, pero calló. Pensé que el joven trataba de parecer astuto, lo suficiente para no justificarse en lo que para él no era perder el tiempo. Pasó un rato que se hizo incomodo, ambos no supimos cómo desaparecer sin querer dar la impresión de dar la razón al otro. De pronto el joven me miró de nuevo y extendiendo su mano me volvió a ofrecer el control.

    — ¿Me quiere acompañar al menos? Es navidad, seguro en su mente podrá crear un arma para otro “ataque” como este en el futuro.

    Lo miré dubitativo, reflexionando en si había herido en parte al joven con mi anterior pregunta. Divague un momento hasta que por alguna razón, cansancio quizá, acepté. Me acomodé al lado del joven, el cual me empezó a enseñar las reglas básicas del juego. En un par de minutos ya tenía mas menos claras las reglas de lo que jugaba. Reconozco que tras entender un poco el concepto, me entretuve.
    El tiempo transcurrió deslizándose como una cascada de agua, rápida y silenciosa. Los cantos de navidad se fundían con los estridentes sonidos de un videojuego protagonizado por un gordito bigotón. Pasaron los minutos y el tiempo pareció detenerse. Lo tenso de hace un instante ya se había difuminado. Noté que el joven no sabía si yo trataba solo de caerle en gracia por el instante, o si eventualmente me había rendido en hacerlo entrar en razón. No obstante, yo disfrutaba.

    Había pasado cerca de una hora de juego, cuando de pronto el joven se levantó y se dispuso a retirarse satisfecho. Caminó a paso lento hasta la salida al patio. Justo antes de salir por el pasillo se giró. Lo observé expectante, pues percibí en los ojos del joven, la víspera de un llanto profundo.

    — ¿Que ocurre niño? ¿porqué lloras?

    El joven titubeó un rato. Se enmudeció. Sollozó. Miró el suelo sin motivo alguno hasta que finalmente habló.

    — Hace algunos años solía jugar ese mismo videojuego con mi hermano, pero este al hacerse adulto empezó a vivir una vida de responsabilidades. Tantas que olvidó su derecho de divertirse. Una noche, mientras yo jugaba en este mismo cuarto, vinieron a dar la noticia que mi hermano había fallecido en un accidente automovilístico. Aquella noche como siempre, yo lo esperaba para al menos contarle cuantos niveles superé por mí mismo. Pero eso no ocurrió. Desde aquel momento el jugar dejó de ser divertido. Desde aquella noche el jugar se volvió un pasaje a un lugar del tiempo que casi olvido. Pero no. Gracias a que me sigo sentando aquí, escuchando la música graciosa de mis videojuegos, es que puedo sentir que mi hermano llegará cruzando la puerta como lo hacía siempre. Mis videojuegos son la mejor conexión que tengo con un tiempo que me niego se haga cien por ciento pasado.

    El joven se marchó al fin sonriéndome. Quedé unos segundos pensativo y inexplicablemente dolido. Me levanté a duras penas dejando el control en la alfombra acolchada. Y les soy sincero cuando les digo que con una lágrima en la garganta alzé la voz levemente diciendo:

    — ¡Bendito seas niño! Mañana vendré a jugar de nuevo contigo para que en el futuro este momento se convierta en un pasado agradable, pues ya sé como engrandecías tu alma.
  • Postal Dude
    Postal Dude, 06/01/2013 @postaldude, Usuario Offline
    ¿Ganadores? Sois muy majetes. <!-- s:) --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_smile.gif" alt=":)" title="Smile" /><!-- s:) --> Bueno, pues aquí pongo el mío, Marine calvo:
    Spoiler:
    Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

    Marine calvo
    Un relato de Luis Carbajales

    El pixelado mayordomo, que recibía a los visitantes en la fiesta navideña anual de personajes de videojuegos, se secó una enorme gota cuadrada de sudor de su indefinida frente, mientras, sofocado por el rudo aspecto del enorme hombre calvo que acababa de llegar, le preguntaba educadamente por su nombre.
    —Sargento Urial Brakk, del Sextro Regimiento de Tecnomarines de la Galaxia Zagor XXII.
    —Ehh... Sí, señor —contestó, algo perdido, el mayordomo, antes de repetir la presentación en voz alta, no sin cierta ayuda del invitado.

    Si bien había recibido una invitación por cortesía, Brakk sabía que su llegada era inesperada para los demás presentes. Aquellas fiestas navideñas estaban pensadas para los héroes de juegos familiares, casuales, y también para los de los juegos indie (siempre que no fueran violentos) que tenían tanto éxito entre los jugadores intelectuales, y que habían llegado a ser considerados como la élite social, al menos entre los círculos más cultos.

    Contrastando con Urial, con su enorme armadura de alta tecnología (y en alta definición) y sus endurecidos rasgos faciales, toda una serie de individuos de rostros inhumanamente amistosos y extrañas proporciones, o de contornos difusos y enormes píxeles cuadrados, charlaban animadamente bebiendo de coloridas copas, u observaban al militar con no demasiada discreción, sin disimular lo llamativa que les resultaba su presencia allí.

    Aguantando la compostura ante las risitas y cuchicheos que suscitaba su persona, Brakk avanzó entre los festejadores sin preocuparse por las apariencias, orgulloso de quién era y de lo que hacía, mientras buscaba con la mirada algo sospechoso que denotara que hubiera encontrado ya su objetivo. Era difícil no ver algo perturbador allí, entre aquellos extraños engendros informáticos y publicitarios, entre los que no faltaba algún que otro infiltrado de otros medios, como mascotas de marcas de comida rápida o de populares juegos de mesa familiares, que se habían hecho con su propio juego en los últimos años.

    La búsqueda del tecnomarine se vio interrumpida por Fabius Malik, el protagonista de un sobrevalorado juego indie consistente en propulsarse mediante pedos de color rosa a lo largo de escenarios que cambiaban su centro de gravedad, mientras, supuestamente, el juego narraba una enternecedora historia sobre la miseria en el tercer mundo.

    El pelo rojizo de Fabius estaba ahora algo alborotado, dejando ver contra el fondo algún píxel que otro (parecía un acto de descuido, pero probablemente había sido preparado con dedicación para mostrar un aspecto cool), y sus ojos estaban enrojecidos por la bebida.
    —¡Hey! Tenemossshh... aquí a... ¡Rambo! —cortándole el paso a Brakk, realizó una absurda imitación de alguien que disparaba una ametralladora—. ¡Ra... ta ta ta ta!
    —No tengo tiempo para tonterías, Malik —le contestó el duro marine espacial.
    —¡Hey! Sabessshhh quién soy —exclamó, mientras se tambaleaba y miraba en todas direcciones, algo confundido—. Claro, porque soy muchio más famoso que tú.
    —Ssssh. Déjalo, Fabius —dijo, interviniendo desde la multitud, una vieja gloria: Chiodo, un rechoncho cocinero que protagonizó una famosa saga de plataformas en los 80, más acostumbrado a tratar con héroes espaciales y bárbaros de mundos devastados.
    —¡A mí me parece gracioso! —contestó Rufus Squach, la sensación independiente del año pasado—. Al fin y al cabo, no solemos tener por aquí a un... marine calvo.
    Las risas estallaron alrededor de Brakk. Aquel absurdo apelativo se utilizaba para referirse despectivamente a los héroes de su tipo en general, una descripción con la cual, además, el sargento encajaba a la perfección.

    Desde luego, cualquier vestigio de discreción que Urial Brakk hubiera podido aprovechar para su misión ya había terminado por desvanecerse. Así pues, decidió que armaría un poco de escándalo y, de paso, se desahogaría un rato.

    Las risas empezaron a cesar aquí y allá mientras el tecnomarine aplaudía con fuerza. Cuando se hizo el silencio se dirigió, en voz bien alta, a los demás invitados a la fiesta.
    —Muy gracioso. ¡Sí, muy gracioso! ¡Y muy propio de los valores que decís promover, también! ¿No se supone que en esta fiesta navideña os reunís para celebrar la paz, el amor y la felicidad? Y, sin embargo, en lugar de tratarme como a uno más, de compartir toda esa positividad conmigo, os burláis y tratáis de humillarme. ¿Por qué? Solo por ser diferente. ¡Por recordaros con mi sola presencia lo que con tanto ahínco rechazáis! ¿No sois, acaso, una panda de ridículas caricaturas de la realidad, que niegan todo lo negativo de la existencia de forma tan escandalosa que resulta antinatural?

    Los coloridos personajes se encontraban, en su mayor parte, pasmados e indignados ante el repentino discurso de aquel gigante embutido en metal, a quien antes habían creído poco más que un mono de feria. Sin embargo, alguien le replicó.
    —¡Al menos nosotros les enseñamos algo a los niños, Brakk!
    —¿Ah, sí? —contestó él, sin disimular un tono de sarcasmo en su voz—. ¿Qué les enseñáis? ¿Que es bueno comerse cosas extrañas, siempre y cuando hagan ruidos graciosos? ¿Que los tenderos misteriosos siempre tienen un flamante objeto mágico que ofrecerles? ¿O quizá que, a base de pedos rosas, uno puede viajar a un puto mundo de colores, conformado por unos píxeles tan grandes como los cojones del Emperador Zaploide?

    »Yo sí les enseño algo útil. Algo útil de verdad, joder. El mundo es violento, es un sitio muy jodido. Pero yo, y no solo yo, también mis compañeros, se lo explicamos en forma de alucinantes historias en mundos lejanos, de enfrentamientos con monstruos horrendos y de aventuras y emocionantes victorias. Les enseñamos que, en cualquier puta galaxia, uno depende de sí mismo y de los que le cubren el culo, y que a veces ni de ellos se pueden fiar.

    »Todo eso es mucho más importante que los disparates que les contáis vosotros, panda de patéticos subproductos paridos durante la diarrea mental de algún publicista. Así que coged vuestros sentimientos navideños de mentira, y metéoslos por el puto culo, si es que os lo dibujaron. Porque, por las caras que estáis poniendo ahora mismo, diría que os guardáis toda la mierda dentro, y que ahora mismo la estáis saboreando.

    Brakk se había quedado a gusto, pero no perdió ni un segundo en disfrutar del momento: tenía que aprovechar para descubrir al enemigo. Su mirada pasó de un ofendido oyente a otro, hasta que, al final, dio con lo que buscaba.
    —¡Tú! —gritó, señalando a una pequeña princesa pixelada que se hallaba entre las piernas de otros personajes. Su rostro permanecía impasible, aun mientras los demás se giraban para observarla, apartándose para dejar sitio entre ella y el sargento—. ¡Sí, tú! ¡La princesa! Eres la única por aquí que no parece molesta. De hecho, tu cara ni siquiera es graciosa, parece hecha con el Paint por un niño idiota. ¿Quién coño eres? ¡Habla!

    Súbitamente, la aparente princesa emitió un atronador rugido que no podía provenir de garganta humana, un indescriptible quejido gutural que hizo estremecerse a todos los presentes, excepto al curtido héroe Urial Brakk. La cabeza de la pequeña muchacha estalló en mil pedazos sanguinolentos, y, de su interior, surgió un horror alienígena como pocos de los presentes hubieran llegado siquiera a imaginar. La informe y viscosa criatura, repleta de colmillos y gorgoteantes burbujas, creció, en cuestión de segundos, hasta alcanzar el alto techo, y de su cuerpo imposible surgieron cientos de tentáculos y bocas, que inmediatamente masacraron a aquellos a su alrededor, enviando entrañas sangrantes y cuadriculadas en todas direcciones.
    —¡Atención, tecnomarines! —gritó Brakk en su comunicador—. ¡Objetivo localizado! ¡Repito, objetivo localizado!

    A lo largo y ancho del local, el Sexto Regimiento de Tecnomarines de la galaxia Zagor XII entraba rompiendo ventanas, puertas y paredes, disparando lásers y granadas contra la monstruosidad extraterrestre.

    Mientras el sargento Brakk vaciaba el cargador de su ametralladora sónica sobre la bestia, gritó:
    —¡No os burléis de alguien por ser diferente! ¡Podría estar ahí por algo importante: por ejemplo, para salvaros el puto culo! ¡Feliz Navidad!
  • equis y ceta
    equis y ceta, 06/01/2013 @frank_harbinger, Principiante Offline
    Vamos allá, uno de Skyrim:

    Spoiler:
    [center]Navidad en Skyrim[/center]
    —Vaya, parece que alguien ha estado modificando el juego por encima de sus posibilidades —dijo Spider-man.

    “Tiene razón” pensó Dovahkiin tras subirse a una gran piedra para poder echar un vistazo más amplio. El paisaje no podía ser más desolador, texturas a medio cargar, habitantes de Skyrim cuya estatura y proporciones habían sido radicalmente alteradas en lo que parecía ser un intento de sexualizarles y seres de otro mundo como el ahora compañero de Dovahkiin que apareció un buen día en mitad de Carrera Blanca mientras este deambulaba completamente desnudo delante de niños y ancianos.

    —Y yo que pensaba que el nudismo no se llevaba tan al norte –dijo el hombre del pijama de rayas mientras se posicionaba delante de Dovahkiin en lo que parecía ser una voltereta a juzgar por la rudimentaria animación—. Soy Spider-man y tú debes ser el pariente escandinavo de Jason Russell, ¿verdad?

    En el cuadro de diálogo se presentaron varias opciones como era de costumbre, entre ellas una que decía “¿Qué es un Jason Russell?”, pero ninguna pareció frenar al arácnido en su empeño de ser el escudero del héroe más grande y exhibicionista que Skyrim haya tenido jamás. Una nueva aventura dio comienzo cuando ambos cruzaron las puertas y abandonaron la ciudad.

    Los dragones habían vuelto aunque denominarles con ese nombre ya no tenía sentido. Habían evolucionado y ahora eran más rápidos y letales que nunca. Sus resistentes escamas se desprendieron de su musculoso cuerpo, ahora redondo y menos pronunciado, la verdadera forma de los dragones había sido desvelada. Con su inocente canturreo surcaban los cielos de Solstheim cuando nuestros dos amigos se hallaban aun en el barco que les llevaba hasta la costa helada.

    Un súbito giro en la trayectoria de una de estas criaturas confirmo sus peores temores, habían sido localizados y el ataque de la bestia era inminente.

    —¡Saltemos del barco antes de que el pony arremeta contra nosotros! —dijo el hombre araña mientras saltaba por la borda.

    Sin pensárselo más, Dovahkiin imitó el ortopédico salto de su no tan arácnido compañero. No fue agua lo que sintió tras el salto, de hecho no sintió absolutamente nada y cuando por fin abrió los ojos se encontró flotando junto con su compañero de aventuras en un extraño espacio que no parecía tener ni principio ni fin.

    —¿Dónde estamos? Esto me recuerda a aquella vez en la que toque algo que no debía de la mesa del Doctor Extraño —dijo Spider-man en lo que debía ser su enésima referencia a la cultura popular.

    —Yo puedo contestar a esa pregunta —respondió una voz.

    Ambos se giraron buscando el origen de la voz y descubrieron una sombra, que a juzgar por su silueta parecía la de un niño aunque era difícil medir ese tipo de cosas en Skyrim.

    —Mi nombre es Todd Howard —la oscuridad desapareció súbitamente y descubrió a lo que parecía ser un niño humano con las facciones de un adulto—. Soy el dios de este juego y habéis sido elegidos para llevar a cabo una gloriosa tarea.

    —¿Por qué no nos saca de este sitio antes, su divinidad? —pronunció la araña con su particular tono irónico.

    —Me temo que todavía no puedo hacer eso, ahora mismo os encontráis en mitad de un glitch.

    —¿Glitch?

    —Sí. Es lo que pasa cuando el usuario del juego modifica en exceso la realidad de este, dando lugar a conflictos internos.

    —¿No será que estás haciendo un pésimo trabajo como Dios del juego? —preguntó Spidey con sorna.

    —Para nada, araña, el juego era perfecto antes de ser alterado por los jugadores —replicó Todd.

    Una lágrima brilló en la mejilla de Dios con una intensidad solo posible debido a algún tipo de modificación ridícula en la iluminación. Tras la sutil metáfora visual, Todd continuó hablando.

    —De eso mismo quería hablaros. A partir de ahora seréis mis vengadores, juntos limpiaréis el mundo de todas las impurezas que la comunidad ha ido vertiendo sobre mi precioso mundo con sus horribles modificaciones.

    —Tiene que ser una broma, ya estuve en unos “vengadores” y la cosa no salió nada bien.

    —Considérate afortunado Spidey, al final de la purga serás la única modificación a la que le permitiré vivir —una sonrisa se dibujo en la cara de Todd—. Puede que pases a formar parte de esta familia con un futuro DLC incluso.
    Demasiada información para Dovahkiin en muy poco tiempo, ¿formaba Todd Howard parte de los Divinos o por el contrario era un siniestro Daedroth con intenciones ocultas? Sea como fuere, si esos glitches eran tan peligrosos como Todd decía, valía la pena indagar en el tema. “Confío en vosotros, mis vengadores” fue la última cosa que había dicho antes de desaparecer entre las sombras. En el lugar que ocupaba su cuerpo, apareció lo que parecía ser una rama de un árbol.

    —¿Qué dice el inventario, Dovahkiin? —dijo Spidey.

    Se llamaba varita del programador y en la descripción se decía que era el arma definitiva para acabar con la amenaza de las modificaciones.

    —Vamos, no voy a convertirme en la estrella del próximo DLC sino pulverizamos unas cuantas modificaciones antes —dijo la araña para sacar de su ensimismamiento nostálgico al héroe nórdico—. He estado leyendo el código de esta zona y todo parece indicar que hay algo cociéndose en aquella cabaña al pie de la montaña.

    Él también había leído el código y sabía por experiencia que dentro habría un hervidero de modificaciones. Pero no estaba seguro de qué hacer, la visita al pasado que había realizado su mente le había recordado las dudas que tenía sobre la verdadera naturaleza de Todd Howard. Se bajó de la piedra y se dirigió junto a su inseparable compañero hacia la cabaña, dudando sobre lo que iba a hacer pero no sobre lo que se iba a encontrar.
    El mundo no tenía instalado aun Hearthfire así que era bastante evidente que la cabaña en si era una modificación. Spidey, tan espontaneo como siempre, se adelantó y desapareció frente a la puerta, síntoma de que había accionado esta.

    —¡Decid “vainilla” mis queridas modificaciones! —dijo la incallable araña que fue a añadir algo más pero se detuvo al vislumbrar el contenido de la habitación.

    Definitivamente no había nada de “vainilla” en el interior pero todo estaba tan bellamente construido que Dovahkiin deseó que así fuese. El centro de la habitación lo surcaba una gran mesa a la que no parecía quedarle ni un solo hueco libre ya que sostenía una gran variedad de paquetes envueltos con cuidado y platos de comida típica de la región con una insólita textura que hacía que todo pareciese deliciosamente real. A los lados de la mesa, docenas de ojos miraban a nuestros héroes mientras docenas de bocas callaban y esperaban a que algo pasara. Un cuadro de diálogo apareció.

