
Pero la compañía fundada por Yamauchi no se detiene ahí, siempre llega más lejos que nadie a la hora de darse autobombo sin el menor atisbo de timidez. Sólo así se explica que los protagonistas, poco antes de dar comienzo el épico Video Armageddon, decidan llamar al servicio de ayudas para juegos que Nintendo Power mantenía en aquella época y a cuyas entrañas tenemos acceso gracias a la película. Docenas de teleoperadores sudorosos sentados en sus cubículos, respondiendo a las dudas de centenadres de nintenderos mancos a un ritmo frenético, gente corriendo por los pasillos paseando guías de arriba abajo. Trabajo, locura, estrés. Una vorágine de datos sobre cómo matar a un final boss o encontrar la piececita de la piececita, que diría iTor, viajando por las líneas telefónicas. ¿Controladores aéreos? ¿Neurocirujanos? Me río yo de todos ellos.
Y Nintendo aún quería más. No le fue suficiente con mostrar lo mejor de su catálogo o su imponente servicio de guías por teléfono. Tocaba el turno a la innovación, decirle al mundo que no sólo controlaban el presente, sino que ya estaban de camino al futuro del ocio interactivo. Y nada mejor que un gadget rompedor como prueba definitiva de los estratosféricos avances tecnológicos que estaba alcanzando la compañía. De la forma más absurda y gratuita, el principal oponente de Jimmy en la carrera por ser el individuo con más horas de vicio a sus espaldas, el joven Lucas 1, saca un misterioso maletín plateado que contiene nada más y nada menos que el puto Power Glove de Nintendo. Se lo coloca como si fuese un arma de precisión, lo activa pulsando una combinación de botones con el famoso tono de Encuentros en la Tercera Fase y empieza a jugar al Rad Racer con una concentración y una solemnidad que hace que a uno le explote la cabeza de puro aturdimiento. Cuando termina su partida, con toda la severidad que nuestro amigo Lucas es capaz de aglutinar en ese metro cuarenta con gabardina, se toca el guante del demonio, mira fijamente a la nada y recita a modo de eslógan descarado: I love the Power Glove. It's so bad. Con dos cojones, Nintendo. Con dos cojones.
Finalmente, Jimmy consigue clasificarse para la final del Video Armageddon, que conduce un estomagante presentador al que sólo le falta frotarse compulsivamente la nariz con el dorso de la mano y crujir los dientes para confirmar lo evidente: va de coca hasta el ojarasco. Pero eso da igual. Aquí lo que cuenta es que la partida final del torneo, la que decide quién va al Infierno y quién a la gloria, quién se lleva los 50.000 verdes americanos y quién sigue cenando pan con mortadela durante los próximos diez años, es nada menos que de Super Mario Bros. 3. Esto en principio no debería sorprendernos si no fuera porque estamos de un juego que se lanzó en Estados Unidos un año después de estrenarse la película. Nintendo estaba, efectivamente, dejando caer una preview como la copa de una puta secuoya en salas de cine repletas de gente que había pagado una entrada. Los fanáticos de los juegos, probablemente el 90% de la audiencia de la película, eso sí, debieron de babear de lo lindo.
Creo que queda más que demostrada la teoría de que The Wizard, más que hacer product placement a base de omnipresentes unidades de la NES, es directamente un anuncio de Nintendo en toda regla que deja patente el brutal alcance de sus tentáculos hace ya más de ventiún años. Y aunque la integración de la compañía japonesa en nuestra cultura sigue vigente, lo cierto es que ahora parece que ha aumentado el decoro de los cineastas con este tipo de estrategias. Pero eso sí: el reciente ejemplo de Smallville puede estar significando un temible regreso a aquellos aciagos años en los que un director era capaz de colarnos una secuencia de niños jugando a las recreativas en un arcade en Reno junto a un insoportable himno del synthpop ochentero como Send me an angel de Real Life sin el más mínimo escrúpulo. Cuidado, mucho cuidado.
- Quien, por cierto, dice tener los 97 juegos que entonces existían para la consola. Y no sólo eso, sino que LLEVA ENCIMA UNA MOCHILA CON TODOS LOS CARTUCHOS. [↑]

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