
Ha llegado la hora de ponerse cerdos a comer hamburguesas cuádruples del Wendys aderezadas con Coca-Cola sabor vainilla, porque nuestra primera parada en esta serie de artículos no podía ser otra que el mayor mercado de videojuegos del planeta: los Estados Unidos de América.
Nos encontramos con un país peculiar allá donde los haya. Los españoles, por un motivo que no alcanzo a entender, creemos que conocemos todo sobre este país por obra y gracia de los Simpson y Bowling for Columbine. Una vez tienes oportunidad de estar ahí in situ, ves que las cosas son pero que bien distintas del estereotipo (bastante negativo, por lo general) que tenemos de esos yanquis obesos que se pasan todo el día matándose con sus armas de fuego legalmente adquiridas. Y lo mismo pasa a la hora de hablar de la cultura videojueguil de allí.
Lo más llamativo de los EEUU son, como no podía ser otra cosa, sus malas noticias: Jack Thompson, los flipaos de los FPS uno puede pensar, viéndolos desde fuera, que su cultura puritana y poco progre no es lo que se dice el mejor caldo de cultivo para una cultura videojueguil. Craso error, amigos. Una pista: este es el país con una mayor cultura videojueguil que existe en el mundo y hogar de algunos de los mayores frikis de la industria. Hale, ya lo he dicho. Pe-pero Ikael, eso no puede ser cierto, todo el mundo sabe que los japoneses ¡Chitón! Los videojuegos los inventaron los americanos. Y la primera compañía que sacó algo parecido a una consola fue Atari. Y cuando uno va para allá, es cuando lo entiende del todo.

Los americanos, en general, son muy, muy frikis. De lo que sea. Desde el punto de cruz hasta las armas de asalto, son gente que se especializa a muerte en aquello que les resulta más interesante, llegando al mismo nivel (o más) que el japonés más desquiciado. Yo diría que incluso más si cabe, por algo muy sencillo: tienen un poder adquisitivo brutal. Y eso, ¿sabéis en qué se traduce? Exacto: un videojugador estadounidense casual no se contenta con tener una play chipeada con copias piratas del Pro Evolution Soccer (o el Madden, que es lo que se destila por allí). Un videojugador yanqui se compra la Xbox, la PlayStation y la Wii para poder recibir sus Madden de tres en tres cada año. En Estados Unidos todo se hace a lo grande.
¿Suena exagerado? Pues no lo es. El consumismo yanqui no conoce límites. Y si no os lo creéis, aquí va un pequeño experimento social: si podéis, preguntad a algún estadounidense de clase media que conozcáis si os podría enseñar su lista de cumpleaños o navidades. Fliparéis. Lo normal allí, si juegas a videojuegos, es que caigan cada navidad lo menos siete juegos y una consola (dos, si hablamos de portátiles), e ídem por cada cumpleaños o aumento de sueldo. El yanqui medio es capaz de hacer que un pijo de la Moraleja nos parezca un humilde eremita, así de claro.

Huelga decir que eso provoca otro efecto colateral: la poca o nula presencia de la piratería. Y es que la mentalidad puritanista caló en EEUU mucho más en temas económicos que carnales: para la mayoría de los jugadores yanquis, un pirata es un ladrón despreciable. No, no, no intentes convencerles de que de no haber pirateado un juego sencillamente no lo hubieras comprado: eres un mangante asqueroso que le has robado 60 euros a la honrada EA que tanto se deja el sudor de su frente en hacer juegos. ¿Estúpidamente honestos o estúpidos a secas? Bueno, sencillamente digamos que es cuestión de perspectiva: si ellos estuvieran haciendo horas extra sin remunerar y cobrando la mierda de sueldos mileuristas que cobramos aquí, verían el mundo y la piratería de otra manera.
Otro aspecto de su cultura videojueguil, aparte de lo masivo que es esta, es lo hondo que ha calado el online. Porque seamos sinceros: en Japón eso del juego online no ha acabado de despegar, y en Europa tres cuartos de lo mismo. ¿Por qué triunfa allí en los Estados Unidos? Bueno, por un lado, de nuevo tenemos la cuestión monetaria: para un español (yo mismo, sin ir más lejos) pagar periódicamente por un juego que ya has pagado es una soberana memez y un timo. Para un estadounidense, diez dólares al mes es una minucia.