    —¿Qué hacéis? —pregunto Dovahkiin.

    —Celebramos la Navidad, Dovahkiin —un hombre corpulento vestido con un abrigo y gorro rojos hizo acto de presencia detrás de nuestros protagonistas —. ¿Te gustaría unirte a nosotros? Tenemos regalos para todo el mundo.

    Dovahkiin se giró, el hombre estaba sonriendo debajo de su espesa barba blanca y al pasar por su lado le dio una amable palmada en el hombro.

    —Creo que ya va siendo hora de que coloquemos el gran árbol, ¿no os parece?

    Acto seguido colocó proveniente de su inventario un frondoso abeto con incontables ramas y para sorpresa de todos, los fotogramas por segundo no solo no bajaron de treinta sino que subieron hasta unos fantásticos sesenta fotogramas. Todas las caras tenían una sonrisa y la mirada puesta en el recién proclamado maestro de ceremonias que se encontraba al lado del árbol.

    —Soy Gabe Newell y doy por comenzada la Navidad en Skyrim. Adelante, abrid vuestros regalos.

    En cuestión de segundos todo el mundo estaba desenvolviendo un paquete de los que se encontraban en la mesa, todos menos nuestros protagonistas que permanecían inmóviles. No duró mucho.

    —Espera un momento gordito —interrumpió Spidey—. Todo esto es tan bonito que estoy a punto de llorar pero las cosas que hacéis aquí nos perjudican a todos, crean glitches.

    —¡Los glitches ya existían antes! —gritó niño mientras desenvolvía lo que parecía ser una copia de “The Elder Scrolls III: Morrowind”.

    Varias personas gritaron lo mismo antes de que Gabe pidiera silencio y se acercara calmadamente hacia nosotros.

    —Dime Spider-man, ¿qué hay de malo en traer más amor a este mundo? —hizo una pequeña pausa para sacar un pequeño paquete del interior de su abrigo —. Toma, feliz Navidad.

    Tardó unos segundos pero finalmente agarró el paquete y se decidió a desenvolverlo hasta que cayó de rodillas al ver su contenido. Se trataba de una copia para PS2 de “Spider-man 2”.

    —Fuiste y seguirás siendo una estrella, Spidey, es solo que lo habías olvidado —dijo Gabe cogiendo su mano y ayudándolo a levantarse.

    —Está bien, creo que ahora voy a llorar de verdad —dijo mientras se llevaba las manos a la máscara.
    De repente la vívida luz que inundaba la habitación desapareció y los fotogramas por segundo descendieron considerablemente, haciendo casi imposible moverse. Los extraños errores en las texturas hicieron que la atmosfera cogiera un aire tétrico y Todd Howard se materializó en el lugar que ocupaba el otrora frondoso árbol.

    —Me habéis decepcionado, vengadores —dijo mientras se elevaba ante la atónita mirada de todo el mundo.

    —Oh Todd, qué agradable sorpresa. ¿Estás buscando ideas para futuros DLCs? —rió Newell.

    —Muy gracioso Gaben, pero esto no va contigo así que te sugiero que te largues de esta cabaña a no ser que quieras desaparecer junto con tus estúpidas Winter Sales —escupió Todd—. Y ahora voy a hacer lo que vosotros deberíais haber hecho.

    Todd cargó un extraño hechizo y llevó sus dos manos al techo con la intención de realizar daño de área que muy probablemente acabaría con todo. Dovahkiin esperaba tener un cuadro de diálogo pues de verdad quería detener toda esta locura pero en ese momento no hizo falta, las palabras corrieron por su garganta y salieron por su boca.

    —¡Detente Todd! ¡No tienes motivos para realizar semejante atrocidad! —gritó desde la puerta Dovahkiin de tal modo que parecía haber realizado un Thu’ um—. En este día he comprendido por fin el verdadero propósito de las modificaciones y este no es malvado ni presenta ningún peligro para nuestro mundo, al contrario, busca perfeccionarlo y hacerlo un lugar mejor para todos. No todo puede salir como nos gustaría la primera vez que lo intentamos y lo mismo va con las modificaciones, pero es así como funciona todo, por ensayo y error. Claro que existen conflictos y diferencias entre modificaciones pero mientras hablamos, hay gente valiente que en lugar de eliminar todo el progreso hecho y volver al primitivo estado original en el que se encontraba todo Skyrim, decide invertir su tiempo en buscar soluciones. Además, las modificaciones han hecho posible que algo tan precioso como la Navidad pueda existir en Skyrim y pasarás por mi espada si te empeñas en arrebatárnoslo.

    Pasó un largo minuto y nadie parecía tener nada que decir hasta que Todd volvió a la carga.

    —Maldito seas Dovahkiin, ¡yo te he creado! —dijo con ansiedad —. Tu insolencia hacia tu creador será castigada con cre…

    Súbitamente Todd se convirtió en una exclamación gigante tras un breve parpadeo. Spider-man se encontraba con la varita del programador alzada y apuntando al lugar que previamente había ocupado Todd.

    —Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado—dijo Spidey entre risas.

    La habitación entera volvió a la normalidad y con ello los fotogramas por segundo y el ambiente navideño. Lo habían logrado, ahora eran los dueños de su propio destino.

    Aquella fue la primera Navidad de Dovahkiin y de Skyrim pero no fue la última. Tampoco fue la última que Todd Howard, ahora conocido como “El glitch de Skyrim”, intentó robar pero una nueva herramienta desarrollada por un modificador permitió la clonación de la varita del programador y cada vez que Todd hace respawn se le da un gran premio al primero en cazarle y convertirle en un exclamación gigante o error de textura para después sustituirlo por un gran árbol de Navidad.

    Así es Skyrim. Un lugar un tanto ilógico pero, cada día que pasa, un lugar mejor.
  • Macktendo
    Macktendo, 06/01/2013 @macktendo, Principiante Offline
    Salí finalista! <!-- s:) --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_smile.gif" alt=":)" title="Smile" /><!-- s:) -->
    Algo es algo xD
  • geno
    geno, 06/01/2013 @geno, Principiante Offline
    Debo reconocer que las reglas las he cogido con pinzas y, ejem, ocho páginas.

    Spoiler:
    Faltaba un minuto para empezar. El suelo vibraba bajo sus zapatos recién lustrados por el zumbar de la maquinaria eléctrica del plató. Se echó un breve vistazo en el espejo que tenían en el pasillo y le pareció que todo estaba en orden. Su traje spencer, nunca abotonado para dejar el chaleco al descubierto, parecía recién sacado de una sastrería y su pelo permanecía perfectamente engominado hacia atrás. Cerró los ojos y respiró profundamente cuando sonó la sintonía del programa.

    Era un arreglo del primer movimiento del Concierto para mandolina y cuerda en Do mayor de Vivaldi en el que se había substituido las guitarras por un sintetizador. De tantas veces que lo había escuchado hasta podía imaginar como los instrumentos se perseguían, conocía cada matiz de aquella música. No necesitaba al regidor para saber el momento exacto de adentrarse en el plató, solo necesitaba escuchar a la mandolina. Una vez más, aquella música le decía que era el momento de moverse.
    En un momento, el señor Mendoza salió al plató en un recto y elegante caminar. Saludó educadamente a la cámara y habló:

    -¡Buenas noches y feliz Nochebuena! Hoy la liga de caballeros presenta su último programa, amado público. Vuestras quejas y demandas parecen haber hecho mella en los duros corazones de nuestros benefactores, pues los directivos de esta santa casa han decidido cerrarnos las puertas. Cuando esta noche os acostéis en vuestras camas, pensad que tenéis el poder de hacer de este mundo un lugar un poco peor. Arropaos bien con las mantas, no queremos que os resfriéis.

    Gesticulaba con todo su cuerpo de una forma hipnótica, mientras daba paso al contenido del programa. Puso especial énfasis en la invitada de aquella noche y en los premios anuales, mientras el resto de la liga de caballeros entraba en el plató: Los señores Rivera y Castro.

    -Todo esto en cuarenta y cinco minutos de riguroso directo, como todos nuestros programas especiales.

    La liga de caballeros se sentó a charlar en torno a una mesa delante de la barra, atendida por una mujer extrañamente atractiva. El plató tenía la apariencia un pub irlandés y Mendoza estaba muy orgulloso de aquel decorado. Había puesto mucha atención a los detalles, era estiloso y cálido.

    Mendoza miró el reloj sobre el teleprompter. Llevaban más de cinco minutos de programa y no quiso perder más tiempo, así que le pidió al señor Rivera que empezase con su sección. En esencia, Rivera escogía un videojuego y ponía en evidencia su nulo criterio estético y sus errores de diseño. En las últimas temporadas, se añadían treinta segundos a esa sección para que el señor Castro jugase lo suficiente para valorar el juego en un rango que iba desde un “oh, por favor, POR FAVOR” lleno de impotencia hasta un indiferente “pues está bien”.

    - …pero esta vez he hecho algo diferente por ser nuestro último programa –Dijo Rivera-. He ido a una tienda a comprar un juego. En un barrio obrero, nada menos.

    Sus acompañantes, sorprendidos, exclamaron un profundo “¡oooh!”. Al otro lado de la cámara se podía ver al señor Rivera entrando una tienda de videojuegos, ataviado con una chaqueta de franela gris, camisa azul, fular de punto de algodón, pantalón y zapatos de un beige débil. Sacó el pañuelo bordado de la chaqueta y se cubrió boca y nariz con ella. Solo se la quitaba para hablar:

    -Por el amor de Dios. ¿A quién se le ha ocurrido poner en los stands los logos de las consolas con su tipografía original? Es casi tan ofensivo como esas carátulas puestas de cara al comprador.

    Una chica vestida con el polo de la tienda y unos cuernos de reno en la cabeza se le acercó. Aún tenía una sonrisa en la cara al mirar brevemente a la cámara:

    -Buenas tardes. ¿Puedo ayudarte en algo?
    -Me siento algo afligido, la verdad. Con gusto tomaría una taza de té para recuperar tesón, si es tan amable.
    -¿Has dicho…? ¿Té? Lo siento, pero… -Entonces Rivera se giró y reparó en ella.
    -Cielo santo, es USTED quien necesita ayuda. Por qué, por qué esos cuernos. Y ese polo, ¿Quién es capaz de concebir un polo con ese color? No puede ser, ¿Es poliéster?
    -Es el uniforme de la empresa, señor -Contestó, como disculpándose-. Los cuernos… Es que estamos en Navidad
    -La gente sensata odiamos la Navidad, chiquilla. Quítese esos cuernos si aún le queda algo de dignidad.

    Rivera siguió quejándose de su aspecto durante un par de minutos y ella se limitó a aguantar el chaparrón. Se estaba poniendo roja y respiraba rápidamente. Luego criticó la decoración y distribución del local, aunque más que criticar era humillar. Rivera parecía lo suficientemente animado para seguir durante horas, pero la chica, con un hilo de voz, le pidió que abandonase la tienda si no iba a comprar nada. Entonces Rivera se acercó al mostrador:

    -¿Puede cobrarme este Selena Gomez’s Party at the house? –Dijo, mientras sacaba un billete de cien euros de la billetera.

    La chica, sin bajar la mirada y aún guardando la compostura, cogió el dinero y le entregó el ticket y el cambio. Lentamente, sacó una lata de refresco de detrás del mostrador y se la puso delante. Rivera miró la lata, confuso:

    -Fanta Zero, sabor naranja. ¿Qué es esto?
    -Nuestra promoción –Consiguió decir-. Damos una Fanta con cada compra.

    Rivera sabía que una réplica más bastaría para hacer llorar a la muchacha. Dejó la lata sobre la mesa, cogió la bolsa e hizo un gesto de despedida sin decir una sola palabra. Sin embargo, sus ojos siguieron clavados en ella hasta el momento en que dio media vuelta para marcharse. Nada más salir de la tienda, apareció Castro con una chaqueta de cuero beige oscuro, polo marrón claro, bufanda blanca y pantalón sin cinturón, Una vez dentro se detuvo para mirar alrededor:

    -Oh, por favor. PERO POR FAVOR –Dijo, antes de acercarse al mostrador- Buenas tardes, señorita. Me preguntaba si tendrían el Wii-U Sports en la tienda.

    Al terminar la sección de Rivera, Mendoza hizo cálculos. Habían pasado catorce minutos de programa y estimó que la charla con la invitada no podría pasar de los diez minutos, pues no sabía cuanto podría alargarse lo que le habían preparado para despedirla. Tal vez cinco minutos y el corte publicitario debía entrar a la media hora. Hizo entrar a una mujer voluptuosa y sonriente, cerca de cumplir los cuarenta años:

    -¡Un honor tenerla con nosotros, señorita Iborte!
    -Señora, que una está casada y tiene dos hijos.
    -¡Vaya! –Dijo, con una convincente expresión de sorpresa- Nunca lo habría adivinado.

    Empezaron una animada charla mientras la camarera servía 1906 para Iborte y el Señor Castro. Maisel's Weisse para Rivera y un Glenlivet doble seco para Mendoza.

    Hablaron sin tapujos sobre los roces que Iborte había tenido últimamente con el programa. Había censurado públicamente el marcado carácter misógino y clasista de la liga de caballeros o el estilo tan agresivo que usaban para hablar de videojuegos. Más de una vez afirmó que eran dañinos para la sociedad:

    - …A veces creo que os gusta caerle mal a la gente -Decía Iborte-. No es solo por los espectadores molestos. ¿Os hacéis una idea del odio que estáis generando en Internet?
    -Internet es un pozo de miseria humana y de la miseria nunca se sale -Sentenció Rivera-. La liga no va a preocuparse por lo que digan esos majaderos.
    -Pero tienen su parte de razón, eso no lo podéis negar. Atacáis continuamente su hobby y actuáis como si odiaseis los videojuegos.
    -Pues claro que los odiamos -Replicó Mendoza-. La liga y todo el equipo que está detrás odiamos los videojuegos. Son estúpidos, carecen de gusto o clase, nos toman por idiotas y aman el dinero más que a si mismos.
    -Aún así, lamentamos el cierre del programa –Siguió Castro-. Si algunos todavía no hemos abandonado esa casa de locos, es porque de vez en cuando… De vez en cuando aparece alguno que te hace seguir un poco más.

    Iborte pasó a acusarles de hipócritas y en algún momento desvió el tema de conversación hacia su tan trillado discurso feminista. Mendoza miró el reloj, veinticuatro minutos de programa e Iborte estaba pletórica. Se las estaba apañando para echar pestes sobre ellos y, al mismo tiempo, piropearse de tapadillo. La charla se estaba convirtiendo en un discurso unilateral y Mendoza observaba aterrorizado la forma en que aquella mujer estaba quemando su tiempo. Veintiséis minutos. Entonces se le ocurrió algo. Solo necesitaba que se le presentase el momento adecuado.

    - …La única representación femenina del programa es esa camarera a la que confundís con un bufón. Ni siquiera os planteáis que una mujer entre en la liga, imagino que por miedo a que nosotras lo hagamos mejor que cualquiera de vosotros. ¿Verdad?
    -Perdone, ¿Qué decía? No puedo escucharla con el ruido que hacen sus tetas.

    Iborte levantó el tono de voz para hacerse oír sobre las repentinas carcajadas de Rivera y Castro. Entonces, Mendoza sacó un pequeño mando de televisión del bolsillo interior. Apuntó a Iborte y entonces el equipo de realización bajó el volumen del micrófono. Al otro lado de la cámara, los espectadores veían a una Iborte enmudecida que no paraba de gesticular y apuntar con el dedo. Mendoza sonreía:

    -No me puedo creer que haya podido vivir todo este tiempo sin uno de estos -Dijo, mirando el mando a distancia con curiosidad.

    Aunque sonreía, se sentía molesto. Había salido mal: Realización no se había sincronizado correctamente con el gesto de su brazo y la enmudecieron antes de tiempo. Apuntó de nuevo a Iborte con el mando para que el equipo volviese a darle voz. Seguía con su discurso, así que volvió a dar la señal para que la enmudeciesen. Entonces Iborte se dio cuenta de lo que estaba pasando. Se acerco a Castro, que seguía riéndose, para tratar de usar su micrófono. Veintisiete minutos. Mendoza se levantó, con gesto ofendido:

    -Permítame decirle que se está tomando demasiadas libertades. En este local se exige un mínimo de compostura.
    -¿Pero con quien os creéis que estáis hablando? ¡No sois nadie para tratarme así!
    -Señora, no pienso tolerar más impertinencias de su persona. –Aquel era el momento-. ¡Noriega!

    A su llamada acudió un hombre alto y vigoroso seguido de otros dos hombres no menos intimidantes, todos vestidos de traje y camisa negra sin corbata. Llevaban un curioso gorro verde, como de duendes de Santa Claus. Rivera se levantó, chasqueó los dedos y señaló brevemente a Iborte. Los hombres tras Noriega alzaron a Iborte en el aire y se la cargaron al hombro. A una orden suya, se la llevaron hacia una falsa puerta entre gritos, hasta que Mendoza les habló:

    -¡Deteneos! ¿Qué creéis que estáis haciendo?

    Al ver que se quedaron quietos, se dirigió hacia Noriega. Se acercó y le sacó el gorro verde velozmente.
    -¿Qué significa esto? –Preguntó, zarandeando el gorro delante de su cara- ¿Quién ha dicho que podíais poneros esta horterada?
    -En vestuario nos dijeron…
    -¡En vestuario! Yo soy quien les dice a vestuario lo que deben hacer. ¡Un gorro verde sacado de una tienda de chinos! ¿Si te dicen que lleves traje de chaqué para los eventos nocturnos lo haces? ¿Y después? ¿Combinar calzado negro con calcetines marrones? ¡Quitaos esos gorros, vosotros dos!
    -¡Dejaos de tonterías y soltadme! –Gritó Iborte.- ¡Mendoza, deja de hacer el imbécil!
    -Eso sí que no. Si quisiera que una mujer me insultase, iría a visitar a mi madre. –Hubo un breve silencio- Muchachos, no la echéis. Lleváosla al Inframundo.

    Los hombres asistieron y atravesaron una puerta al lado de la barra que debería llevar a una bodega. Pero aquella era la entrada al Inframundo, un nuevo decorado que habían abierto hacía dos años. Un lugar oscuro y tétrico del que se servían para que parte del equipo que hasta entonces nunca había salido delante de una cámara lo hiciese para seguir la actualidad de videojuegos para ordenadores y proyectos gestados fuera de los circuitos habituales.
    Los hombres se habían ido e Iborte se creía sola entre las penumbras y los fulgores de monitores de tubo que proyectaban imágenes de versiones modificadas de Doom:

    -¿Qué creéis que hacéis? ¡SOY LA MINISTRA DE EDUCACIÓN, MALNACIDOS!

