
Pueblerinos gritando: ¡un forrrrastero!, bailaoras de flamenco detrás de gradas metálicas para amenizar los combates de lucha, imágenes de la Virgen y los santos ardiendo en las fallas llevados por gente vestida de San Fermín ah, España. Qué lugar tan bello y tan raro, capaz de darme morriña y dolores de cabeza al mismo tiempo.
Tras haber estado en un periplo por varios rincones del mundo, al fin vuelvo a casa. Ya he viajado mucho, y tras haber permanecido tiempo fuera, uno empieza a ver su propio país con algo de perspectiva. Sí, claro, uno es lo que es y por así decirlo, nunca se puede despegar del problema lo suficiente como para verlo con objetividad (ni lo pretendo), pero pasado el tiempo, uno ve que cosas que nos parecen lo normal, no lo son tanto. Y de igual manera que uno tiene que salir al extranjero para darse cuenta de que aquí se practica poco sexo, que nuestras condiciones laborales son una mierda o que en general estamos locos de atar, también uno necesita eso para ver que hay varias cosas en nuestra relación con los videojuegos que no son ni medio normales, por mucho que nos lo parezca porque es así con todo el mundo. Veamos si es verdad eso de que todo el mundo hace las cosas así, o si estamos conectados a la Matrix española. Que lo estamos, y más de lo que creemos. Comencemos disparando a la cabeza:
Seré fiel y sincero para y con mi Señor. Y amaré todo lo que él ame, y abominaré todo lo que él abomine.
Esa frase es un juramento de los vasallos feudales de la Inglaterra de la Alta Edad Media a sus señores, extraído de la Civilopedia (lo lee el de la voz del señor Spock cuando investigas el feudalismo). Y condensa uno de los rasgos de los españoles que más me sacan de quicio y que se puede aplicar a todo, sustituyendo la palabra señor por jefe, club de fútbol, partido político, y cómo no, compañía de videojuegos. Los españoles somos seres tribales y leales hasta la náusea en general hacia quien no lo merece. Pero es que no podemos evitarlo. Nos encanta hacer bandos y tener a los nuestros para salir con ellos y reconfortarnos y a unos los otros con los que meternos, insultarnos o pelearnos, y estamos tan, tan, tan jodidamente apegados a nuestro bando, que somos capaces de soportar lo que sea, incluso aunque atente contra nuestros intereses personales, todo sea por el bien superior" de dicho bando.

En resumidas cuentas: somos unos fanboys de cojones hasta extremos inimaginables. Para todo. Y para los videojuegos, también. Ah, sí, ahora es cuando empezaréis pe-pero Ikael, NeoGAF y los yanquis también son muy fanboys. Sí, hijos, sí. Pero NeoGAF es una mínima parte de los jugadores yanquis que selecciona únicamente a lo más járcor de lo járcor. Las batallas de fanboys en el resto del mundo son un fenómeno completamente nerd que se queda restringido a una porción de jugadores muy pequeña y por lo general extremadamente informada y metida en el mundillo. Pero aquí no. Es acojonante cómo el tipo que en su vida ha oído hablar de videojuegos recibe una X360 por navidades y pasa a transformarse de la noche a la mañana en un boxer de pro. O ver de primera mano conversaciones como ésta:
Bueno, y tú escribes en una página de videojuegos, ¿no?
Sí, bueno, en realidad no escribo mucho, me limito a copiar cosas de Kotaku.
¿Y la PS3 qué tal va? Tengo entendido que a Sony no le está yendo muy bien.
Pues no, es la consola menos vendida esta generación y están perdiendo bastante dinero con ella.
¡Toma! Que se jodan.
¿Cómo? ¿Pero tú no decías que no jugabas desde que ibas al colegio?
Sí, pero como tenía una Game Boy, pues era de Nintendo, así que me alegro de que ahora le den por el culo a Sony.
Doy fe de que, uno: esa conversación es verídica, y dos: es el tipo de conversación que sólo puedes tener en España.