Pero, sin embargo, no se trata sólo de eso (si fuera por poder adquisitivo, los alemanes y los japoneses no tendrían ningún problema), se trata más bien de un problema geográfico. Es decir: aquí todo está cerca. Europa no es un sitio tan grande como uno pueda imaginar y, España, menos todavía. Sin embargo, si quieres ir de una costa de los EEUU a otra necesitas chuparte la friolera de seis horas de avión.
Tienen un estilo de vida mucho más disperso: si te quieres reunir para jugar con amigos no bastará con coger el metro y recorrer un par de paradas o con ir tres calles más abajo: seguramente necesitarás coger el coche y echarte 40 kilómetros y eso si no tienes a un amigo en otro estado, claro: recordemos que allí hay mucha más movilidad laboral que aquí (España de hecho es uno de los países de la UE con menor movilidad, por eso del vínculo cuasi feudal que algunos tienen con el terruño). ¿Y eso que implica? Pues que allí las familias no tienen reparos en irse a vivir al quinto cuerno cada tres años para trabajar en tal o cual puesto por lo que seguramente vayas dejando amigos repartidos a lo largo de cientos (o miles) de kilómetros. Ergo si quieres jugar con ellos, o recurres al juego online, o te puedes ir olvidando.

Como se puede ver, allí el juego online más que un complemento es una necesidad. Para algunos, casi una necesidad física: de un tiempo a esta parte, ha surgido un nuevo tipo de jugador yanqui: el jugador de World of Warcraft. Se distingue únicamente por la siguiente característica: sólo juega a World of Warcraft. Punto. El resto de los juegos le resultan superfluos e innecesarios. En algunos casos llega a dar bastante grima, hasta el punto de que la vida de esas personas se reduce a trabajar para poder pagarse World of Warcraft y jugar al World of Warcraft. Punto. Ni vida social, ni otros videojuegos, ni nada de nada. Los hikikomoris no son un coto exclusivo de los japoneses, visto lo visto.
Por otra parte, tenemos al jugador yanqui ultra competitivo. Ya he dicho antes que los yanquis son jarcoretas como nadie, y ese jarcorismo les viene, aparte de por motivos históricos, por su afán competitivo: los concursos virtuales de medición de penes son un gran atractivo para muchos, por lo que no es de extrañar que géneros de competición frente a otro jugador como los FPS online o los juegos deportivos hayan sido juegos tradicionalmente asociados al mercado americano. Los torneos son algo mucho más normal allí que aquí, y cosas como los logros del Xbox Live nacen de la necesidad perentoria de los jugadores yanquis de mostrar al mundo que están increíblemente más viciados que el de al lado.

Para finalizar, no me gustaría abandonar los EEUU sin repasar otro tipo de jugador americano: importator (léase importeitor). ¿Bajar cosas del eMule como si fueras un vulgar ladrón? ¡El que no haya salido en tu país no es excusa para piratear! Y es que cuando tienes dinero y un sistema de correos fiable (no como lo que tenemos aquí), uno se puede permitir importar a saco: la práctica de la importación está mucho más extendida en yanquilandia que por estos lares, y la fascinación por Oriente no es algo exclusivo de los franceses. Los americanos catan muchísimos más juegos orientales que los jugadores de aquí no sólo porque los traigan, sino porque además la importación es una opción muchísimo más común y fácil.
Y eso es todo por hoy. Hoy hemos jugado en Estados Unidos: un país grande que juega a lo grande y con unos hábitos de juego únicos e irrepetibles, como los de cada uno de los países que iremos visitando en este Gaming Around the World.
Próxima parada: Brasil. ¡No os lo perdáis!
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