    En el otro plató, Mendoza se dirigió hacia el teléfono de la pared. Lo solía usar para comunicarse con el Inframundo, pues la liga evitaba entrar siempre que fuese posible:

    -¡Señora Iborte! Sea amable con nuestros peceros. ¡Estamos en Navidad!

    Aquellas palabras parecieron desconcertarla y al otro lado de la cámara sombras fugaces pasaron por delante de los monitores. Lo que parecía una mano rozó fugazmente una pierna de Iborte, lo que provocó que saltase y chillase.

    -Este es mi regalo de Navidad, Inframundo. Que no se diga que vuestro amo no os cuida. –Colgó el teléfono y se dirigió hacia la cámara- La liga se haya en el triste deber de comunicar la muerte de la ministra Iborte. Madre excepcional. Gran esposa. Buena amiga. Política aceptable. Pésima idealista. Echaremos de menos sus berrinches.

    Superaron los treinta minutos de programa y era el momento de dar paso al corte publicitario. Tenían el tiempo justo para echar a Iborte del edificio y redecorar el plató para la entrega de premios.

    -Guardaremos unos minutos de silencio por la difunta Iborte. Durante la publicidad.

    Mantuvo un gesto amable hasta que las cámaras dejaron de emitir un destello rojo. Se movió rápidamente. Necesitaba hablar con el productor. Encontró a un hombre ojeroso y pálido con una barba de cuatro días, en la sala de operadores. A su lado tenía un cenicero rebosante:

    -¿Qué coño ha sido eso de los gorros? –Espetó, cuando el productor le miró.
    -Estamos en Navidad. ¿Has visto las hojas de muérdago y acebo en las ventanas? ¿El abeto de luz en la pared? ¿El centro de mesa navideño?
    -Los gorros. Lo habéis hecho sin mi permiso. Oh, y os habéis adelantado al bajarle el volumen a Iborte, no pienses que no lo he notado. Lo hemos ensayado un millón de veces.
    -Que te jodan, eres tú quien insiste en hacer los especiales en directo. –Estaba demasiado cansado como para fingir culpa.
    -Tienes suerte de que este sea nuestro último programa. Ahora escucha: Iborte nos ha robado demasiado tiempo. Vamos a quitar el vídeo de “Momentos inolvidables de la liga”. Tenéis quince minutos para retocarlo y usarlo de créditos.
    Antes de que pudiesen protestar, volvió al plató. Le dolía dejar aquel vídeo atrás, pero sabía que era la sección más prescindible. Le habría gustado hacer repaso a los tres años de programa: La velada de boxeo que habían organizado contra jugadores que se quejaban del programa y todas las trampas que habían preparado para asegurarse la victoria. El programa especial en el que habían homenajeado a Gamerah, de donde habían sacado la idea de las cacas de plástico. Las usaban como trofeo en los premios anuales y una vez habían visitado las oficinas de la división de juegos de Microsoft solo para poner cacas en cada rincón. La semana que habían pasado junto a Double Fine antes de que echasen el cierre por problemas de solvencia. Le habían regalado una colonia y un traje de tres botones a Tim Schafer, después de pasar toda aquella semana censurando sus costumbres de heavy.

    Fue una buena época, pero cuando vio el vídeo no podía parar de pensar que podrían haberlo hecho mejor. Pero no era momento de perderse en los recuerdos. El Concierto de Brandeburgo nº 2 de Bach anunciaba la entrega de las cacas de plástico para los premios anuales. Rivera encendió un Cohiba Siglo III, Castro estaba tomando su segunda 1906 y Mendoza acababa de pedir el cuarto whisky. En el minuto treinta y ocho, Rivera anunció otro galardón:

    -Ahora, hacemos entrega del premio David Cage a la figura pública de mayor relevancia de este año. Bien por tener la cabeza metida en el culo, actuar como estrellas de rock, o por creer que tienen algo que decir. Este año la elección no ha sido fácil. Hemos tenido que desechar una gran cantidad de aspirantes que nos habría gustado ver entre los nominados. Los que han sobrevivido han sido… Shigeru Miyamoto por no retractarse de sus, dicen que desafortunadas, declaraciones antisemitas.

    -Yu Suzuki por sus pelotas de acero –Dijo Castro- Ningún otro estaría tan loco como para robar dinero suficiente para producir Shemmue Trilogy y decidir que lo mejor era sacarlo en Wii-U. En el Inframundo aún sufren pesadillas con sus minijuegos.

    -Por último –Siguió Mendoza- David Cage por su férrea voluntad que le permite mantenerse en pie a pesar de nuestras mordaces críticas.

    -Nuestra premio David Cage del año es para… -Rivera calló brevemente- ¡David Cage!

    Llevaban cuarenta minutos de programa antes de dar el último premio:

    -Ahora, el momento que todos esperabais –Mendoza sonreía casi con malicia-. La caca dorada para el mejor juego del año.

    -Hay un solo candidato -Anunció Castro-. Ese título que cogió la idea de un juego para pobres como es Bridge building game y lo convirtió en algo digno de la aprobación de la liga: Building game. Adoramos crear presas que no pueden contener la fuerza del río y ver como el agua va arrasando los pueblecitos al pie de la orilla. Todo un acierto esos gabachitos tratando de escapar de la riada a grito de “mon Dieu” con voz de pito.

    -Solo lamentamos que nos obliguen a crear presas o edificios que funcionen para poder avanzar –Dijo Rivera-. Es un juego ambientado en Francia. Allí no hay buenos arquitectos, para empezar. Nadie llorará porque un puente se venga abajo cuando pasa un tren lleno de gabachitos. Es más, deberían agradecernos que los hayamos borrado de la faz de la Tierra.

    -Cierto –Siguió Mendoza-. Por desgracia y sintiéndolo mucho, no podemos darle la caca dorada a Building game. Nuestro estricto código de honor nos prohíbe premiar a un juego francés. Así que hemos decidido darle la caca a ese juego multijugador masivo basado en la licencia Call of duty. Puede que no recuerde su nombre completo, pero igualmente estáis moralmente obligados a comprarlo.

    Minuto cuarenta y dos. La entrega de premios había concluido y Mendoza pidió a los espectadores que no cambiasen de canal durante el último corte publicitario. Repasaba algunos detalles con el equipo, cuando el productor le llamó. Estaba fumando y pese a su cara demacrada pudo ver que tenía una mueca de sonrisa en los labios:

    -Eso que hemos hecho con Iborte… Ha sido excesivo.
    -Es nuestro último programa -Respondió, encogiéndose de hombros-. ¿Qué importa?
    -Pues parece que le importa a alguien. Han llamado de arriba.
    -¿En serio? ¿Qué tienen que decir esos miserables?
    -Nuestra pequeña broma ha conseguido disparar la audiencia y saturar las centralitas.

    El productor hablaba con toda tranquilidad, tomándose su tiempo. Mendoza se impacientaba, solo quedaban dos minuto para emitir de nuevo.

    -Hay mucha gente molesta y mucha gente aplaudiéndonos. Arriba no te van a perdonar esto pero, ¿Sabes qué? Me acaban de llamar. Nos han dado quince minutos más de programa.

    Se miraron en silencio y luego sonrieron. Mendoza corrió de vuelta al plató, gritando órdenes al equipo y trazando un plan algo caótico para el resto del programa.

    Cerró los ojos y respiró profundamente. La maquilladora le arregló el pelo, su traje spencer seguía dándole un porte magnífico. Todo volvía a estar en perfecto orden al mirarse en el espejo. Él mismo se sentía vibrar y parecía que sus zapatos relucientes dejaban de tocar el suelo.

    Faltaba un minuto para empezar.


    Para los curiosos, enlaces a los temas que aparecen en el relato: El de Vivaldi y el de Bach

    Y ahora a leeros. Poco a poco.
  • Sephirot's blade
    Sephirot's blade, 06/01/2013 @sephirots_blade, n00b RAGE Online
    Bueno, pues me complace compartir con todos vosotros mi relato.
    Sé que el nivel es alto, así que disculpadme si el texto tiene fallos en la forma. Creo que mi idea hubiera ganado muchos enteros escrita por alguien con mayores habilidades literarias, pero hey!, es lo que hay. Y creedme, me he esforzado en dejarlo lo mejor posible.

    Gracias a la elaboración de este texto he vuelto a reencontrarme con el placer de imaginar, de crear una historia. Y también gracias a su escritura, he reparado en lo tremendamente complicado que resulta narrar desde la perspectiva del delirio y la alucinación (del personaje, claro está;). Como autocrítica, diré que creo que no lo he logrado. Pero estuvo bien intentarlo.

    Asimismo, añado que si alguien observa fallos evidentes en la redacción, no faltas ortográficas sino fallos en la estructura, repetición de frases, estilo, o narrativa, le estaré tremendamente agradecido en que así me lo comunique, bien por MP, bien aquí mismo, o cualquier otro medio.

    Así que sin más dilación, dejo mi texto titulado "El Despertar".

    Spoiler:
    [center]El despertar[/center]

    19 de diciembre

    La ventisca azotaba las copas de los árboles, y la visión del horizonte se enturbiaba por culpa de la intensa nevada. A través del grueso y ligeramente deformado vidrio de la ventana se podía contemplar el temporal. Ahí fuera, en la inhóspita estepa, sería difícil sobrevivir en días como estos. Días en los que las temperaturas son más bajas, días en los que el horizonte está, cada vez, más difuso y emborronado por la perenne niebla. La sensación de aislamiento crecía con cada Navidad que pasaba.

    A pesar de la calidez del titánico castillo, a pesar de la felicidad que, de un modo extraño y desconcertante, impregnaba cada pared, cada muro, cada bloque de granito, la tristeza comenzaba a materializarse cada vez con mayor frecuencia.

    Algo llevaba sucediendo desde hacía un tiempo en el castillo… Algo estaba cambiando.

    21 de diciembre

    Tal como sucedía todos los años, hoy tocaba emplazar y adornar el abeto. Sin más ayuda que mis propias manos, comencé a levantar el gran árbol que presidiría el salón principal de la planta baja. A unos tres metros de la hoguera. Luego, comencé a cubrirlo con esas hermosas luces que con cariño guardaba desde hace años.

    Sin poder evitarlo, comencé a recordar cómo jugaba con los adornos siendo niño. Cómo, en más de una ocasión, rompí por accidente una de esas preciosas bolas de navidad. A pesar del enfado de mi madre ante tal acontecimiento, me era imposible no recordar con verdadera añoranza aquella situación. Nostalgia, una palabra que se queda corta en estos casos.





    25 de diciembre

    Pasaron los días pre-navideños sin sobresaltos. A decir verdad, la vida en el castillo había sido siempre cómoda y grata. Hasta esas Navidades, nada insólito o inesperado había sucedido entre aquellas gruesas, impenetrables paredes. Como todos los días, aquel 25 de diciembre comenzó con las rutinas diarias. Sin embargo, algo estaba a punto de suceder. Algo que cambiaría mi mundo, para siempre.


    Llegué a mi amplio despacho situado en la primera planta del ala Este. Desde allí podía disfrutar del hermoso amanecer, acompañado de una gloriosa taza de chocolate caliente. Mi propósito aquel día era documentarme acerca de ciertos fenómenos meteorológicos, para poder dar respuesta a algo que venía inquietándome en los últimos días: tras la espesa niebla, que impedía ver más allá de un kilómetro a la redonda, se insinuaban unos extraños rayos de luz que se movían de una forma rutinaria. Lo que en un principio no era más que un posible reflejo o ilusión, por su etérea naturaleza y efímera duración, se iba tornando cada noche en algo con mayor presencia.

    Últimamente, hasta se podía adivinar que los rayos de luz, de un grosor considerable, tenían un origen cerca del suelo, en algún lugar perdido en la lejanía, donde tan sólo debía haber bosque.

    El castillo, en efecto, estaba rodeado de bosque. Estaba, literalmente, perdido en un mar verde, de decenas de kilómetros cuadrados de extensión. No era posible luz alguna, que no fuera la emitida por el propio castillo.

    Dejé sobre la mesa la taza, vacía ya de goloso alimento, y me dirigí con determinación hacia la biblioteca del castillo, situada en el sótano. Debía de haber una explicación meteorológica a las extrañas luces, así como al creciente temporal.

    Bajé por las escaleras principales, llegué al salón, y busqué entre los libros de la estantería que cubría toda la pared Oeste hasta encontrar la palanca que daba acceso al sótano, para seguidamente accionarla.

    Ante mí, la chimenea y parte de la pared comenzaron a elevarse. Podía percibir cómo temblaba el suelo. Habiendo pasado en aquel castillo la totalidad de mis años, seguía, aún hoy, sin conocer el mecanismo que permitía levantar una pared de roca maciza.

    Finalmente asomó entre las sombras la escalerilla de madera que conducía al sótano, y con decisión bajé, adentrándome en aquella oscura estancia, que durante largo tiempo había permanecido cerrara.

    Cuando prendí la luz me llevé la primera sorpresa. La lámpara que iluminaba la estancia tenía algo extraño. Fijada en el techo con clavos, se encontraba resguardada por una rejilla de hierro oxidado. Definitivamente llevaba mucho sin bajar. Todo resultaba extraño, aunque familiar al mismo tiempo. En el ambiente, un olor extraño se adueñaba de todo el protagonismo. No era sólo olor a libro viejo, no. Había algo más.

    Avancé por la sala, dirigiéndome a la sección de ciencias naturales. Pasé por diversos estantes. Me detuve al ver el Manuscrito Voynich; había olvidado lo mucho que le costó a mi familia hacerse con él. Sentía verdadera fascinación por aquel libro, cuyas quebradizas hojas evidenciaban el paso del tiempo; su texto indescifrable se alternaba con unas explícitas imágenes que a pocos estudiosos han dejado indiferente.

    Todo parecía indicar que me encontraba cerca de la sección de ciencias, cuando de pronto, vislumbré algo al fondo del pasillo que hizo que mi corazón diera un vuelco: un cadáver en un avanzadísimo estado de descomposición yacía en el suelo. Se me cayó de las manos el códice, y sin poder reaccionar, inmóvil por el pánico, experimenté los segundos más largos de mi vida.

    Mis pasos resonaron en las paredes de la claustrofóbica sala. A través de los estrechos pasillos que formaban las estanterías era complicado correr, pero el miedo me movía a una velocidad tal que cuando quise darme cuenta ya me encontraba en el salón de nuevo, tirando de la palanca para cerrar el sótano. Y sólo cuando hube recobrado la calma, empecé a reparar en los cambios que había sufrido la estancia.


    ¿Dónde me encontraba? Tras el árbol de Navidad, los rayos del Sol se filtraban a través de unas extrañas rejas, que nunca habían formado parte del castillo. Ahora se encontraban en todas y cada una de las ventanas del salón. En ellas, forjadas en hierro, las letras A.A. se podían leer.

    Del suelo había desaparecido la magnifica y esplendorosa alfombra con el escudo familiar. En su lugar, la fría piedra. Tan fría, que me percaté en ese momento de que iba descalzo. ¿Dónde estaban mis zapatos? ¿Los había perdido subiendo las escaleras? No lo recordaba con claridad.

    Superado por los acontecimientos, comenzaba a sentir una fuerte presión en mi pecho. Me dirigí de forma apresurada a comprobar la entrada principal del castillo; estaba bien cerrada, como de costumbre. No alcanzaba a recordar cuándo fue la última vez que la vi abierta. Puse en ese momento rumbo a mi alcoba, en la primera planta. Necesitaba descansar.

    Cuando llegué a la escalera me sentí aliviado al ver que su apariencia era la de siempre; la mullida alfombra, que suavizaba los angulosos escalones de mármol, recibía con benevolencia y calidez a mis descalzos pies. «Necesito calmarme para averiguar qué ha pasado», intenté convencerme, mientras me dirigía al baño en busca del bote de tranquilizantes.

    26 de diciembre

    Empapado en un sudor frío, me desperté. Eran las tres de la madrugada. A través de la ventana, la Luna iluminaba la alcoba con su pálida luz. En la silueta que dibujaban las sombras, ni rastro de rejas. Posiblemente había sido todo una pesadilla. De lo que no había duda, desde luego, era de que las pastillas habían llevado a cabo su trabajo de una manera altamente efectiva.

    Fue entonces cuando me fijé en la puerta de mi habitación. Ni rastro de la puerta de caoba con su ornamentación tallada. En su lugar, una hoja de hierro oxidado con un ventanuco de apenas veinte centímetros por lado.
    ¿Qué estaba ocurriendo? ¿me había pasado con el barbital? ¿Seguía en la pesadilla? ¿De quién era el cuerpo putrefacto del sótano?

    Al encender la luz, observé que la lámpara de mi alcoba también había cambiado. Ahora era como la del sótano o la del salón, con esa rejilla tan característica. Gran parte de los muebles habían desaparecido, y la cama, mi cama, no era la misma. Era una cama metálica, con un colchón bastante espartano. ¿Quién estaba convirtiendo el castillo en una inquietante prisión? Irónica pregunta la que me hice en aquel momento.

    Las siguientes horas las pasé vagando por los pasillos del castillo, dando tumbos, con la visión aún algo borrosa por los efectos de las drogas. Cuanto más exploraba el castillo, menos lo reconocía. El suelo se sentía frío sin el enmoquetado, que había desaparecido. Las rejas cubrían ahora cada una de las ventanas del corredor Oeste, todas ellas con una forma muy intimidatoria, exhibiendo las particulares siglas A.A.

    Me detuve ante una de las ventanas. Algo iba espeluznantemente mal dentro del castillo, pero ¿Y fuera? En ese momento, y sin mucho esfuerzo, vi los haces de luz en el exterior. Esta noche eran especialmente nítidos y visibles. En ese momento lo vi bastante claro: La luz provenía de potentes cañones situados en la distancia, que proyectaban su luz hacia el firmamento; la densa niebla y las nubes se encargaban de revelar la trayectoria de esos haces luminosos. Pero aquello, además de surrealista, era imposible, pues allí no había más que bosque; o al menos, así debía ser. Nada parecía tener ya lógica. Era el momento de salir al exterior. O eso, o seguir drogándose.

    Cuando bajé las escaleras hasta la planta baja, ésta mostraba un aspecto bastante hostil. Aquello, sin lugar a dudas, no era ya mi hogar. El suelo estaba cubierto por unas manchas resecas, de color marrón oscuro. También las paredes evidenciaban salpicaduras de lo que fuera que se derramó allí.

    Con cuatro zancadas me planté en el salón. Estaba irreconocible, desprovisto de cualquier tipo de mueble. Los estantes de la pared habían desaparecido; en su lugar, una pintada que rezaba «derramaremos la sangre de quienes nos arrebataron la libertad; despojaremos de toda cordura a aquellos que se adueñaron de nuestras mentes»

    De repente, como flashbacks, comenzaron a venirme imágenes a la cabeza. Retratos de algo que parecía una prisión, aunque también se asemejaba a un sanatorio. Imágenes de puertas metálicas, barrotes, paredes acolchadas, camillas… todas ellas se agolpaban en mi cabeza. Y entonces abrí los ojos.

