Habían transcurrido tan sólo dos horas desde la última embestida llevada a cabo por las tropas iraquíes. En esta ocasión la cuenta de decesos en sus propias filas no había superado el centenar: habían tenido suerte.
Ignatius posó los dedos anular y pulgar derechos sobre la muñeca de su mano izquierda y obtuvo, tras contar unos quince segundos, 58 pulsaciones. Durante los seis primeros meses de aquel conflicto nunca había bajado de 120 hasta pasado medio día después de cada batalla, pero ahora era distinto. Se había institucionalizado. Le gustaba aquella palabreja. Otorgaba un aire de aburrida burocracia administrativa que desproveía de brutalidad y horror a todo lo que le rodeaba.
—¿Ti-ti-tienes fu-fuego, Ignatius? —El pequeño Sam, quien se encontraba situado unos dos metros a la derecha, tenía la costumbre de tartamudear hasta pasado un buen rato siempre que había acertado a alguien con su M24 durante el combate. Parece que aquel día alguno más iba a pasar a engrosar las filas de los que tendrían que ajustar cuentas con Dios.
—Claro, Sammy. Aquí tienes, ¿todo anda bien, muchacho? —Ignatius extendió su mechero Zippo, al que coronaba una titilante llama, y comprobó que su mano lo sujetaba de manera firme, sin temblores.
—Sí a-a-amigo, gra-gracias. —Era un buen hombre Sam. Había decidido alistarse con los marines después de que su novia rompiera con él para irse con un corredor de bolsa de Philadelphia. Quizá buscaba en la guerra un final prematuro con el que acallar su angustia interior por aquello, pero lo cierto era que allí se había confirmado como uno de los mejores francotiradores de todo el Cuerpo. Le gustaba de él la humanidad que reflejaba su tartamudez cada vez que acababa con la vida de otro hombre. Otros hacía tiempo que ya la habían perdido por completo. El propio Ignatius podría incluirse en ese grupo.
La introspección no era algo que uno pudiera permitirse en aquellos días: a veces obligaba a uno a enfrentarse a circunstancias tan duras que era imposible soportarlas sin derrumbarse y comenzar a sollozar, y eso sólo podía suponer la pérdida de jerarquía social con tus iguales si te sorprendían de aquella manera, tan... indefenso.