Ese fanboyismo y tendencia a dividirnos en bandos antagónicos condiciona casi todo en el país, desde los anuncios de televisión (¿De Kas naranja o Kas limón? Eso de dividirse en bandos por un refresco sólo podía funcionar aquí), hasta por supuesto, todo nuestro mundillo y prensa especializada en videojuegos, convirtiendo el escribir sobre ellos en todo un ejercicio de diplomacia que ríase usted de Talleyrand. Dios te libre de criticar una compañía sin criticar la otra, de no alabar las exclusividades de tal consola, de cambiar de postura respecto a algún tema y no hablemos ya de pasar de tener una compañía favorita a otra distinta. O con nosotros o contra nosotros, siempre.
No hay más que tirar de hemeroteca para ver cosas como a toda la prensa especializada de España aplaudir con las orejas la decisión de Nintendo de basar su Nintendo 64 en cartuchos, o justificar el precio de la PS3 hasta que la realidad se impuso. La nula autocrítica a las decisiones o errores de las propias compañías es una marca de la casa, así como otra de las consecuencias de nuestro tribalismo castizo: somos muy marquistas. Que nos tiran mucho las marcas, vaya. Eso ya no es una teoría de salón sacada de la manga como la del tribalismo, no es que lo diga yo, nuestra afición por las marcas es un hecho bastante probado por multitud de estudios sobre consumo realizados por gente seria y con bigote. Y eso provoca que los cambios de líder de consola en cada generación aquí se vean diluidos debido a la lealtad hacia nuestras marcas. Tardamos más en adoptar la PlayStation que el resto del mundo, pero fíjate tú lo que son las cosas, una vez Sony se hizo líder de mercado, aguantamos el tirón de la DS y la 360 más que el resto de Europa. Lealtad hacia tu equipo de fútbol, partido político o marca de videojuegos hasta la muerte, sí señor.

Pero ese marquismo no sólo viene de ser tribalistas, sino también de otra característica bastante peculiar: la falta de información que tenemos a la hora de consumir. Resulta pasmoso lo poco que meditamos el comprar las cosas. Salvo que se trate de algo que vas a estar pagando durante años como una vivienda o un coche, o que sea un producto que venda o recomiende alguien que conocemos de primera mano (léase, que si tenemos un pariente que es farmacéutico le pedimos consejo sobre medicinas, o si tenemos un informático-chamán por amigo, le preguntamos antes de comprar un equipo), los españoles compramos lo primero que se nos venga a la cabeza. Las asociaciones de consumidores, revistas especializadas y en general todo lo que es el entramado de la sociedad civil en torno al consumo es casi inexistente en España, especialmente viendo el nivel de consumo tan elevado que tenemos aquí. Con los videojuegos pasa tres cuartos de lo mismo. La gente compra videojuegos o consolas basándose únicamente en si la han visto anunciada por la televisión o (de nuevo) por la marca.
Ello se debe a otra cuestión: aquí todo el mundo sabe la hostia de todo. Y sí, yo soy el primero en tener ese defecto. De igual manera que en cada mesa de cada bar español hay por lo menos un seleccionador de fútbol sin parangón, un estadista capaz de solucionar todos los problemas del mundo en dos patadas y un gran don Juan capaz de entender a todas las mujeres, el problema del consumidor español con los videojuegos no es tanto el que no sepa sobre ellos (los casuales son casuales aquí y en Pekín), sino en que no sabiendo sobre ellos, cree que sabe. Eso es infinitamente peor que no saber a secas.
A poco que trabajes o conozcas a alguien que trabaje en una tienda de videojuegos (o de cualquier cosa para la que haya que estar un poco informado a la hora de comprar) te puedes encontrar no con dudas ridículas, sino con afirmaciones directamente delirantes y peor aún, defendidas a capa y espada por gente que cree saber de lo que está hablando. Visto en primera persona: personas afirmando que la PSP puede leer DVDs tanto de vídeo como de la PS2 (los meterán con martillo en la ranura del UMD, digo yo), que la 360 es cien veces más poderosa que la PS2 cual saiyajin, o asegurar que la Wii tiene menos potencia que la PS2 como consecuencia lógica de tener a su vez menos potencia que la GameCube, que ya era inferior a la consola de Sony, aunque con esa última afirmación pase como con Colón, que de tan equivocado que estaba, acabó acertando.
[Continúa en la segunda página]
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