    Miré a mi alrededor. Aquello ya no era el salón, sino una sala con sillas rotas. Las manchas marrones, que ahora sin dudar identificaba como sangre, manchaban todo lo que se encontraba al alcance de mi vista. Empecé a recordar; aquello era la sala de reuniones, donde se realizaba terapia grupal.

    Me sentía como un pobre e indefenso cachorro al que expulsan a patadas del hogar en el que ha pasado sus primeros meses y se ve en la calle. La congoja, el miedo, eran indescriptibles.

    A medida que avanzaba hacia el portón principal, iba asumiendo la nueva realidad. Pasé por delante de la recepción, al fondo reconocí la farmacia, donde cada mañana me facilitaban el cóctel responsable de mi felicidad, los andamios de ese mundo, mi mundo, que se acababa de derrumbar.

    Mientras comenzaba a abrir los cerrojos del portón principal del sanatorio, seguían brotando en mi mente vívidos recuerdos de la tragedia ocurrida en aquellas instalaciones, tiempo atrás…


    [center]***[/center]

    El motín se gestó a lo largo de varios meses. Debo reconocer que el cabecilla era un tipo extraordinariamente inteligente. Quizás lo encerraron por sus tendencias criminales o su peligrosa inestabilidad emocional, pero estaba fuera de toda duda que su cociente intelectual era extraordinario.


    Aquel día, el día del motín, los empleados de la institución nos organizaron una cena, en la que además nos habían preparado pequeños regalos para algunos reclusos. Era la cena de nochebuena. Yo aguardaba con especial ilusión la tarta, llevaba bastante tiempo sin llevarme un dulce a la boca. Pero antes siquiera de poderme llevar a la boca el delicioso pastel, todo se tiñó de rojo.

    No pude contemplar con claridad qué ocurrió, pero pude ver entre el gentío cómo algunos reclusos tomaban rehenes para abrir las puertas de seguridad, cómo degollaban a los celadores cuando ya no les eran de utilidad, y cómo acorralaron en la sala de terapia de grupo a los doctores y el personal de la institución que quedaba con vida.

    Quizá nunca sabré de dónde salieron tantas armas, pero puedo dar fe de que las usaron con bastante destreza. La orgía de sangre llegó a su cénit en aquella sala, en la que aparentemente no dejaron un solo hombre cuerdo con vida. La sangre, oscura, formaba charcos que se iban volviendo espesos y viscosos por el efecto de la coagulación.

    Uno de los reclusos tomó un spray y se sirvió del mismo para escribir en la pared una inspirada frase, que sigo preguntándome si fue fruto de la inspiración del momento, o por el contrario la llevaba preparada desde el primer día que comenzaron a gestar la gran matanza.

    Entre el montón de cuerpos del centro de la sala, observé quedaba alguien con vida. Era Hermann, un enfermero que se encargaba de traerme la comida a la celda. Siempre que podía, me incluía alguna de esas galletas saladas que tanto me gustaban. Algunas noches, si había poca vigilancia, me permitía salir para ver el partido de los viernes. Era un buen hombre.

    Uno de los reclusos se percató de que Hermann seguía con su aterrada mirada los acontecimientos. Y aunque cubierto por varios cuerpos inmóviles, y con la cara cubierta de sangre, hizo ademán de levantarse. Pero era inútil, no había más salida que la muerte. Un par de reclusos hicieron levantarse a Hermann, y se lo llevaron al sótano por las escaleras del fondo. Nunca más volví a verle. Hasta ayer.


    [center]***[/center]

    Por fin, las enormes puertas metálicas de la entrada cedían, no sin bastante dificultad debido al estado de oxidación de las las bisagras. El frío viento penetró con una fuerte ráfaga que me empujó hacia dentro; era como si alguien me estuviera animando a quedarme en aquel refugio.

    Pero ya nada me retenía. No había razón para permanecer allí. La felicidad sintética que me mantenía preso en aquel lugar se había agotado. Y es que hasta la rebotica más generosa tiene una capacidad limitada.

    Al salir al exterior, pude comprobar cómo habían cambiado las cosas, la nueva realidad se presentaba ante mí. A lo lejos, la ciudad se dibujaba bajo una enorme Luna. Ya no quedaba rastro de aquel interminable manto verde. Los grandes edificios se perfilaban contra su blanca e impresionante faz, mientras desde varias azoteas, potentes focos proyectaban su luz hacia el cielo, formando haces que se movían, danzaban, de izquierda a derecha. El misterio había sido por fin resuelto.

    Giré la vista hacia atrás, hacia el lugar en el que había pasado tanto tiempo resguardado, latente, esperando despertar. Arriba, un rótulo de grandes letras rezaba «Arkham Asylum».

    Entonces emprendí con resolución el camino a la ciudad.


    Antes de acabar, me permito felicitar a la web por este concursazo.
    Espero que no hiciese falta poner el usuario de Anait para participar, porque lo mandé con mi nombre real xD

    Un saludo.
  • chiconuclear
    chiconuclear, 07/01/2013 @chiconuclear, El guapo Offline
    CREO que el OP es muy largo y por eso sale cortado, así que si os parece mañana pensaré alguna forma mejor de presentarlos, quizá en un PDF guapete o algo. ¡De momento id poniéndolos por aquí, para que los lea todo el mundo!
  • plissken
    plissken, 08/01/2013 @plissken, Principiante Offline
    Bueno... aquí mi micro-relato, espero que os guste!

    Spoiler:
    NADA COMO CENAR EN COMPAÑÍA.

    Y aquí estoy de nuevo, otra navidad sentado a la mesa, sólo rodeado por los fantasmas de mi familia muerta, violada y mutilada. El menú: Bourbon y pastillas… “si algo funciona no lo cambies”, decía mi padre.

    Mientras la gente normal se reúne para cantar villancicos y compartir amor fraterno, lo único que hago es pensar en Michelle, y en como Rose habría crecido de no haber sido asesinada por unos putos yonkis.

    Aquella iba a ser una navidad cojonuda, con Rudolf y los putos elfos bailando polka bajo una nevada de algodón de azúcar… pero ese no era el destino que habían programado para mí: el mío se parecía más a La Jungla de Cristal dirigida por el puto Darío Argento. Un viaje a los infiernos en el que la sangre solo se quitaba con más sangre, litros y litros saliendo de las nucas de los perdedores que arruinaron mi vida, mientras el tiempo se paraba y el cañón de mi beretta terminaba al rojo vivo, desprendiendo una luz más bella que la de cualquier adorno navideño, de esos que los pringados con jerseys de lana cuelgan de sus jodidos abetos de plástico.

    Solo que al final de la peli, cuando todos han muerto y resulto victorioso y no quedan enemigos que mandar al Valhalla, lo único que me llevo a casa son pesadillas y adicciones. Adicción al alcohol, adicción a las drogas y adicción a poner mi vida en peligro, a jugarme el todo por el todo mientras el olor a cordita inunda el aire y el plomo vuela por todas partes, normalmente hacia los lóbulos frontales de infelices de los que sólo me diferencio por tener mejor puntería.

    Y me arrepiento de mi maldita puntería. Muchas veces, en medio del ruido y la furia, me parece que no soy yo el que dispara, que Otro controla mis manos haciendo de cada tiro un blanco, convirtiendo situaciones de las que no debería salir con vida en un juego de niños en el que, aún borracho y puesto hasta las cejas de calmantes, no existen suficientes enemigos que puedan hacerme frente.

    Y así, día tras día, botella tras botella, discurre mi miserable vida, hasta que una nueva Navidad llega a Hoboken y vuelvo a sentarme a la mesa, a observar las caras ensangrentadas de las mujeres de mi vida mientras me maldigo en silencio, esperando tener agallas para rematar este día tan especial con la pistola en la boca, y darme a mí mismo lo que he repartido con tanta eficacia durante todos estos años: la muerte.

    Pero cuando llega el momento, cuando sería más fácil acabar con todo, me encuentro fantaseando con la estúpida propuesta de un supuesto excompañero del NYPD que me encontré anoche en el bar: un cambio de aires, un trabajo fácil, a punto de nieve. Nada puede salir mal.

    Prepárate, São Paulo, porque como cantaba el gran Frank Sinatra: “Santa Claus is comin´ to town”.

    -Fin-
  • Guybrush
    Guybrush, 08/01/2013 @guybrush, Esquéiter y gordo Offline
    @sephirots_blade dijo:
    Spoiler:
    Bueno, pues me complace compartir con todos vosotros mi relato.
    Sé que el nivel es alto, así que disculpadme si el texto tiene fallos en la forma. Creo que mi idea hubiera ganado muchos enteros escrita por alguien con mayores habilidades literarias, pero hey!, es lo que hay. Y creedme, me he esforzado en dejarlo lo mejor posible.

    Gracias a la elaboración de este texto he vuelto a reencontrarme con el placer de imaginar, de crear una historia. Y también gracias a su escritura, he reparado en lo tremendamente complicado que resulta narrar desde la perspectiva del delirio y la alucinación (del personaje, claro está;). Como autocrítica, diré que creo que no lo he logrado. Pero estuvo bien intentarlo.

    Asimismo, añado que si alguien observa fallos evidentes en la redacción, no faltas ortográficas sino fallos en la estructura, repetición de frases, estilo, o narrativa, le estaré tremendamente agradecido en que así me lo comunique, bien por MP, bien aquí mismo, o cualquier otro medio.

    Así que sin más dilación, dejo mi texto titulado "El Despertar".

    [spoiler][center]El despertar[/center]

    19 de diciembre

    La ventisca azotaba las copas de los árboles, y la visión del horizonte se enturbiaba por culpa de la intensa nevada. A través del grueso y ligeramente deformado vidrio de la ventana se podía contemplar el temporal. Ahí fuera, en la inhóspita estepa, sería difícil sobrevivir en días como estos. Días en los que las temperaturas son más bajas, días en los que el horizonte está, cada vez, más difuso y emborronado por la perenne niebla. La sensación de aislamiento crecía con cada Navidad que pasaba.

    A pesar de la calidez del titánico castillo, a pesar de la felicidad que, de un modo extraño y desconcertante, impregnaba cada pared, cada muro, cada bloque de granito, la tristeza comenzaba a materializarse cada vez con mayor frecuencia.

    Algo llevaba sucediendo desde hacía un tiempo en el castillo… Algo estaba cambiando.

    21 de diciembre

    Tal como sucedía todos los años, hoy tocaba emplazar y adornar el abeto. Sin más ayuda que mis propias manos, comencé a levantar el gran árbol que presidiría el salón principal de la planta baja. A unos tres metros de la hoguera. Luego, comencé a cubrirlo con esas hermosas luces que con cariño guardaba desde hace años.

    Sin poder evitarlo, comencé a recordar cómo jugaba con los adornos siendo niño. Cómo, en más de una ocasión, rompí por accidente una de esas preciosas bolas de navidad. A pesar del enfado de mi madre ante tal acontecimiento, me era imposible no recordar con verdadera añoranza aquella situación. Nostalgia, una palabra que se queda corta en estos casos.





    25 de diciembre

    Pasaron los días pre-navideños sin sobresaltos. A decir verdad, la vida en el castillo había sido siempre cómoda y grata. Hasta esas Navidades, nada insólito o inesperado había sucedido entre aquellas gruesas, impenetrables paredes. Como todos los días, aquel 25 de diciembre comenzó con las rutinas diarias. Sin embargo, algo estaba a punto de suceder. Algo que cambiaría mi mundo, para siempre.


    Llegué a mi amplio despacho situado en la primera planta del ala Este. Desde allí podía disfrutar del hermoso amanecer, acompañado de una gloriosa taza de chocolate caliente. Mi propósito aquel día era documentarme acerca de ciertos fenómenos meteorológicos, para poder dar respuesta a algo que venía inquietándome en los últimos días: tras la espesa niebla, que impedía ver más allá de un kilómetro a la redonda, se insinuaban unos extraños rayos de luz que se movían de una forma rutinaria. Lo que en un principio no era más que un posible reflejo o ilusión, por su etérea naturaleza y efímera duración, se iba tornando cada noche en algo con mayor presencia.

    Últimamente, hasta se podía adivinar que los rayos de luz, de un grosor considerable, tenían un origen cerca del suelo, en algún lugar perdido en la lejanía, donde tan sólo debía haber bosque.

    El castillo, en efecto, estaba rodeado de bosque. Estaba, literalmente, perdido en un mar verde, de decenas de kilómetros cuadrados de extensión. No era posible luz alguna, que no fuera la emitida por el propio castillo.

    Dejé sobre la mesa la taza, vacía ya de goloso alimento, y me dirigí con determinación hacia la biblioteca del castillo, situada en el sótano. Debía de haber una explicación meteorológica a las extrañas luces, así como al creciente temporal.

    Bajé por las escaleras principales, llegué al salón, y busqué entre los libros de la estantería que cubría toda la pared Oeste hasta encontrar la palanca que daba acceso al sótano, para seguidamente accionarla.

    Ante mí, la chimenea y parte de la pared comenzaron a elevarse. Podía percibir cómo temblaba el suelo. Habiendo pasado en aquel castillo la totalidad de mis años, seguía, aún hoy, sin conocer el mecanismo que permitía levantar una pared de roca maciza.

    Finalmente asomó entre las sombras la escalerilla de madera que conducía al sótano, y con decisión bajé, adentrándome en aquella oscura estancia, que durante largo tiempo había permanecido cerrara.

    Cuando prendí la luz me llevé la primera sorpresa. La lámpara que iluminaba la estancia tenía algo extraño. Fijada en el techo con clavos, se encontraba resguardada por una rejilla de hierro oxidado. Definitivamente llevaba mucho sin bajar. Todo resultaba extraño, aunque familiar al mismo tiempo. En el ambiente, un olor extraño se adueñaba de todo el protagonismo. No era sólo olor a libro viejo, no. Había algo más.

    Avancé por la sala, dirigiéndome a la sección de ciencias naturales. Pasé por diversos estantes. Me detuve al ver el Manuscrito Voynich; había olvidado lo mucho que le costó a mi familia hacerse con él. Sentía verdadera fascinación por aquel libro, cuyas quebradizas hojas evidenciaban el paso del tiempo; su texto indescifrable se alternaba con unas explícitas imágenes que a pocos estudiosos han dejado indiferente.

    Todo parecía indicar que me encontraba cerca de la sección de ciencias, cuando de pronto, vislumbré algo al fondo del pasillo que hizo que mi corazón diera un vuelco: un cadáver en un avanzadísimo estado de descomposición yacía en el suelo. Se me cayó de las manos el códice, y sin poder reaccionar, inmóvil por el pánico, experimenté los segundos más largos de mi vida.

    Mis pasos resonaron en las paredes de la claustrofóbica sala. A través de los estrechos pasillos que formaban las estanterías era complicado correr, pero el miedo me movía a una velocidad tal que cuando quise darme cuenta ya me encontraba en el salón de nuevo, tirando de la palanca para cerrar el sótano. Y sólo cuando hube recobrado la calma, empecé a reparar en los cambios que había sufrido la estancia.


    ¿Dónde me encontraba? Tras el árbol de Navidad, los rayos del Sol se filtraban a través de unas extrañas rejas, que nunca habían formado parte del castillo. Ahora se encontraban en todas y cada una de las ventanas del salón. En ellas, forjadas en hierro, las letras A.A. se podían leer.

    Del suelo había desaparecido la magnifica y esplendorosa alfombra con el escudo familiar. En su lugar, la fría piedra. Tan fría, que me percaté en ese momento de que iba descalzo. ¿Dónde estaban mis zapatos? ¿Los había perdido subiendo las escaleras? No lo recordaba con claridad.

    Superado por los acontecimientos, comenzaba a sentir una fuerte presión en mi pecho. Me dirigí de forma apresurada a comprobar la entrada principal del castillo; estaba bien cerrada, como de costumbre. No alcanzaba a recordar cuándo fue la última vez que la vi abierta. Puse en ese momento rumbo a mi alcoba, en la primera planta. Necesitaba descansar.

    Cuando llegué a la escalera me sentí aliviado al ver que su apariencia era la de siempre; la mullida alfombra, que suavizaba los angulosos escalones de mármol, recibía con benevolencia y calidez a mis descalzos pies. «Necesito calmarme para averiguar qué ha pasado», intenté convencerme, mientras me dirigía al baño en busca del bote de tranquilizantes.

    26 de diciembre

    Empapado en un sudor frío, me desperté. Eran las tres de la madrugada. A través de la ventana, la Luna iluminaba la alcoba con su pálida luz. En la silueta que dibujaban las sombras, ni rastro de rejas. Posiblemente había sido todo una pesadilla. De lo que no había duda, desde luego, era de que las pastillas habían llevado a cabo su trabajo de una manera altamente efectiva.

    Fue entonces cuando me fijé en la puerta de mi habitación. Ni rastro de la puerta de caoba con su ornamentación tallada. En su lugar, una hoja de hierro oxidado con un ventanuco de apenas veinte centímetros por lado.
    ¿Qué estaba ocurriendo? ¿me había pasado con el barbital? ¿Seguía en la pesadilla? ¿De quién era el cuerpo putrefacto del sótano?

    Al encender la luz, observé que la lámpara de mi alcoba también había cambiado. Ahora era como la del sótano o la del salón, con esa rejilla tan característica. Gran parte de los muebles habían desaparecido, y la cama, mi cama, no era la misma. Era una cama metálica, con un colchón bastante espartano. ¿Quién estaba convirtiendo el castillo en una inquietante prisión? Irónica pregunta la que me hice en aquel momento.

    Las siguientes horas las pasé vagando por los pasillos del castillo, dando tumbos, con la visión aún algo borrosa por los efectos de las drogas. Cuanto más exploraba el castillo, menos lo reconocía. El suelo se sentía frío sin el enmoquetado, que había desaparecido. Las rejas cubrían ahora cada una de las ventanas del corredor Oeste, todas ellas con una forma muy intimidatoria, exhibiendo las particulares siglas A.A.

    Me detuve ante una de las ventanas. Algo iba espeluznantemente mal dentro del castillo, pero ¿Y fuera? En ese momento, y sin mucho esfuerzo, vi los haces de luz en el exterior. Esta noche eran especialmente nítidos y visibles. En ese momento lo vi bastante claro: La luz provenía de potentes cañones situados en la distancia, que proyectaban su luz hacia el firmamento; la densa niebla y las nubes se encargaban de revelar la trayectoria de esos haces luminosos. Pero aquello, además de surrealista, era imposible, pues allí no había más que bosque; o al menos, así debía ser. Nada parecía tener ya lógica. Era el momento de salir al exterior. O eso, o seguir drogándose.

