La última llamarada de gloria
Ahora es cuando la gente se rasca la cabeza y se plantea cómo es posible que cuando peor van las empresas de videojuegos, acaban por parir algunas de sus mejores obras. No en vano, ésta es la generación en la que Sony ha perdido el liderazgo, pero también es cierto que sus estudios first party están dándolo todo, eso por no hablar de la última salva de despedida de la Sega con mayúsculas que fue la Dreamcast y su flujo constante de juegazos. Pues bien, se trata de un efecto colateral positivo, uno de los hechos en los que se apoya ese refrán de no hay mal que por bien no venga, y que surge de esa falta de dirección sobre la que hablaba antes. Resulta que las peleas internas entre altos cargos de las compañías suelen suponer dos cosas: la primera, que dichos cargos no están ahí para interferir en la labor de los desarrolladores, y la segunda, que muchos dirigentes, ante la propia falta de ideas, se aferren a sus estudios y talentos internos para sacarles de la crisis en la que están metidos.
Eso crea la situación paradójica que comentaba antes. Muchas desarrolladoras consiguen algunos de sus mejores juegos justo cuando están yéndose a pique. No es que la calidad sea algo contrapuesto a las ventas ni ninguno de esos tópicos demostradamente falsos, sino que eso de la libertad creativa total es algo que sólo se obtiene en momentos de verdadera crisis. Tus jefes están tan desesperados que harían lo que fuera con tal de salir del atolladero. Incluso dar luz verde a cualquier proyecto que le presentes.
¿Qué por qué, aún así, esos buenos juegos creados en tiempos difíciles no se venden o se venden poco? Hay varios motivos. Uno de ellos es que hay veces en las que los directivos depositan demasiada confianza en sus propios empleados. La labor de producción sigue siendo vital, y muchos de esos proyectos acaban consumiendo más recursos de los que deberían (caso de Shenmue o Final Fantasy: The Spirits Within), o por no haber corregido defectos fácilmente subsanables debido a esa falta de supervisión. Sin embargo, el principal motivo por el cual esos juegos no terminan de vender es porque sencillamente, la labor de los desarrolladores es crear juegos, y la de sus directivos, venderlos. Y cuando una de las grandes compañías de videojuegos está en crisis, sus directivos, en vez de hacer su trabajo, se dedican a despellejarse entre ellos. Y sin una buena labor de marketing y planificación detrás, hasta el mejor juego termina por pasar desapercibido, y esa llamarada de gloria acaba en un rechinar de dientes; juegazos viéndose condenados al fracaso por la memez de los directivos. ¿Ejemplos de eso? A granel: en una generación definida por los JRPGs, el genial Panzer Dragoon Saga salió a la venta de manera limitadísima en Estados Unidos y Europa, con una tirada de apenas 30.000 copias; Pikmin, aún siendo un juego de Miyamoto, no tuvo campaña en los medios generalistas, y luego están casos como el de Mirrors Edge o el Dead Space, cuyos lanzamientos fueron programados negligentemente, saliendo a competir en Navidad contra juegos de probado pedigrí como Gears of War 2, Call of Duty 5, Fallout 3 y Guitar Hero World Tour. Nada más triste que ver la calidad cayendo en saco roto.El principal motivo por el cual esos juegos no terminan de vender es porque sencillamente, la labor de los desarrolladores es crear juegos, y la de sus directivos, venderlos.
Se cierra el telón
Y por último, la cosa se acaba, claro. Llega un momento en el que la suma de las cagadas acumulada es demasiado grande, y el daño creado a las cuentas de la empresa, irreversible. La compañía en cuestión tiene que cerrar (Atari), fusionarse (Square) o en definitiva, dejar de ser lo que era antes (Sega). En raras y contadas ocasiones, algunas son capaces de remontar el vuelo, pero para eso hace falta a gente con la capacidad de Iwata, y ese tipo de directivos escasea. Y cuando eso pase, en vez de quedarnos con los malos momentos de dichas compañías, recordaremos con nostalgia sus años dorados, sin plantearnos que el resto de las grandes de los videojuegos, tarde o temprano, caerán en esos mismos errores que llevaron a tantas otras al hundimiento.

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