La docena de hombres a cargo del teniente Herbert estaba tensa, pero las órdenes eran claras: Aquellas monjas habían cuidado de esas cucarachas, incluso les ayudaron a escapar delante de sus propias narices. Proteger o esconder a esos miserables solo conocía un castigo: La muerte.
Pero como era natural, los soldados mostraron cierta aversión para matar monjas. Las cosas serían más fáciles si en aquel pueblecito hubiese una licorería ya que a fin de cuentas no podrían obedecer a sangre fría.
Hacía casi un mes que sus hombres no tomaban una sola gota de alcohol y se les había acabado el tabaco desde la semana pasada. Recordaba su botella de Jack Daniel que había conseguido en el último botín: Tenía la esperanza de conservarla para alguna ocasión especial, como su poco probable vuelta a casa. Pensó que aquella botella sería su única solución, así que tomó la decisión de pasar allí la noche y ordenar la ejecución a primera hora de la mañana. Después seguirían hacia el Norte.
Se enfundó en su gabardina y salió de la casa no sin antes guardar la botella en un bolsillo interior. Abultaba, pero era imposible adivinar que llevaba exactamente.
El frío era tenaz a pesar de contar con un cielo despejado. De hecho, sus hombres exhalaban vaho cuando los vio junto al convento. Al ver a su teniente, se incorporaron rápidamente y formaron.
—¡Descansen!
Los observó durante un momento, dispuesto a seguir adelante con su idea. Se acercó al grupo y encaró a uno de sus hombres:
—Déme su petaca —ordenó.
El soldado intentó ocultar su sorpresa y obedeció al instante: Le ofreció su petaca reglamentaria.
—No, soldado. La otra petaca.