Silent Wolves

Jonas Barnaby

Mientras daba vueltas por el interior del búnker, Scott Markinson, sargento de primera al mando de la escuadra Silent Wolves, intentaba hacerse una idea global de la situación. Y la única expresión que le venía a la cabeza en esos momentos era "estamos jodidos".

A causa de un error estúpido durante el despliegue, su unidad había quedado aislada por el fuego cruzado desde hacía varias horas. Los habían soltado desde la órbita ciento sesenta kilómetros demasiado a la derecha, o, según se mirase, tres cuartos de hora antes de tiempo. Y ahora estaban a tan sólo veinte kilómetros del punto de despliegue inicial cuando deberían estar a más de ochenta. Habían quedado atrapados en medio de una tierra de nadie, con los Vortex disparando sus granadas de plasma sobre ellos desde tres frentes distintos. Las explosiones hacían temblar la estructura del búnker como si fuera de papel, y las luces titilaban asustadas mientras hilos de polvo caían por entre las placas del techo. Necesitaban rescate aéreo inmediatamente o iban a dejar el pellejo en esa ratonera.

Todo había ido mal desde el principio. Aunque decir "mal" era incluso benevolente: había ido peor que mal. Dejados caer como pesados fardos a kilómetros de su posición, los Silent Wolves tuvieron que abrir brecha entre las líneas Vortex para llegar al búnker donde se hallaban ahora y plantar la radiobaliza que indicara al grueso del ejército dónde se hallaban. Tuvieron que pelear cada metro cuadrado de ese terreno desértico como si fuera la posesión más valiosa del Protectorado, avanzando sólo después de asegurar la zona, de haber masacrado docenas de alienígenas y de vaciar un cargador tras otro. Se parapetaban detrás de cualquier obstáculo y sólo pedían que aguantara dos disparos antes de caer, para darles tiempo a recargar mientras pensaban en su próximo movimiento. Incluso se vieron obligados a destruir dos malditas naves de desembarco llenas a reventar de más escoria quitinosa. Si esas naves hubiesen llegado a tierra, si les hubieran dado la oportunidad de empezar a vomitar escarabajos... gracias a Dios por el lanzacohetes del cabo Drake, pensó Markinson, y por su extraordinaria puntería. En cuanto la mortal estela de fusión de las naves había dado paso a los correctores de posición, Drake había abierto fuego y los dos solitarios proyectiles se elevaron hacia los transportes, impactando justo en las toberas de escape del motor y destruyéndolos por completo en medio de una llamarada incandescente y una lluvia de acero fundido, mientras los soles en miniatura, libres de los campos de contención, devoraban las naves de transporte.

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