    Cuando bajé las escaleras hasta la planta baja, ésta mostraba un aspecto bastante hostil. Aquello, sin lugar a dudas, no era ya mi hogar. El suelo estaba cubierto por unas manchas resecas, de color marrón oscuro. También las paredes evidenciaban salpicaduras de lo que fuera que se derramó allí.

    Con cuatro zancadas me planté en el salón. Estaba irreconocible, desprovisto de cualquier tipo de mueble. Los estantes de la pared habían desaparecido; en su lugar, una pintada que rezaba «derramaremos la sangre de quienes nos arrebataron la libertad; despojaremos de toda cordura a aquellos que se adueñaron de nuestras mentes»

    De repente, como flashbacks, comenzaron a venirme imágenes a la cabeza. Retratos de algo que parecía una prisión, aunque también se asemejaba a un sanatorio. Imágenes de puertas metálicas, barrotes, paredes acolchadas, camillas… todas ellas se agolpaban en mi cabeza. Y entonces abrí los ojos.

    Miré a mi alrededor. Aquello ya no era el salón, sino una sala con sillas rotas. Las manchas marrones, que ahora sin dudar identificaba como sangre, manchaban todo lo que se encontraba al alcance de mi vista. Empecé a recordar; aquello era la sala de reuniones, donde se realizaba terapia grupal.

    Me sentía como un pobre e indefenso cachorro al que expulsan a patadas del hogar en el que ha pasado sus primeros meses y se ve en la calle. La congoja, el miedo, eran indescriptibles.

    A medida que avanzaba hacia el portón principal, iba asumiendo la nueva realidad. Pasé por delante de la recepción, al fondo reconocí la farmacia, donde cada mañana me facilitaban el cóctel responsable de mi felicidad, los andamios de ese mundo, mi mundo, que se acababa de derrumbar.

    Mientras comenzaba a abrir los cerrojos del portón principal del sanatorio, seguían brotando en mi mente vívidos recuerdos de la tragedia ocurrida en aquellas instalaciones, tiempo atrás…


    [center]***[/center]

    El motín se gestó a lo largo de varios meses. Debo reconocer que el cabecilla era un tipo extraordinariamente inteligente. Quizás lo encerraron por sus tendencias criminales o su peligrosa inestabilidad emocional, pero estaba fuera de toda duda que su cociente intelectual era extraordinario.


    Aquel día, el día del motín, los empleados de la institución nos organizaron una cena, en la que además nos habían preparado pequeños regalos para algunos reclusos. Era la cena de nochebuena. Yo aguardaba con especial ilusión la tarta, llevaba bastante tiempo sin llevarme un dulce a la boca. Pero antes siquiera de poderme llevar a la boca el delicioso pastel, todo se tiñó de rojo.

    No pude contemplar con claridad qué ocurrió, pero pude ver entre el gentío cómo algunos reclusos tomaban rehenes para abrir las puertas de seguridad, cómo degollaban a los celadores cuando ya no les eran de utilidad, y cómo acorralaron en la sala de terapia de grupo a los doctores y el personal de la institución que quedaba con vida.

    Quizá nunca sabré de dónde salieron tantas armas, pero puedo dar fe de que las usaron con bastante destreza. La orgía de sangre llegó a su cénit en aquella sala, en la que aparentemente no dejaron un solo hombre cuerdo con vida. La sangre, oscura, formaba charcos que se iban volviendo espesos y viscosos por el efecto de la coagulación.

    Uno de los reclusos tomó un spray y se sirvió del mismo para escribir en la pared una inspirada frase, que sigo preguntándome si fue fruto de la inspiración del momento, o por el contrario la llevaba preparada desde el primer día que comenzaron a gestar la gran matanza.

    Entre el montón de cuerpos del centro de la sala, observé quedaba alguien con vida. Era Hermann, un enfermero que se encargaba de traerme la comida a la celda. Siempre que podía, me incluía alguna de esas galletas saladas que tanto me gustaban. Algunas noches, si había poca vigilancia, me permitía salir para ver el partido de los viernes. Era un buen hombre.

    Uno de los reclusos se percató de que Hermann seguía con su aterrada mirada los acontecimientos. Y aunque cubierto por varios cuerpos inmóviles, y con la cara cubierta de sangre, hizo ademán de levantarse. Pero era inútil, no había más salida que la muerte. Un par de reclusos hicieron levantarse a Hermann, y se lo llevaron al sótano por las escaleras del fondo. Nunca más volví a verle. Hasta ayer.


    [center]***[/center]

    Por fin, las enormes puertas metálicas de la entrada cedían, no sin bastante dificultad debido al estado de oxidación de las las bisagras. El frío viento penetró con una fuerte ráfaga que me empujó hacia dentro; era como si alguien me estuviera animando a quedarme en aquel refugio.

    Pero ya nada me retenía. No había razón para permanecer allí. La felicidad sintética que me mantenía preso en aquel lugar se había agotado. Y es que hasta la rebotica más generosa tiene una capacidad limitada.

    Al salir al exterior, pude comprobar cómo habían cambiado las cosas, la nueva realidad se presentaba ante mí. A lo lejos, la ciudad se dibujaba bajo una enorme Luna. Ya no quedaba rastro de aquel interminable manto verde. Los grandes edificios se perfilaban contra su blanca e impresionante faz, mientras desde varias azoteas, potentes focos proyectaban su luz hacia el cielo, formando haces que se movían, danzaban, de izquierda a derecha. El misterio había sido por fin resuelto.

    Giré la vista hacia atrás, hacia el lugar en el que había pasado tanto tiempo resguardado, latente, esperando despertar. Arriba, un rótulo de grandes letras rezaba «Arkham Asylum».

    Entonces emprendí con resolución el camino a la ciudad.


    Antes de acabar, me permito felicitar a la web por este concursazo.
    Espero que no hiciese falta poner el usuario de Anait para participar, porque lo mandé con mi nombre real xD

    Un saludo.

    [/spoiler]

    Fuck, ¿Este relato era el tuyo? Pues oye, con sus defectos -que los tiene- me pareció original.
  • equis y ceta
    equis y ceta, 09/01/2013 @frank_harbinger, Principiante Offline
    ¡Acordaos de hacer un certamen de dibujo también!
  • electroduende
    electroduende, 09/01/2013 @electroduende, Principiante Offline
    Bueno, ya sabía yo que con Marcus como protagonista no me iba a comer ni un Roscón de Vino... XD Aquí va mi relato para quién le pueda interesar... enhorabuena y felicidades al afortunado ganador! <!-- s;) --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_wink.gif" alt=";)" title="Wink" /><!-- s;) -->

    Spoiler:
    EN EL PORTAL DE BELEN HAY UN THERON, UN DRON, Y UN BRUMAK
    (por El Electroduende)

    - ¡No me jodas Carmine!, ¡Repíteme las órdenes!

    El soldado Carmine intentó ver en la cara de aquel hombre curtido en mil batallas un atisbo de la incredulidad que sugerían sus palabras, pero lo cierto era que, ya estuviera en mitad de un combate, plantando un pino en medio de la ciudad de Ephyra, u observando como su padre la palmaba por abusar de las vacunas, nunca le había visto cambiar la expresión de su rostro. Por eso no le resultaba extraño que a Marcus Fénix, por fuera de la patrulla Delta, se le conociera como ‘el Steven Seagal del planeta Sera’.

    - ¡Las órdenes son claras!, ¡tenemos que ir a Belén, y despejarlo de Locust! – confirmó Kenny Carmine al tiempo que bloqueaba el seguro de la sierra de su Lancer tras habérsele puesto en marcha de forma accidental.

    - ¿Pero no habíamos terminado ya con esos bichos, joder? – preguntó Marcus.

    - Si, eso fue antes… bueno, después… El caso es que estamos en una precuela del Gears of War 3. Échale la culpa a Cliff Bleszinski. – dijo el hombre rubio que, a falta de unas Ray-Ban, usaba unas gafas protectoras a modo de casco.

    - ¿Y porque no me habéis informado antes de la situación? – preguntó Marcus extrañado, aunque nuevamente no se le notara por la expresión de su rostro.

    - Porque no existe un video prerenderizado, ni una animación realizada con el motor del juego, que sirva de nexo narrativo entre los diferentes niveles. Los plazos de producción son cada vez más cortos Marcus. Por no poner, no han puesto ni un tutorial que explique el control del mando, aunque total, ahora todos los sistemas de cobertura de los juegos de acción funcionan como el nuestro. – dijo otro fornido soldado que llevaba puesto un pañuelo a prueba de mocos como casco antibalas.

    - Bueno, da igual Agusto. Somos Gears, y nos comemos las INTROS con patatas. ¿Acaso hay una introducción para el modo HORDA?, ¡no! Así que cumpliremos con las órdenes encomendadas y seguiremos como siempre el sendero acotado por vehículos chamuscados, puertas selladas, y objetos inamovibles que los diseñadores de niveles colocan disimuladamente para que no nos desviemos de nuestro camino.

    - Esto… eso va a ser un poco complicado Marcus. Ahora estamos en un Sandbox. Y por cierto, preferiría que siguieras llamándome Cole.

    - ¿Qué?, ¿nos han cambiado también de género? – preguntó Marcus confuso, aunque no lo pareciera.

    - ¡Imposible! ¡yo no noto nada diferente Marcus! – dijo Dominic Santiago al tiempo que se manoseaba las partes y recordaba a su mujer con nombre de galleta.

    - No Dom, no me refiero a ese tipo de género… ¿Y como coño se creen que vamos a encontrar nuestro destino, eh?

    - El Alto Mando dice que debemos seguir la estrella de oriente, esa tan gordota que brilla en el cielo – le aclaró Carmine.

    - ¡Eso es la Luna, gilipollas! ¿no podían poner una señal en el puto mapa como hacen todos los desarrolladores? – objetó Marcus con evidente, para sus adentros, frustración.

    - Es la moda Marcus, lo hacen para asemejar la dificultad a la de los juegos indies que están en alza con tanto crowdfunding. – contestó nuevamente Augustus Cole.

    - Está bien, subamos a un Armadillo, y quememos ruedas. Enseñémosle al mundo entero que las fases con vehículos no están sólo de relleno o para darle variedad a los juegos.

    - No hace falta Marcus, ya hemos llegado. – le aclaró Cole.

    - ¿¡Cómo!?… ¿cómo que hemos llegado ya?… ¿estás de coña o que? – atinó a decir Marcus mientras observaba como ahora su alrededor se encontraba lleno de dunas de arena y a lo lejos divisaba una pequeña casa rural con un gran letrero de Neón, ‘Hostal Portal de Belén’, que se iluminaba alternándose entre un estridente color cian y otro fucsia.

    - Es que han puesto un modo ‘viajar rápido’ para la gente que se queja de los desplazamientos largos en este tipo de juegos.

    - Joder con los cambios. ¿Y quiénes son esos? – exclamó Marcus al ver unas sombras que se aproximaban sigilosas por la arena, tres figuras montadas sobre animales.

    - ¡Son los Nazgul! ¡Lo sé! ¡Los he visto en las pelis de El Señor de los Anillos! – dijo Dom un tanto acojonado - ¡pagareis por lo que le hicisteis a mi querida María!

    - ¿María?, ¡la única María que vas a hacer pagar es la que te fumas, desgraciao! ¡Si son los Tres Reyes Magos! – le esclareció Cole.

    - ¡Ni de coña! ¡Eso son cuentos! ¡Son Reavers! ¡Disparad! – exclamó Baird.

    - ¡Joder Baird! ¡quítate esas gafas, que tienes los cristales hechos con el fondo de una botella de Coca-Cola de 350ml y por eso jamás distinguiste un codo de un culo en el programa de El Hormiguero! – respondió Cole en un vano intento por tranquilizar a sus compañeros.

    - Baird tiene razón – dijo Marcus – como mi padre Adam Jonathon decía: “Tiran más dos tetas de mujer, que dos granadas y un Lancer.”

    - ¿Y eso que tiene que ver con todo esto? – preguntó Carmine sin llegar a comprender el significado de aquel proverbio familiar.

    - ¿Ves por aquí alguna mujer cerca? – le inquirió Marcus.

    - No – respondió el soldado perplejo.

    - ¡Pues usa las granadas y dispara, gilipollas! – le ordenó Marcus de forma tajante.

    El imberbe e inexperimentado soldado acató con premura las órdenes cogiendo con una mano la granada de fragmentación que llevaba al costado y lanzándola con inusitada fuerza, pero con tan mala puntería que rebotó en su propio casco para caer a sus pies. Por fortuna, Cole, acostumbrado a patear balones de fútbol americano, le dio un puntapié a tiempo para arrojarla junto a las sombras segundos antes de que la granada estallara en mil pedazos.

    Fue entonces cuando el cielo se cubrió con una lluvia de confeti multicolor formado por trizas de papel de regalo, plásticos, maderas, cartón, metal, látex, telas, y algún que otro trozo de carne o material sin identificar.

    - ¡Logro desbloqueado! – gritó Cole mientras observaba como un objeto dorado y cilíndrico caía rodando por la arena hasta detenerse cerca de una de las botas de Marcus.

    - ¡Una corona!… a ver si va a ser verdad que pertenece a… - dijo Marcus dubitativo, a pesar de que nadie vislumbraba signo alguno de duda en su cara.

    - …un Rey Mago… …jo, puta… - se escuchó a través de un hilillo de voz proveniente de un amasijo de restos chamuscados y pata de camello asada. - Lo sien… to Marcus… te has portado… ‘mu’ malamente… que digo mal… eres un cabrón… olvídate de… recibir… la Cortana… que nos pe… diste en tu carta… para el… 6 de Enero… Atentamente… Melchor… Posdata… no pienso… compraros un season pass… en la vida…

    - ¿Cómo? ¿que me he quedado sin regalo de Reyes? ¡Por qué a mí! ¡Por qué! ¡POR QUE! ¿Qué voy a hacer ahora? – y por primera vez Marcus lloró, aunque fuera por toda la arena que la explosión le había metido en los ojos. – Si el Jefe Maestro tiene una, ¿por qué yo no puedo?

    - Déjalo Marcus. Da igual. El año que viene se la pides a Papá Noel. No vale la pena permanecer más tiempo aquí. Además, Baird ya se ha hecho cargo de los cuerpos.

    - ¿Les ha dado cristiana sepultura? – preguntó Carmine confuso.

    - No, les he quitado todas las joyas, gemas, y coronas, y le he arrancado los dientes dorados y el piercing de la nariz a Baltasar. Anda que no me voy a dar a conocer en los ‘Compro Oro’ de mi barrio. – Dijo Baird sonriente con las manos colmadas de objetos brillantes y metálicos.

    - Tienes razón, Agusto. ¡Carmine!, llama a los del servicio de Inteligencia y que te digan todo lo que sepan sobre el portal. – ordenó Marcus reponiéndose ante tan trágico incidente.

    - Ok, Marcus. – Dijo al tiempo que se acercaba los dedos índice y corazón al ‘tronco’ de su oreja (nota del autor: De todos es sabido que las uñas de los Gears disponen de cobertura 9G multibanda y funcionan bajo Android Pantumaca 28.3. Y si no lo sabéis, ya os lo he dicho yo) - Me informan que se trata de un videojuego de lógica en primera persona para un solo jugador desarrollado por Valve Corporation. Se centra en el Aperture Science Handheld Portal Device, más comúnmente conocido por mis colegas como ASHPD, un dispositivo manual que crea portales en superficies planas, permitiendo viajes…

    - ¡Ese no, joder! ¡Me refiero al Portal de Belén, no al videojuego! ¡Quiero saber lo que hay dentro de ‘ese’ jodido portal!

    - Vale, vale, un momento. – masculló mientras volvía a acercarse los dedos al oído. – Según los de Inteligencia en el portal de Belén hay estrellas, sol y luna, la virgen y San José, y el Niño que está en la Cuna. Además, dicen que un tal Ratzinger les ha confirmado que lo del buey y la mula es una leyenda urbana.

    - ¡Joder!, ¿es que no pueden programar una IA aliada en condiciones? ¡Me refiero a los Locust!, los L-O-C-U-S-T. A que por satélite, es decir, activando el modo cámara, te indiquen el número de unidades enemigas y su ubicación. ¿No has participado nunca en un multijugador o que?

    - Esta bien, esta bien, ya lo pillo. No soy tonto. Pero me temo que en este sentido nadie de Inteligencia puede ayudarte, los banearon a todos por tener a Prescott desbloqueado con solo 4 partidas jugadas. – comentó Carmine mientras evitaba por unos escasos milímetros cortarse con la afilada dentadura de uno de los camellos muertos.

    - ¡Hasta la punta del Gnasher me tiene este juego!, ¡entremos y punto! Ya nada puede detener… - y un ruido perturbador retumbó en los oídos de los cinco Gears con un ‘Pom Pom Ropompom’ - ¿qué ha sido eso? – preguntó Marcus preocupado, aunque con la misma cara de siempre.

    - Es el sonido que se activa cuando encontramos un objeto oculto. Como estamos en Navidad lo han cambiado por un mp3 de ‘El Tamborilero’. Pero tranquilo, es sólo instrumental y no la versión cantada por Raphael. – le explicó Cole.

    - Entonces, ¿has encontrado una medalla Gears? – le preguntó Marcus a Cole.

    – No, las han sustituido por muñequitos de Belén, este es uno de esos que van con el culo fuera. – le respondió el exjugador de fútbol Americano.

    - Joder, ya podrían esconder polvorones, que estos de Epic son de la Cofradía de ‘La Virgen del Puño Cerrado’ y en Navidad no te regalan ni una cesta. - confesó Damon Baird apenado.

    - ¡No perdamos más el tiempo!, ¡que alguien machaque el botón azul del mando y me ayude a abrir esta jodida puerta! – exclamó Marcus que, en compañía de Dom, conseguía dejar la entrada del portal abierta de par en par.

    - ¡La virgen! – gritó Cole al contemplar el interior.

    - Si, esa soy yo – dijo una joven mujer ataviada con una túnica y con pintas de habérselo montado con el Espíritu Santo (Nota del autor: Si la dejó embarazada tan santo no debía ser, digo yo).

    – No, digo la virgen como expresión de sorpresa. No me esperaba ver en un espacio tan reducido a un Theron, un Dron, ¡y un Brumak!

    -¡Dios, como me recuerda todo esto a mi mujer! – murmuró Dom entre sollozos.

    - Lo entiendo, - dijo Baird poniendo una comprensiva mano sobre su hombro – un niño pequeño, una mujer hermosa llamada María…

    - No, lo digo por la mula. Mi mujer tampoco se depilaba las piernas, ¿sabes? – le aclaró Dom.

    - ¡Dejaos de historias!, y ¡vosotros!, ¡entregadnos a Jesusito! – exigió Marcus.

    - ¡No! – bramó el Theron que lo apresaba - ¡el niño es mío!

