Relato de
Miguel Regueira

—¡Morid malditos, morid! —gritaba el teniente Craig mientras asaltaba el nido de ametralladoras.

El teniente era un hombre al que le gustaban los estereotipos. No pasaba una noche sin perder el sentido a manos del whisky, no dejaba de violar a la hija del jefe de cada aldea que tomaba ni se paraba a pensar en lo absurdamente arriesgado de una acción antes de llevarla a cabo. Su osada temeridad lo había elevado al grado de leyenda, pero en esta ocasión todo apuntaba a que iba a hacerlo bajar al infierno.

—¡Thomsom! ¡Cúbreme!

Yo hubiera dejado morir a ese hijo de puta en el nido. Incluso me hubiera alegrado de que esta misión tan inútil diera un disgusto al chupatintas que nos la mandó. Pero en medio de la jungla y rodeado de enemigos, era mejor tener a ese loco bastardo vivo y de nuestro lado. En el suelo con el cráneo abierto Craig no nos servía de nada. Así que abrí fuego.

Tomar el nido fue fácil. Lo de siempre, en realidad. Un par de desgraciados a los que le dan una ametralladora y les dicen que están salvando su patria no era lo que nos iba a detener. Éramos una unidad de élite. Una jodida unidad de élite que se dedicaba a masacrar a monos adolescentes incapaces de coger un arma sin que les temblara el pulso. Supongo que era un mierda de trabajo, pero peor es ir por las puertas vendiendo libros.

El teniente siguió adelante dando machetazos para abrirse paso en la jungla. Osulley y Brian le seguían, mientras yo recogía las municiones que esos crios ya no iban a disparar.

—Más vale que ese gordo hijo de puta no la haya palmado.

Me daba igual que ese maldito burocrata hubiera muerto. Si se hubiera quedado en su despacho planeando qué otro país destruir por su petróleo, no le hubiera pasado nada. Pero a veces alguno de los mandamases tienen que mojarse viniendo junto a los que hacemos el trabajo sucio. Éste se mojó y le llegó el agua al cuello. Ahora que había caido en manos de esos salvajes, una misión de cuatro hombres no le iba a sacar las castañas del fuego.

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