Tirado boca abajo sobre el barro, en algún lugar de Normandía cercano a Coutances, el teniente John W. Banks recordó que siempre había querido morir como un valiente. Heredero de una familia de militares condecorados, el joven Johnny sentía el deber de tener un final digno de un héroe. Gracias a la buena reputación de los Banks que le habían precedido, Johnny logró ascender en la jerarquía pese a su discreta hoja de servicios. Pero eso no era bastante para nuestro buen teniente, que seguía viéndose a sí mismo como un Aquiles victorioso y quería ser recordado como tal. Por eso, cuando supo de los preparativos para el desembarco de las tropas americanas en Francia, se sintió casi aliviado. ¡Era el momento perfecto de pasar a la historia!
Sintiendo la fina llovizna sobre sus mejillas, con el cuerpo entumecido por el frío y la sangre empapando sus piernas, el teniente reflexionó sobre los hechos que le habían llevado hasta ese preciso instante. La debilidad provocada por la herida nublaba sus sentidos, pero en su mente veía retazos de la llegada a Francia. Recordaba que era casi de noche cuando los barcos empezaron a llegar a la playa de Omaha. El aire era frío y el agua estaba helada. Los oficiales gritaban órdenes sin parar, tratando de hacerse oír por encima del rumor de las olas. Habían pasado casi dos meses desde aquello.
Después recordó interminables días de espera, largas caminatas por la campiña, un par de putas francesas con las que había pasado un buen rato en Cherburgo... inexplicablemente, también se acordó de un agujero en su bota derecha que nunca había llegado a arreglar. ¿Qué importancia podía tener eso ahora? Esas botas estaban llenas de fango, como el resto de su uniforme, como sus manos, como su cara... ¿Por qué se acordaba de un maldito par de botas cuando notaba cómo se desangraba poco a poco?
Trató de concentrarse pensando en lo que estaba haciendo cuando le habían alcanzado los alemanes. Recordó que llevaban ya una semana acampados en Coutances, donde la rutina diaria se basaba en comer, dormir y beber. Aunque estaban en pleno verano, las noches francesas eran frías y húmedas y no había parado de llover en varios días. Para combatir el mal tiempo y hacer más llevadera la espera en ese pueblo de mierda, Banks no iba a ninguna parte sin su petaca. Se la había regalado su abuelo paterno cuando se alistó y llevaba grabadas las iniciales G.B. de George Banks, un tatarabuelo del que se contaban mil y una leyendas en cada reunión familiar.