    - ¡No! ¡el niño es mío! – respondió Marcus.

    - ¡No! ¡el niño es mío! – volvió a insistir el Theron.

    - ¡No! ¡el niño es mío! – gritó San José.

    - ¿Estás seguro de eso Pepe? – le recordó la Virgen María

    - ¡Quietos! ¿No veis lo que está pasando aquí? – interrumpió Cole.

    - ¿Que estamos presenciando el primer sorteo del Niño? – preguntó Dom.

    - No, me refiero a que es Navidad, una época para la reflexión, la paz, el amor, y no para la guerra. ¿Qué ejemplo le estamos dando a los jugador… - lo interrumpió el sonido del metal rechinando entre los huesos y la carne cuando a Kenny Carmine le dio por apoyarse en la mesa donde San José, reconocido carpintero de prestigio, había dejado enchufada su máquina de serrar.

    - ¡Han matado a Kenny!, ¡hijos de puta! – rugió Baird.

    Una riada de balas surgió de sus armas abarcando todas las direcciones, acompañada de una buena cantidad de explosiones. Y así fue como, según EPIC, se ‘armó’ el primer Belén de la historia, aunque ésta no concuerde, por pequeños matices, con lo referido en la Biblia.


    Saludos!
  • lnvisible
    lnvisible, 09/01/2013 @vincent, Principiante Offline
    De nuevo daros las gracias por al equipo de AnaitGames por crear el concurso y dejarnos la oportunidad de participar, confío que se vuelvan a repetir en un futuro próximo y estaré encantado de participar.

  • Sephirot's blade
    Sephirot's blade, 09/01/2013 @sephirots_blade, n00b RAGE Online
    @guybrush dijo:
    @sephirots_blade dijo:
    Spoiler:
    Bueno, pues me complace compartir con todos vosotros mi relato.
    Sé que el nivel es alto, así que disculpadme si el texto tiene fallos en la forma. Creo que mi idea hubiera ganado muchos enteros escrita por alguien con mayores habilidades literarias, pero hey!, es lo que hay. Y creedme, me he esforzado en dejarlo lo mejor posible.

    Gracias a la elaboración de este texto he vuelto a reencontrarme con el placer de imaginar, de crear una historia. Y también gracias a su escritura, he reparado en lo tremendamente complicado que resulta narrar desde la perspectiva del delirio y la alucinación (del personaje, claro está;). Como autocrítica, diré que creo que no lo he logrado. Pero estuvo bien intentarlo.

    Asimismo, añado que si alguien observa fallos evidentes en la redacción, no faltas ortográficas sino fallos en la estructura, repetición de frases, estilo, o narrativa, le estaré tremendamente agradecido en que así me lo comunique, bien por MP, bien aquí mismo, o cualquier otro medio.

    Así que sin más dilación, dejo mi texto titulado "El Despertar".

    [spoiler][center]El despertar[/center]

    19 de diciembre

    La ventisca azotaba las copas de los árboles, y la visión del horizonte se enturbiaba por culpa de la intensa nevada. A través del grueso y ligeramente deformado vidrio de la ventana se podía contemplar el temporal. Ahí fuera, en la inhóspita estepa, sería difícil sobrevivir en días como estos. Días en los que las temperaturas son más bajas, días en los que el horizonte está, cada vez, más difuso y emborronado por la perenne niebla. La sensación de aislamiento crecía con cada Navidad que pasaba.

    A pesar de la calidez del titánico castillo, a pesar de la felicidad que, de un modo extraño y desconcertante, impregnaba cada pared, cada muro, cada bloque de granito, la tristeza comenzaba a materializarse cada vez con mayor frecuencia.

    Algo llevaba sucediendo desde hacía un tiempo en el castillo… Algo estaba cambiando.

    21 de diciembre

    Tal como sucedía todos los años, hoy tocaba emplazar y adornar el abeto. Sin más ayuda que mis propias manos, comencé a levantar el gran árbol que presidiría el salón principal de la planta baja. A unos tres metros de la hoguera. Luego, comencé a cubrirlo con esas hermosas luces que con cariño guardaba desde hace años.

    Sin poder evitarlo, comencé a recordar cómo jugaba con los adornos siendo niño. Cómo, en más de una ocasión, rompí por accidente una de esas preciosas bolas de navidad. A pesar del enfado de mi madre ante tal acontecimiento, me era imposible no recordar con verdadera añoranza aquella situación. Nostalgia, una palabra que se queda corta en estos casos.





    25 de diciembre

    Pasaron los días pre-navideños sin sobresaltos. A decir verdad, la vida en el castillo había sido siempre cómoda y grata. Hasta esas Navidades, nada insólito o inesperado había sucedido entre aquellas gruesas, impenetrables paredes. Como todos los días, aquel 25 de diciembre comenzó con las rutinas diarias. Sin embargo, algo estaba a punto de suceder. Algo que cambiaría mi mundo, para siempre.


    Llegué a mi amplio despacho situado en la primera planta del ala Este. Desde allí podía disfrutar del hermoso amanecer, acompañado de una gloriosa taza de chocolate caliente. Mi propósito aquel día era documentarme acerca de ciertos fenómenos meteorológicos, para poder dar respuesta a algo que venía inquietándome en los últimos días: tras la espesa niebla, que impedía ver más allá de un kilómetro a la redonda, se insinuaban unos extraños rayos de luz que se movían de una forma rutinaria. Lo que en un principio no era más que un posible reflejo o ilusión, por su etérea naturaleza y efímera duración, se iba tornando cada noche en algo con mayor presencia.

    Últimamente, hasta se podía adivinar que los rayos de luz, de un grosor considerable, tenían un origen cerca del suelo, en algún lugar perdido en la lejanía, donde tan sólo debía haber bosque.

    El castillo, en efecto, estaba rodeado de bosque. Estaba, literalmente, perdido en un mar verde, de decenas de kilómetros cuadrados de extensión. No era posible luz alguna, que no fuera la emitida por el propio castillo.

    Dejé sobre la mesa la taza, vacía ya de goloso alimento, y me dirigí con determinación hacia la biblioteca del castillo, situada en el sótano. Debía de haber una explicación meteorológica a las extrañas luces, así como al creciente temporal.

    Bajé por las escaleras principales, llegué al salón, y busqué entre los libros de la estantería que cubría toda la pared Oeste hasta encontrar la palanca que daba acceso al sótano, para seguidamente accionarla.

    Ante mí, la chimenea y parte de la pared comenzaron a elevarse. Podía percibir cómo temblaba el suelo. Habiendo pasado en aquel castillo la totalidad de mis años, seguía, aún hoy, sin conocer el mecanismo que permitía levantar una pared de roca maciza.

    Finalmente asomó entre las sombras la escalerilla de madera que conducía al sótano, y con decisión bajé, adentrándome en aquella oscura estancia, que durante largo tiempo había permanecido cerrara.

    Cuando prendí la luz me llevé la primera sorpresa. La lámpara que iluminaba la estancia tenía algo extraño. Fijada en el techo con clavos, se encontraba resguardada por una rejilla de hierro oxidado. Definitivamente llevaba mucho sin bajar. Todo resultaba extraño, aunque familiar al mismo tiempo. En el ambiente, un olor extraño se adueñaba de todo el protagonismo. No era sólo olor a libro viejo, no. Había algo más.

    Avancé por la sala, dirigiéndome a la sección de ciencias naturales. Pasé por diversos estantes. Me detuve al ver el Manuscrito Voynich; había olvidado lo mucho que le costó a mi familia hacerse con él. Sentía verdadera fascinación por aquel libro, cuyas quebradizas hojas evidenciaban el paso del tiempo; su texto indescifrable se alternaba con unas explícitas imágenes que a pocos estudiosos han dejado indiferente.

    Todo parecía indicar que me encontraba cerca de la sección de ciencias, cuando de pronto, vislumbré algo al fondo del pasillo que hizo que mi corazón diera un vuelco: un cadáver en un avanzadísimo estado de descomposición yacía en el suelo. Se me cayó de las manos el códice, y sin poder reaccionar, inmóvil por el pánico, experimenté los segundos más largos de mi vida.

    Mis pasos resonaron en las paredes de la claustrofóbica sala. A través de los estrechos pasillos que formaban las estanterías era complicado correr, pero el miedo me movía a una velocidad tal que cuando quise darme cuenta ya me encontraba en el salón de nuevo, tirando de la palanca para cerrar el sótano. Y sólo cuando hube recobrado la calma, empecé a reparar en los cambios que había sufrido la estancia.


    ¿Dónde me encontraba? Tras el árbol de Navidad, los rayos del Sol se filtraban a través de unas extrañas rejas, que nunca habían formado parte del castillo. Ahora se encontraban en todas y cada una de las ventanas del salón. En ellas, forjadas en hierro, las letras A.A. se podían leer.

    Del suelo había desaparecido la magnifica y esplendorosa alfombra con el escudo familiar. En su lugar, la fría piedra. Tan fría, que me percaté en ese momento de que iba descalzo. ¿Dónde estaban mis zapatos? ¿Los había perdido subiendo las escaleras? No lo recordaba con claridad.

    Superado por los acontecimientos, comenzaba a sentir una fuerte presión en mi pecho. Me dirigí de forma apresurada a comprobar la entrada principal del castillo; estaba bien cerrada, como de costumbre. No alcanzaba a recordar cuándo fue la última vez que la vi abierta. Puse en ese momento rumbo a mi alcoba, en la primera planta. Necesitaba descansar.

    Cuando llegué a la escalera me sentí aliviado al ver que su apariencia era la de siempre; la mullida alfombra, que suavizaba los angulosos escalones de mármol, recibía con benevolencia y calidez a mis descalzos pies. «Necesito calmarme para averiguar qué ha pasado», intenté convencerme, mientras me dirigía al baño en busca del bote de tranquilizantes.

    26 de diciembre

    Empapado en un sudor frío, me desperté. Eran las tres de la madrugada. A través de la ventana, la Luna iluminaba la alcoba con su pálida luz. En la silueta que dibujaban las sombras, ni rastro de rejas. Posiblemente había sido todo una pesadilla. De lo que no había duda, desde luego, era de que las pastillas habían llevado a cabo su trabajo de una manera altamente efectiva.

    Fue entonces cuando me fijé en la puerta de mi habitación. Ni rastro de la puerta de caoba con su ornamentación tallada. En su lugar, una hoja de hierro oxidado con un ventanuco de apenas veinte centímetros por lado.
    ¿Qué estaba ocurriendo? ¿me había pasado con el barbital? ¿Seguía en la pesadilla? ¿De quién era el cuerpo putrefacto del sótano?

    Al encender la luz, observé que la lámpara de mi alcoba también había cambiado. Ahora era como la del sótano o la del salón, con esa rejilla tan característica. Gran parte de los muebles habían desaparecido, y la cama, mi cama, no era la misma. Era una cama metálica, con un colchón bastante espartano. ¿Quién estaba convirtiendo el castillo en una inquietante prisión? Irónica pregunta la que me hice en aquel momento.

    Las siguientes horas las pasé vagando por los pasillos del castillo, dando tumbos, con la visión aún algo borrosa por los efectos de las drogas. Cuanto más exploraba el castillo, menos lo reconocía. El suelo se sentía frío sin el enmoquetado, que había desaparecido. Las rejas cubrían ahora cada una de las ventanas del corredor Oeste, todas ellas con una forma muy intimidatoria, exhibiendo las particulares siglas A.A.

    Me detuve ante una de las ventanas. Algo iba espeluznantemente mal dentro del castillo, pero ¿Y fuera? En ese momento, y sin mucho esfuerzo, vi los haces de luz en el exterior. Esta noche eran especialmente nítidos y visibles. En ese momento lo vi bastante claro: La luz provenía de potentes cañones situados en la distancia, que proyectaban su luz hacia el firmamento; la densa niebla y las nubes se encargaban de revelar la trayectoria de esos haces luminosos. Pero aquello, además de surrealista, era imposible, pues allí no había más que bosque; o al menos, así debía ser. Nada parecía tener ya lógica. Era el momento de salir al exterior. O eso, o seguir drogándose.

    Cuando bajé las escaleras hasta la planta baja, ésta mostraba un aspecto bastante hostil. Aquello, sin lugar a dudas, no era ya mi hogar. El suelo estaba cubierto por unas manchas resecas, de color marrón oscuro. También las paredes evidenciaban salpicaduras de lo que fuera que se derramó allí.

    Con cuatro zancadas me planté en el salón. Estaba irreconocible, desprovisto de cualquier tipo de mueble. Los estantes de la pared habían desaparecido; en su lugar, una pintada que rezaba «derramaremos la sangre de quienes nos arrebataron la libertad; despojaremos de toda cordura a aquellos que se adueñaron de nuestras mentes»

    De repente, como flashbacks, comenzaron a venirme imágenes a la cabeza. Retratos de algo que parecía una prisión, aunque también se asemejaba a un sanatorio. Imágenes de puertas metálicas, barrotes, paredes acolchadas, camillas… todas ellas se agolpaban en mi cabeza. Y entonces abrí los ojos.

    Miré a mi alrededor. Aquello ya no era el salón, sino una sala con sillas rotas. Las manchas marrones, que ahora sin dudar identificaba como sangre, manchaban todo lo que se encontraba al alcance de mi vista. Empecé a recordar; aquello era la sala de reuniones, donde se realizaba terapia grupal.

    Me sentía como un pobre e indefenso cachorro al que expulsan a patadas del hogar en el que ha pasado sus primeros meses y se ve en la calle. La congoja, el miedo, eran indescriptibles.

    A medida que avanzaba hacia el portón principal, iba asumiendo la nueva realidad. Pasé por delante de la recepción, al fondo reconocí la farmacia, donde cada mañana me facilitaban el cóctel responsable de mi felicidad, los andamios de ese mundo, mi mundo, que se acababa de derrumbar.

    Mientras comenzaba a abrir los cerrojos del portón principal del sanatorio, seguían brotando en mi mente vívidos recuerdos de la tragedia ocurrida en aquellas instalaciones, tiempo atrás…


    [center]***[/center]

    El motín se gestó a lo largo de varios meses. Debo reconocer que el cabecilla era un tipo extraordinariamente inteligente. Quizás lo encerraron por sus tendencias criminales o su peligrosa inestabilidad emocional, pero estaba fuera de toda duda que su cociente intelectual era extraordinario.


    Aquel día, el día del motín, los empleados de la institución nos organizaron una cena, en la que además nos habían preparado pequeños regalos para algunos reclusos. Era la cena de nochebuena. Yo aguardaba con especial ilusión la tarta, llevaba bastante tiempo sin llevarme un dulce a la boca. Pero antes siquiera de poderme llevar a la boca el delicioso pastel, todo se tiñó de rojo.

    No pude contemplar con claridad qué ocurrió, pero pude ver entre el gentío cómo algunos reclusos tomaban rehenes para abrir las puertas de seguridad, cómo degollaban a los celadores cuando ya no les eran de utilidad, y cómo acorralaron en la sala de terapia de grupo a los doctores y el personal de la institución que quedaba con vida.

    Quizá nunca sabré de dónde salieron tantas armas, pero puedo dar fe de que las usaron con bastante destreza. La orgía de sangre llegó a su cénit en aquella sala, en la que aparentemente no dejaron un solo hombre cuerdo con vida. La sangre, oscura, formaba charcos que se iban volviendo espesos y viscosos por el efecto de la coagulación.

    Uno de los reclusos tomó un spray y se sirvió del mismo para escribir en la pared una inspirada frase, que sigo preguntándome si fue fruto de la inspiración del momento, o por el contrario la llevaba preparada desde el primer día que comenzaron a gestar la gran matanza.

    Entre el montón de cuerpos del centro de la sala, observé quedaba alguien con vida. Era Hermann, un enfermero que se encargaba de traerme la comida a la celda. Siempre que podía, me incluía alguna de esas galletas saladas que tanto me gustaban. Algunas noches, si había poca vigilancia, me permitía salir para ver el partido de los viernes. Era un buen hombre.

    Uno de los reclusos se percató de que Hermann seguía con su aterrada mirada los acontecimientos. Y aunque cubierto por varios cuerpos inmóviles, y con la cara cubierta de sangre, hizo ademán de levantarse. Pero era inútil, no había más salida que la muerte. Un par de reclusos hicieron levantarse a Hermann, y se lo llevaron al sótano por las escaleras del fondo. Nunca más volví a verle. Hasta ayer.


    [center]***[/center]

    Por fin, las enormes puertas metálicas de la entrada cedían, no sin bastante dificultad debido al estado de oxidación de las las bisagras. El frío viento penetró con una fuerte ráfaga que me empujó hacia dentro; era como si alguien me estuviera animando a quedarme en aquel refugio.

    Pero ya nada me retenía. No había razón para permanecer allí. La felicidad sintética que me mantenía preso en aquel lugar se había agotado. Y es que hasta la rebotica más generosa tiene una capacidad limitada.

    Al salir al exterior, pude comprobar cómo habían cambiado las cosas, la nueva realidad se presentaba ante mí. A lo lejos, la ciudad se dibujaba bajo una enorme Luna. Ya no quedaba rastro de aquel interminable manto verde. Los grandes edificios se perfilaban contra su blanca e impresionante faz, mientras desde varias azoteas, potentes focos proyectaban su luz hacia el cielo, formando haces que se movían, danzaban, de izquierda a derecha. El misterio había sido por fin resuelto.

    Giré la vista hacia atrás, hacia el lugar en el que había pasado tanto tiempo resguardado, latente, esperando despertar. Arriba, un rótulo de grandes letras rezaba «Arkham Asylum».

    Entonces emprendí con resolución el camino a la ciudad.


    Antes de acabar, me permito felicitar a la web por este concursazo.
    Espero que no hiciese falta poner el usuario de Anait para participar, porque lo mandé con mi nombre real xD

    Un saludo.


    Fuck, ¿Este relato era el tuyo? Pues oye, con sus defectos -que los tiene- me pareció original.

    Espero que algún día me digas cuales son esos defectos y cómo ir corrigiéndolos, que aunque no soy hombre de letras, me gusta escribir (aunque hacía años que no me ponía a ello) y hacerlo mejor cada día <!-- s;) --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_wink.gif" alt=";)" title="Wink" /><!-- s;) -->

    Y bueno, yo es que imaginación tengo para parar un tren xD

    Gracias man.
  • Hallenbeck
    Hallenbeck, 10/01/2013 @hallenbeck, Principiante Online
    Señor @sephirots_blade, un relato cojonudérrimo, la verdad. Empiezo a leer los que se han colgado y el primero que leo está ambientado en Arkham. ¡Chapeau! <!-- s:bravo: --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/eusa_clap.gif" alt=":bravo:" title="Eres un crack" /><!-- s:bravo: -->
  • Sephirot's blade
    Sephirot's blade, 10/01/2013 @sephirots_blade, n00b RAGE Online
    Joder, que eso me lo diga el ganador me halaga aún más <!-- s:oops: --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_redface.gif" alt=":oops:" title="Embarassed" /><!-- s:oops: -->
    Pero pon el spoiler oculto hombre!

    Gracias @hallenbeck <!-- s;) --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_wink.gif" alt=";)" title="Wink" /><!-- s;) -->

    ¿Qué voy a decir que no hayan dicho ya de tu relato?
    Admiro la forma en la que retratas la atmósfera del relato, muy bien lograda <!-- s:) --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/icon_smile.gif" alt=":)" title="Smile" /><!-- s:) -->
  • Odiominickname
    Odiominickname, 11/01/2013 @cuerdoloco, Principiante Offline
    Pues ahi va el mio!
    Es la version 2.0 o algo, basicamente algunas correciones que acabo de hacer ahora mismito del tiron y un parrafo de 6 lineas que se quedo fuera de la version que envie.
    Cada spoiler se corresponde a una pagina, lastima que quede mal respecto al encuadre que le intente ir dando en el word <!-- sWOHT --><img src="http://www.anaitgames.com/img/foro/slowposer.gif" alt="WOHT" title="pose" /><!-- sWOHT --> .

    Spoiler:
    GreenDay sonaba a todo volumen en el coche, rumbo a SnowGuffin, una pequeña ciudad de ambiente rural, cercana a la reserva india de Rosebud. La ciudad era conocida por vender los mejores árboles de navidad de todo el estado, y a eso íbamos. Consultarlo por internet fue una buena idea, buscar algo parecido en la gran ciudad habría sido una pérdida de tiempo. Además, antes de apagar el portátil pudimos comprobar que teníamos correo nuevo, de remitente desconocido. El cuerpo del mensaje era un simple enlace a una página de videojuegos. Dos cigarrillos más tarde ya había leído gran parte de su contenido reciente, que consistía básicamente en chistes sobre monos y críticas de videojuegos, puntuados del 1 al 10. No entiendo mucho de videojuegos, pero creo haber leído lo suficiente sobre cine como para saber reconocer una buena crítica. Contaba con una muy buena redacción que me hizo disfrutar leyendo aun sin saber de que estaban hablando. Pero había algo que no encajaba…
    Videojuegos, ese entretenimiento tan de moda asociado repetidamente a famosos crímenes…a la juventud le iría mejor si disfrutara de los clásicos del cine, como El beso de la pantera o El ataque de los tomates asesinos. Además, teniendo en cuenta mi último caso es lógico que no tenga una opinión demasiado buena acerca del tema…
    El trayecto hacia SnowGuffin fue fácil, a pesar de que la nieve no dejaba de precipitarse con violencia el poco trafico permitió al motor de mi Mustang rugir con libertad, de la misma manera que lo haría mi estomago minutos antes de llegar a nuestro destino, situación que ya había previsto con una bolsa de la compra esperando en el asiento del copiloto; Refrescos de soda, Piruletas, Hamburguesas de la cadena de comida rapida, Pepinillos que alivian el hambre moderadamente… nada de eso sería necesario después de que se me quitara el hambre de golpe.
    Era el cuerpo sin cabeza de lo que habría sido el jabalí más grande que yo haya visto jamás, tumbado sobre la nieve y tiñéndola de sangre. Las moscas volaban a su alrededor, como hadas del bosque intentando en vano devolver la vida al gigantesco cadáver. Un poco más hacia delante se podía ver un cartel con forma de árbol navideño: Bienvenidos a SnowGuffin.
    Era una imagen grotesca, sin ninguna duda, pero no sería lo más desagradable que veríamos ese día, verdad, Zach?

    Spoiler:
    Como ya sabes, el GPS del coche, mantiene un aumento absurdamente ajustado al llegar a una ciudad, eso hace que orientarse en un sitio desconocido sea algo imposible. No puedo creer que en el FBI no me facilitaran un GPS que funcione correctamente, quizás me lo actualicen un día de estos. O quizás Santa Claus me regale uno nuevo esta navidad. Qué opinas tú, Zach? ¿Crees que me he portado bien este año?
    Aparcamos cerca de la primera casa que encontramos; una anciana de aspecto entrañable abrió la puerta.
    -Oh, ha venido a cantar un villancico joven, que dios lo bendiga…
    -Nada de eso señora, estoy buscando la tienda de árboles navideños ¿sería usted tan amable de indicarme el camino?
    -…Oh, pero a su disfraz de santa Claus le falta algo, pase dentro, tengo turrón.
    -No voy disfrazado de Santa Claus… aunque admito que debería afeitarme.
    Llevaba mas barba de la habitual, aunque no estuviera de servicio opino que muestra muy poca higiene por nuestra parte. Tampoco llevaba corbata ni americana, solo una camisa roja. Hacia frio, pero contaba con la suficiente ropa de abrigo en el coche.
    -No sea tonto y póngase el gorro, rojo y con borla blanca, le harán descuento si va disfrazado de Santa Claus, y su disfraz es el más original que he visto nunca, solo le falta el gorro, creo que tengo uno por aquí.
    -Oh así que me harán un descuento si voy con el gorro puesto?
    -Claro, joven, esta ciudad es famosa por su gran espíritu navideño.
    El interior de la casa estaba absurdamente sobrecargado de decoración navideña, lo cual contrastaba con el aspecto de la calle, totalmente desierta de cualquier adorno propio de esas fechas. Fue casi como entrar en otro mundo. Comimos turrón mientras me indico el camino a seguir, en la tele estaban anunciando un zumo llamado Bifrutas. Lo recuerdas, Zach? ¡Ese niño se estaba bebiendo el zumo sin abrirlo previamente!


    Nos atendió un treintañero llamado Austin Eagle que decía creer en las hadas del bosque. Me sentí ridículo con el gorro puesto durante todo el trayecto; la gente con la que nos cruzábamos nos miraba con sorpresa en su rostro.
    -Así que viene de tan lejos para conseguir el mejor árbol posible, eh? Vaya, eso sí que es tener autentico espíritu navideño, muy acorde con su aspecto además.
    -Oh, nada de eso, vimos el dibujo de un árbol navideño en el café de esta mañana, así que decidimos comprar el mejor árbol que pudiésemos encontrar.

    Spoiler:
    -Vaya, así que usted hace todo lo que le dice el café, pero no cree en las hadas.
    -Nos pareció divertido, eso es todo, no me negara que es algo curioso.
    -No tan curioso, cosas raras están pasando ahora que el fin esta cerca. Respóndame a algo; porque iría disfrazado de Santa Claus alguien que no cree en la navidad?
    -¡Me dijeron que me harían descuento si venía con el gorro de Santa puesto!
    -Vaya, debió de ser la vieja Mary, ya no sabe lo que dice… en este pueblo nadie celebra la navidad, ya que una historia muy oscura rodea estas fechas. Paso en esta ciudad…
    Austin nos conto entonces como en la navidad de hace 4 años, alguien dejo huérfanos a 6 niños. El asesino entraba por la chimenea la noche del 24 de diciembre, y hacia un árbol de navidad con uno de los padres, al padre o madre restante lo troceaba y lo metía en paquetes de regalos rodeando el macabro árbol, lleno de luces y colores.
    Al año siguiente sucedió lo mismo, pero al dejar de celebrar la navidad el asesino paro.
    Vaya, Zach, parece que había un pirado cerca al que no le gusta la navidad, y nosotros hemos ido por ahí con un gorro de Santa Claus…
    Las carreteras amenazaban con ser cortadas de forma inminente por las fuertes nevadas, así que decidimos quedarnos allí. Además, parecíamos estar en el sitio que el café de esa mañana había elegido para nosotros.
    -Si va a pasar la noche aquí puedo recomendarle un par de hoteles. Además podría participar en el amigo invisible que se celebrara esta noche en la comisaria, yo también participo.
    Dentro de la comisaria la cabeza de un alce (con un esquí a cada lado de su cuello en un intento de decoración divertida) contemplaba la congregación de los que aun se atrevían a celebrar algo, aunque no fuese la navidad. Estaba la abuela Mary, El Sheriff Marston, Austin Eagle... también estaba Tom, dueño de una gasolinera, la familia Bros, con dos críos pequeños, y la familia Grinch, con un solo hijo.
    Improvise mi regalo para Tom envolviendo una lata de cola en mi gorro, además de un fajo con la cantidad de dinero acordada para el regalo, supongo que entendería que no había tenido tiempo para más.
    Había un paquete para mí, en el sobre ponía: Para Francis York Morgan. Dentro del sobre estaría la pista sobre quien me hacia el regalo.
    No debí abrir ese paquete Zach, fue realmente asqueroso, ahora cada vez que vaya a abrir uno lo hare con miedo.



    Spoiler:
    El paquete parecía un simple paquete de cartón por fuera, el clásico envoltorio para los regalos, lacito incluido. Pero por dentro debía de haber usado otro material. El caso es que las caras internas del paquete estaban forradas por tripas. Las tripas de alguna persona… formando un cubo de tripas hueco. Y en su interior, rodeado por esas paredes de carne, había un pene. El pene de alguien. No era un pene normal, estaba recubierto de una asquerosa substancia blanca, dándole un aspecto realmente enfermizo, fue algo muy sucio y perturbador.
    Mire la pista que contenía el sobre. A las 23:59 en la torre del reloj. Allí fuimos, y allí nos lo encontramos, el dueño de ese desafortunado pene era ahora un árbol de navidad.
    Estaba empalado, con la cara mirando al cielo y con la típica estrella de la navidad floreciendo de su boca. Cables con luces de colores parpadeantes rodeaban su cuerpo, bolas de colores colgaban de sus brazos. El colorido espíritu de la navidad hacia difícil ver la miseria que se escondía detrás, pero ahí estaba; no dejaba de ser el cadáver de alguien, de la víctima de un crimen. Sus piernas estaban de puntillas, y sus brazos abiertos, como venerando el sol. Como el signo de la paz invertido.
    A las 00:00 alguien hizo sonar las campanas. Hacia 3 años que esas campanas no sonaban.
    El Sheriff y su equipo acordono la zona, y abrieron los paquetes que rodeaban al macabro árbol. Contenían videojuegos. Videojuegos y un ordenador portátil manchado de sangre.
    Una vez en el hotel, intente acceder al contenido de ese ordenador, pero estaba protegido por una contraseña…
    Así que estábamos una vez más ante un caso relacionado con los videojuegos.
    Decidimos dormir un rato.
    De acuerdo Zach, reconozco que argumentar en contra de los videojuegos violentos comparándolos con las películas que he nombrado ha sido bastante gratuito, de hecho intentaba ser irónico. Pero hay algo que hace que un videojuego sea más retorcido que una mala película, sabes a lo que me refiero?
    ...
    Es una forma de verlo, pero no me refería exactamente a eso.
    Veras, es el hecho de que en el cine nosotros somos un espectador, no somos participes e incluso podemos cerrar los ojos en un momento de máxima tensión, ya sea por las escenas especialmente sangrientas o porque necesitamos evadirnos psicológicamente.
    En un videojuego no solo no puedes cerrar los ojos, muchas veces eres tu el que produce toda esa violencia de forma activa, alienado en una carnicería constante en la que tu disparas o cortas indiscriminadamente. Una locura.

    Spoiler:
    Una lámpara de araña colgaba del cielo.
    Era una habitación sin paredes, rodeada de arboles, como el claro nevado de un bosque.
    La nieve ascendía del suelo hacia el cielo, con un ritmo suave e hipnótico.
    Las manecillas del reloj giraban enloquecidamente.
    Llegue hasta allí a través de una puerta corriente, podría ser la puerta de cualquier habitación que hayas visto antes. Delante de mí había otra puerta igual.
    En el medio Austin Eagle, enfundado en unas ridículamente ajustadas mallas verdes, estaba bailando junto a un enjambre de moscas. Eran moscas de colores, pero si evitabas caer bajo el hechizo de sus llamativos colorines, podías darte cuenta de que eran igual de asquerosas que el resto de moscas negras.
    Pase de largo y cruce la puerta.
    Un jurado formado por personas tan solo vestidas con mascaras, dejando su cuerpo desnudo bajo el anonimato, me estaba esperando, cada uno de ellos puntuándome con una nota diferente. Cada uno de ellos me dijo lo que opinaba de mí, lo cual no encajaba con la nota que me ponían.
    A lo lejos, un tipo de evidente obesidad mórbida, pelo marrón, y gafas. Vestía de Papa Noel. Me dijo que no debería haberle visto aun, que los niños buenos deberían estar durmiendo. Iba montado en un trineo, el cual amarraba a un solo perro; un dálmata.
    ¿Un solo dálmata había arrastrado el trineo, con la fuerza suficiente como para transportar a ese gordo en él?
    Había algo que no encajaba.
    Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que estábamos soñando.
    Nunca más volveríamos a entrar en la habitación blanca.
    Quizás sea algo que nunca paso, después de todo.
    Pero como sueño, fue revelador.







    Spoiler:
    Lo entiendes verdad Zach? Esa página de videojuegos…
    Sus notas no se correspondían con lo que estaba escrito en sus criticas!
    Esa era la clave para acceder al portátil del asesino, debemos buscar aquellas críticas cuyas notas no se corresponden con lo que intenta transmitir la crítica.
    Sé que pensaras que nada tiene sentido, que estamos dejando cabos sueltos… pero confía en mi, debemos dejar de reflexionar sobre todo este asunto y empezar a actuar, se lo que hago.












    Afeitémonos antes de actuar, Zach, odiaría que me vuelvan a confundir con SantaClaus durante el acto final.








    Spoiler:
    -Necesito almas…
    -Por favor, suéltame…
    -NECESITO MAS ALMAS!!!
    -Puedo darte algo de humanidad, si es lo que deseas, leamos la biblia juntos, que te parece? De pequeño te encantaba.
    -Ya he encontrado la primera campana, ahora solo debo encontrar la segunda… pero voy a necesitar muchas almas si deseo conseguirlo… la vieja Mary es la persona con mas espíritu navideño de la ciudad… espíritu... alma… quizás debería ir a buscarla.
    - NO ME ESTAS ESCUCHANDO!

    -Lo oyes, Zach? deben de estar detrás de esa puerta. El mensaje llevaba razón: Gordo inminente.
    -York!
    -Vaya… crees que con entrar de un solo portazo vas a conseguir algo? Mírame bien… el yelmo que llevo me da un + 26 en defensa.
    - Eso que llevas en la cabeza? Solo es el cráneo de un jabalí anormalmente grande. Que estás haciendo? Porque agachas la cabeza? Te estás entregando?
    -Solo te estoy… saludando.
    ***
    -Tu +26 en defensa no ha servido de nada contra la potencia de mi pistola, aunque hubiese preferido no tener que apretar el gatillo…
    -Menos mal que todo ha acabado, como ha conseguido encontrarnos?
    -Pude acceder a su ordenador, el cual me llevo a una hoguera en el sótano de su casa. Una vez allí seguí los mensajes que el mismo había ido dejando escritos en el suelo. Me llevaron a través de toda la ciudad, de mensaje en mensaje. Es increíble la forma en la que las calles de esta pequeña ciudad se interconectan entre sí.
    -Si… lo pasábamos bien de pequeños, esta ciudad es el sitio perfecto para jugar a rol. Pero luego llego el ocio electrónico, y la elevada dificultad de ese juego lo volvió un marginado. Cuando su disco duro borro toda su partida se volvió loco definitivamente.
    Llevas razón, Zach. Foros de ayuda y partidas multijugador. Ese debería ser el espíritu de la navidad; ayudarnos unos a otros.
    Parece que esta vez no he necesitado tu ayuda para resolver este caso, Zach.

    Spoiler:
    Esos chavales hicieron de la biblia su propio juego de rol, era a lo que jugaban cuando eran críos. La biblia…hay gente que mata en nombre de Dios cuando ni siquiera entiende su mensaje… supongo que ser un criminal no tiene nada que ver con leer la biblia, ni tan poco con jugar a videojuegos. Vaya, veo que finalmente debo darte la razón sobre este asunto. ¿Te imaginas que crearan un videojuego sobre mis casos? Sin duda haría perder la cabeza a más de uno, no creo que pudieran soportarlo…

    Perdóname si sientes que te he dejado a medias, Zach. La resolución de todos los misterios que no te he podido explicar… los cabos sueltos… lo importante es que finalmente he podido resolver el caso, no crees?
    Pararme a reflexionar sobre todo lo que me pasó fue muy útil, pero llego un momento en el que todo encajaba y solo tuve tiempo de actuar.
    No te preocupes, seguro que en el futuro se me presentara un nuevo caso en el que necesitare tu ayuda. Y esta vez podremos resolver todos los misterios juntos.

    Ahora vayamos a poner gasolina, y luego para casa.

    -Oh, hola, se acuerda de mi? Del amigo invisible.
    -Claro, como le va Tom?

    ***

    -Entonces, se marcha ya, agente York?
    -Sí, con el depósito lleno tengo todo lo que necesito.
    -Claro,¿ le he proporcionado los renos a su trineo, eh Santa?
    -¿Otra vez? ¡Esto ya roza lo ridículo! ¡Santa Claus no tiene el pelo negro!
    -Claro que no, agente York, que tonterías dice.
    -Bueno, supongo que todos en esta zona compartís un peculiar sentido del humor que se me escapa.
    -Ho, ho, ho será eso.

    Spoiler:
    Deadly Christmas, Relato corto de 8 páginas, Fin.
  • Korut
    Korut, 12/01/2013 @korut, Usuario Online
    ¡Buenas gente! Con el nivel que hay por aquí no se puede competir xD. Les dejo el mio: un relato de cachondeo basado en Cuento de Navidad, pero con nuestro querido Bobby Kotick como protagonista.

    Spoiler:
    “... Los resultados netos de este ejercicio se encuentran actualmente en 97 billones de dólares.” Soltó un sonoro bufido mientras seguía leyendo. “Estos resultados suponen una desviación de 5 billones de dólares respecto a los resultados previstos, aunque siguen siendo unos resultados muy positivos en la actual coyuntura...” Palabras bonitas para inversores, habían ganado casi un 5% menos de lo esperado. Siguió leyendo en diagonal el resto del informe económico, pasando las páginas con escaso interés: “...menor cantidad de nuevas propiedades...” “...rendimiento por debajo de lo esperado...” “...falta de presencia en el sector de juegos sociales...” Eso ya era el colmo. Dejó el informe sobre la mesa, sacó un puro habano de un cajón, y se lo fumó lentamente reclinado en el asiento.
    - 5 billones. - Dijo en voz alta, aunque no hubiera nadie que pudiera escucharle.
    Pulsó un botón sobre su escritorio y una dulce voz femenina llenó el despacho.
    - ¿Desea algo señor Kotick? - Aunque oficialmente se le conocía como Bobby Kotick, prácticamente nadie en su empresa le llamaba por su nombre de pila.
    - Sí Clarice, tenemos que despedir a alguien.
    - ¿A alguien señor? ¿A alguien en concreto?
    - No, no sé. A alguien. Al chico ese nuevo que me trajo antes el café: habla demasiado.
    - Pero señor...
    - Y, espera también a... - Hojeó el informe de su mesa - A esos que han hecho este juego tan malo que no ha vendido ni 2 millones, Protaguay o algo así.
    - ¿Radical Entertainment, los de Prototype? Pero señor ya hicimos recorte... quiero decir, reestructuración de plantilla en junio y...
    - Pues los despedimos a todos, que estamos ganando poco, y hay que hacer más juegos de Facebook.
    - Pero señor, mañana es Nochebuena.
    - ¿Y?
    - Y... bueno, se supone que debe ser una época de alegría y fiesta...
    - Pues que monten una fiesta con los de Eurocom.
    - … Si señor.
    - ¡Ah! Clarice otra cosa, que casi me olvido. Este año la paga extra se reducirá a 5 dólares, 10 tickets restaurante y una tableta de turrón marca Hacendado.
    - Señor...
    - Va, venga, tú te puedes coger un turrón de marca buena, por ser tan eficiente. ¡Y no, no hace falta que me des las gracias! Feliz navidad y todas esas mandangas.
    Esa noche Kotick dormía intranquilo en su mansión y hablaba en sueños:
    - Que no Metzen... que tus manuales son muy largos... hay que quitarlos de las cajas... digital... digital...
    Su televisión plana de 120 pulgadas se encendió sola. Una imagen se comenzó a formar en ella. y una voz de ultratumba resonó en la habitación.
    - Kooootick, Koootick. Despierta Koootick. Tenemos que hablar Koootick.
    Kotick abrió los ojos lentamente, sin entender muy bien lo que estaba pasando. Buscó a su alrededor el orígen de la voz y cuando finalmente miró a la televisión no podía dar crédito. Un caballero medieval de melena plateada, equipado con una oscura armadura barroca aparecía en ella.
    - ¿Qué demonios...?
    - Escucha Bobby Kotick. Soy el príncipe Arthas, y tengo un mensaje para ti. - La aparición empezó a salir de la televisión y se materializó en mitad de la habitación. Kotick pensaba en lo mucho que habían mejorado las televisiones 3D. Entonces cayó en la cuenta:
    - ¡Tú eres un personaje de un jueguito de estos! El Metzen está siempre enseñándome dibujitos tuyos y dice no se qué del lado oscuro y no se cuanto de la redención y yo le digo que deje de darme la vara y que se vaya a escribir la Guerra de las Galaxias 7...
    - Calla Kotick. Llevas un rumbo equivocado, Kotick, pero todavía puedes cambiar. No dejes que el poder y la corrupción te destruyan, como me destruyeron a mi.
    - Pero qué dices, si soy rico. Y hago felices a los niñatos esos sin vida que compran mis juegos.
    - Eso no es verdad Kotick. Conviertes a los jugadores en adictos, despides equipos completos que has comprado años antes, destruyes franquicias de juegos emblemáticos, todo en nombre del dinero.
    - Pues claro, es lo que tiene hacer negocio. Por eso soy rico.
    - No escuchas Kotick. Tú te lo has buscado: A lo largo del día de mañana recibirás la visita de tres personajes de juegos. Al llegar la noche lo verás todo diferente.
    Arthas se esfumó en un segundo sin dejar rastro, y Kotick volvió a dormirse como si nada.

    A la mañana siguiente Kotick se dirigía a su despacho sin darle mucha importancia a los extraños eventos de la noche anterior. Saludaba a sus subordinados con su habitual desdén, hasta que se le acercó un joven muy sonriente.
    - ¡Buenos días señor Kotick!. - Saludó el joven con alegría.
    - Bruf - Gruñó. - Buenos días y todo eso. - Añadió, y siguió caminando como si no fuera con él. “El pesado del café; tendré que echarle la bronca a Clarice por no haberlo despedido todavía.”
    - ¿Ha tenido ya tiempo de probar el Journey señor? No se lo pierda: ¡Es una obra de arte!
    Kotick andaba cada vez más rápido tratando de evitarle. “Menudo gafapasta”.
    - Tengo que ir al baño - Kotick le dio esquinazo entrando rápidamente en los aseos para mujeres. “Qué pesados los gafapastas estos. Obras de arte... bah.”
    En ese momento reparó en unos ojos que le observaban desde debajo de la puerta de un aseo. La abrió de golpe y se encontró con una especie de dibujo animado pixelado, parecido a una caricatura de un hombre cabezón de unos 40 años, de pelo negro engominado con unas enormes entradas. Llevaba un traje blanco y malva supuestamente elegante.
    - Hola, mi nombre es Larry; Larry Laffer. - Se presentó el dibujo - ¡Y hoy soy tu Personaje de Videojuego de las Navidades Pasadas!
    - Ahá... - “Friki” - ¿Y qué haces aquí?
    - Estaba buscando señoritas atractivas para disfrutar de un rápido intercambio de... ideas, je je je. - Larry le guiñó el ojo.
    - Con “aquí” me refería a la sede de mi imperio. ¿Vienes a vengarte por haber destruido Sierra?
    - ¡Qué va! Visto lo que habían hecho conmigo, eso te lo agradezco. Sólo vengo a mostrarte tu Navidad Pasada. Te han explicado cómo va esto, ¿no?
    - La verdad es que el fantasma gótico ese no me explicó mucho.
    - Es fácil: Viajamos en el tiempo, vemos algo super-profundo, y tú aprendes algo. ¡Vamos!
    Larry saltó hacia Kotick, un flash blanco los cubrió y en un abrir y cerrar de ojos se encontraban en una habitación doble de un campus universitario americano. En ella un joven lleno de granos trasteaba con una pila de disquetes mientras un vetusto ordenador emitía un ruido mecánico ensordecedor. Otro chico regordete y feucho entraba por la puerta en ese momento.
    - ¡Anda! ¡Pero si ese soy yo! - exclamó Kotick - Si es que siempre he sido de un guapo...
    - Sí, sí; todo un casanova - apostilló Larry. - Estamos en la víspera de Nochebuena del año 1993.
    Los jóvenes no parecían verles ni oírles.
    - Ey Bobby - saludó el joven con el grave problema de acné - Ya casi te lo he acabado de copiar.
    En ese momento el ordenador detuvo su infernal sonido mecánico, y el joven sacó otro disquete de su interior. Alcanzó un rotulador negro que tenía sobre la mesa y lo etiquetó como “Larry 6 6/6”. Cogió los seis disquetes y se los entregó a su compañero.
    - ¡Feliz navidad!
    - ¡Muchas gracias colega! - El antiguo Bobby parecía bastante más simpático que el actual. Se dirigió a otro ordenador, insertó el primer disquete y comenzó a instalar el juego. Después de sólo media hora cambiando discos el joven Kotick pudo empezar a jugar.
    - Este juego es una mierda - Dijo al cabo de 5 minutos - He muerto 7 veces en la primera pantalla.
    - ¡Pero si es una aventura gráfica! ¿Qué estabas haciendo?
    - No sé, lo normal: clickar aquí y allá, “usar” esto, “chupar” aquello...
    - Aquello es un enchufe. - señaló su compañero. - Si quieres te paso este juego de Indiana Jones...
    - Nada, nada; Esto es muy complicado. ¡Yo sólo quería ver tías en pelotas! No me pienso volver a acercar a un videojuego ni con un palo. ¡Los odio!
    Un flash blanco cubrió todo y volvieron a aparecer en el aseo de mujeres.
    - ¿Y bien? ¿Has aprendido algo? - Le preguntó Larry.
    - No sé. ¿Que antes los videojuegos eran una mierda? ¿Que los copiaba todo el mundo?
    - Mmm esa no era la idea, pero nos hemos quedado sin tiempo: ¡Tengo que ir a trabajar en el remake de KickStarter! Supongo que ya aprenderás algo del resto. ¡Bon voyage!
    Larry desapareció y Kotick volvió a su despacho, cuidándose de no topar con nadie y con la sensación de haber perdido una hora de su vida.

    El resto de la mañana transcurrió sin sobresaltos. A mediodía Kotick se preguntaba quién sería el siguiente personaje en visitarlo. En realidad no conocía demasiados. ¿El dragón Spyro? ¿James Bond? A lo mejor venía Spider-Man. Se asomó a la ventana para ver si veía a algún friki con mallas balanceándose por los rascacielos.
    Pero en su lugar vio a una chica que saltaba entre los tejados de los edificios hacia él. Se movía muy rápido rebotando entre las paredes y antes de que se pudiera dar cuenta había atravesado la ventana de su despacho. Ahora que la podía ver claramente se dió cuenta de que era de etnia oriental y tenía un extraño tatuaje en el brazo.
    - ¿Quién demonios eres tú? - Le preguntó a la visitante recién llegada.
    - Soy Faith. - dijo la chica mientras se sacudía las manos. - Y he venido a hablar contigo.
    - No me suena. ¿De qué juego eres?
    - ¿Cómo que de qué juego soy? - preguntó claramente enojada - Soy la prota de Mirror’s Edge.
    - ¿Y ese juego lo hemos publicado aquí?
    - Pues claro, cuando EA probaba a hacer cosas nuevas.
    - Estooo, creo que te equivocas, estás en Activision Blizzard.
    - ¿En serio? ¿No eres John Riccitiello? - Kotick negó con la cabeza - Vaya, disculpa tío.
    - No pasa nada; - Dijo Kotick en un poco habitual tono conciliador. - Tranquila, tienes que estar agotada, no hay que tener prisa. Ten, bebe algo. - Ya se había acercado al mueble bar y sacaba un par de copas y una botella de vino. - Así que John también tiene sus fantasmas, ¿Eh? Y no es tan “mister CEO perfecto que juega a juegos”. Dime, dime; ¿Qué tenías con hablar con él?
    - Mmm... En realidad le iba a felicitar en nombre de las organizaciones LGBT por la gran labor que ha hecho EA en defensa de la igualdad de derechos y...
    - ¿Qué? ¿A mi me envían fantasmas y a él le felicitan? ¡Pero si es todo mérito de Bioware!
    En ese momento un hombre de piel oscura ataviado con una capucha blanca entraba saltando a través de la ventana y caía sobre Kotick, tirándolo al suelo y derramando el vino.
    - ¡Ah! ¡El Protaguay ese! - Exclamó Kotick mientras se intentaba zafar de su atacante. Éste levantó la palma de la mano a la altura de la cara y sacó una pequeña cuchilla de debajo de la muñeca. - ¡Eres del juego ese de los asesinos! ¡Espera! ¡No me mates y te haré un hueco en un juego bueno!
    - Mmmm tú no eres Yves Guillemot. - El asesino se había detenido y Kotick negaba fervientemente con la cabeza. - Lo siento. Me he debido confundir de sede del mal. - Explicó mientras se levantaba.
    - ¡Pero si Ubisoft está en Francia!
    - Apple Maps. - Respondió, y se marchó tal cual había llegado.
    - ¡Espera Connor! - Le gritó Faith mientras saltaba tras él - ¡Podemos “tracear” juntos por ahí! ¿Quién te ha hecho el encargo? ¿Un usuario de U-play? ¿Michel Ancel? Eres medio sosete, ¿no? Ezio era bastante más simpático...
    La voz de la chica se perdió con la distancia y Kotick decidió ( después de tomar un buen trago del vino que se había salvado ) que tenía que ir a comer para quitarse el susto. Bajó hasta la entrada del edificio y empezó a hacer señas a los taxis. Uno se detuvo delante de él, y entró mientras comprobaba su agenda para esta tarde en el móvil. El coche se puso en marcha.
    - A un restaurante caro cualquiera. Y rápido. - Ordenó sin apartar la vista del móvil.
    Nadie respondió.
    - ¿Lo ha entendido? - Levantó la vista sólo para ver que no había ningún conductor. El coche comenzó a acelerar. - Un momento, ¡esto no es un taxi! - El coche pitó como si le estuviera respondiendo - ¿Eres un personaje de esos? - Otro pitido - Supongo que eso es un sí. ¿Eres el coche fantástico? - El coche pegó un volantazo en respuesta, haciendo rebotar a Kotick contra las puertas traseras, que ahora estaban bloqueadas. - Auch. Eso debe ser un no. No sé dame pistas. - En la pantalla del GPS se empezó a dibujar una calabaza. - ¿Eres un premio del “Un, dos, tres”? - Otro volantazo. Debajo de la calabaza ahora se podía leer “Bizarre”. - ¡Ah! Eres del juego de ese equipo que cerramos por inútiles... Cómo se llamaba... ¿Blur? - El coche pitó asintiendo. En el GPS ahora se leía “Personaje de Videojuego de la Navidad Presente”.
    Kotick nunca había tenido la oportunidad de hablar con un coche, y no sabía qué temas de conversación sacar. Lo poco que se le ocurría ( “¿Tienes las baterías bien cargadas?”, “¿Qué tal el tubo de escape?”, “¿Pierdes aceite?”, “¿Te gusta ir con las largas puestas?” ) provocaba volantazos cada vez más violentos, así que asumió que no era demasiado sociable.
    Al cabo de un rato llegaron a una pequeña casa unifamiliar en las afueras. El automóvil aparcó delante y desbloqueó las puertas. Kotick bajó y se acercó a la casa. Podía escuchar risas y gritos provenientes del interior. Se asomó por una ventana y pudo ver una numerosa familia jugando con la Wii. El grupo era de lo más variopinto, la abuela, varios adultos, jóvenes y niños. Reconoció a uno de los jóvenes como el gafapasta inútil que (aún) trabajaba para él.
    - ¡Este juego es muy “diver”! - le decía uno de los niños al gafapasta, que debía ser su hermano. - ¡Gracias por dejarnos jugar!
    “Maldita Nintendo” - pensó Kotick asqueado - “Uno compra un juego y lo juega toda su familia y amigos. Así no hay quién gane dinero. ¡Cada uno tendría que tener una copia!”.
    - Me gusta sobre todo que puede jugar la abuela - Intervino la madre mientras señalaba a la más anciana del grupo, que en ese momento sacudía de una manera bastante esperpéntica el mando fálico de la consola. - ¡Hacía años que no la veía sonreír así!
    Kotick se alegró de estar en ayunas porque si no ya habría vomitado. Regresó al coche.
    - ¿A dónde me has traído? - Le increpó a través de la ventanilla al conductor inexistente - ¿A un anuncio de Nintendo? ¡Esto es una mierda!
    El vehículo emitió un largo pitido de desaprobación, arrancó y se marchó dejándole tirado.
    - ¡No me dejes aquí! - gritó - ¡Eres una copia del Mario Kart! ¡Y el Split/Second era mejor!
    - ¿Señor Kotick? ¿Qué hace por aquí?
    Se dio la vuelta para descubrir al gafapasta en la puerta de la casa. Inventó excusas lo mejor que pudo ( “Estaba, estooo, dando una vuelta” ) e intentó encontrar un taxi para regresar. Pero el joven insistió en llevarle de vuelta a las oficinas, lo que supuso cerca de diez minutos escuchando los pros y contras de los servicios de Xbox Live y PlayStation Network, lo chulo que era tal o cual juego indie... Él se limitaba a responder con gruñidos. Cuando llegaron ya tenía dolor de cabeza y se encerró en su despacho el resto del día.

    Después de la visita del coche de Blur, Kotick se esperaba cualquier cosa, incluso una guitarra voladora de plástico con botones de colores. Aún así se sorprendió cuando, a última hora de la tarde, apareció en su despacho un cachas desnudo con tan sólo unos gayumbos y un cuchillo en la mano.
    - Buenas tardes, Señor. - Saludó llevándose la mano a la frente y poniéndose firme como un militar. - Soy su Personaje de Videojuego de las Navidades Futuras.
    - Menos mal: pensaba que eras un stripper. ¿Y tú qué personaje eres?
    - No tengo nombre. Por favor, póngame nombre.
    - No sé... HungBobby69.
    - Ese nombre no está disponible. Por favor elija otro. Por ejemplo HungBobby69_347.
    Tras una conversación de besugos de un par de minutos, el soldado aceptó finalmente alias:
    - El nombre HungBobby69loquesea ha sido registrado. Ahora le llevaré a ver su Navidad Futura.
    El soldado agarró a Kotick por el brazo, un flash negro lo cubrió todo y de pronto se encontraban en una pequeña habitación. Un hombre joven jugaba sin mandos en una consola que no había visto nunca a un juego bélico en primera persona. Reconoció al chico: era el hermano pequeño del gafapasta.
    - Es Nochebuena del año 2031 - informó HungBobby69loquesea. - Eso es World of Duty VII: Return of the Evil Bad Guy 3. Es un MMOFPS. Y es el juego del que provengo.
    - ¡Nooooo! - Gritó el jugador. Su pantalla aparecía en rojo, con el típico mensaje “Has muerto”. Luego el fondo rojo se sustituyó por un soldado idéntico a HungBobby69loquesea: desnudo con sólo un cuchillo. En el mensaje ahora se leía “¿Reequipar?”. El hermano del gafapasta hizo un gesto. La pantalla parpadeó, una estridente alarma empezó a sonar, y ahora en pantalla se leía: “No hay fondos suficientes. Necesita 78 dólares para reequiparse ( 10% de descuento, oferta de Navidad )”.
    Otro flash negro, y ahora se encontraban en la entrada a las oficinas de Activision. Un Kotick solitario, visiblemente más anciano a pesar de las operaciones anti-arrugas, esperaba un taxi. Un hombre encapuchado se le acercó. Tenía una pistola en la mano. El Kotick actual no podía ver bien lo que pasaba, pero sí escuchó un disparo. Su yo del futuro caía al suelo.
    Pero entonces ya no estaba viéndolo todo desde fuera. Él era el que estaba muriendo en el suelo. Notaba la vida abandonarlo a través de la herida en el pecho, el mundo oscureciendo. Pero pudo ver la cara de su atacante mientras le registraba los bolsillos. Era el hermano del gafapasta. Un único pensamiento le vino en la muerte: “Me ha matado, en Nochebuena, por un juego.” Todo se volvió negro.

    Despertó en su despacho. Estaba vivo. HungBobby69loquesea había desaparecido. Llamó enseguida a su secretaria por el interfono.
    - ¿Sí, Señor Kotick?
    - ¡Clarice! ¡Dale el resto del día libre a la plantilla! ¡Y cancela el despido de los de Protaguay!
    - Sí, Señor, enseguida. ¿Puedo preguntar por qué ha cambiado de opinión, señor?
    - ¡Oh, Clarice, soy feliz! Ya sé qué juego vamos a hacer. Apunta, apunta: Será un MFOSP, o algo así, y se llamará “World of Duty”. Ya verás: la gente matará por este juego. Por cierto, Clarice, mira a ver cuánto cuestan los chalecos antibalas...

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