
Son las 8:35 de la mañana. El servicio despertador del hotel no falla, aunque por unos momentos me gustaría que así fuera. Me imagino al recepcionista envuelto en llamas, corriendo por el vestíbulo entre gritos de dolor, sin que nadie le ayude, saliendo a la calle, invadiendo la calzada y siendo atropellado por un autobús escolar. Odio madrugar. En la ducha, paso un frío insoportable; al afeitarme, me doy un buen tajo en la barbilla; y mientras desayuno en la cafetería, un gilipollas casi me tira el portátil al suelo al pasar. Va a ser un día espléndido, sin duda.
Salgo del edificio e intento parar un taxi. Evidentemente, ninguno parece verme, así que se me ocurre la brillante idea de desnudarme y ponerme a cantar a pleno pulmón Last Christmas de Wham! mientras abrazo a desconocidos. Por suerte, antes de tomar una decisión, un taxi frena justo enfrente de mí y su conductora me indica que puedo subir. Nada más entrar, saco mi móvil y le leo en voz alta la dirección que apunté ayer. La taxista, que se parece terriblemente a Susan Boyle, asiente como si ya conociera el lugar y arranca el coche con suavidad. Durante el trayecto me habla sobre cosas como el clima, la política y la inmigración. Por un momento creo que no se ha dejado ni un sólo tópico en el tintero pero, justo antes de llegar al destino, me sorprende departiendo brevemente sobre la crisis. «Ahora sí», susurro para mis adentros, y el taxi se detiene. Me despido de Susan y le deseo mucha suerte con su disco. Me mira como si estuviera loco y sonríe forzadamente antes de arrancar con cierta urgencia.
Estoy frente a la verja de una gran casa ajardinada. Me acerco al portón, ajusto el nudo de mi corbata y, antes de pulsar el timbre, leo la placa dorada junto a él: Residencia de los Fils-Aimé.
El ama de llaves, de unos setenta años, me guía por un gigantesco pasillo rodeado de muebles de estilo rococó. Las paredes están completamente repletas de pósters de personajes de Nintendo engarzados en recargados marcos de oro. Mario, Luigi, Koopa, Peach, Yoshi, Wario, Link, Zelda, Samus, Kirby, Donkey Kong, Ness... No sé si están todos los que son pero, desde luego, sí que son todos los que están. «El señor le espera en la Sala Pokémon», me indica la anciana. Al principio creo que está de broma, pero al pasar ante puertas señalizadas como Jardín Pikmin, Biblioteca Golden Sun o Sauna Metroid me doy cuenta de que habla completamente en serio. El aturdimiento me dura hasta llegar al final del pasillo. Allí, el ama de llaves me invita a entrar y se despide con un movimiento de cabeza tan protocolario que me incomoda.
La Sala Pokémon resulta ser un despacho oval de tamaño considerable, alicatado con grabados de cada un de las criaturitas de a la serie. Aquí tampoco sabría decir si están todos, pero calculo que más de 400 seguro. Al fondo, sentado sobre su escritorio y mirando al techo con gesto reflexivo, Reggie le está dictando algo a su asistente personal, una menuda treintañera de aspecto tan eficiente como aburrido.
---'...y por todo esto, señora mía, desde Nintendo le agradecemos de corazón su labor como presidenta de la Coalición Radical de Amas de Casa Antiabortistas Amigas del Macramé y el Punto de Cruz Invertido y le aseguramos que esta nueva unión dará numerosos frutos en la industria del videojuego mucho antes de lo que espera. Siempre suyo, Reginald'. Muy bien, Agnes, ya puedes retirarte.
Se da la vuelta sin levantar la vista de su reloj de pulsera y, cuando su secretaria está a punto de salir por la puerta, ésta le avisa:
---Señor Fils-Aimé, ya ha llegado su cita.
---Ah, sí ---responde---, tú debes de ser el redactor de FaramirGames, ¿verdad?
---Anait ---corrijo.
---¿Qué?
---AnaitGames. Así se llama la página.
---Ah, sí, claro... toma asiento ---señala un pequeño sofá de dos plazas en un lateral de la sala. Sobre este, anclada a la pared, acecha una imponente escultura redonda de su cara sonriente de unos dos metros de diámetro, como si una versión gigante del propio Reggie estuviese curioseando el interior del edificio y atravesase la pared con su cabeza. Es aterrador.
---Si le parece bien, empezamos ya la entrevista. Mi vuelo sale en tres horas y no voy a poder entretenerme en preámbulos. Tendrá que ser algo muy rápido y general.
Saco la grabadora y la coloco sobre la mesilla, al lado de una pila de revistas. La primera es el número de septiembre de 2008 de Nintendo Power, anunciando en su portada un avance de Sonic & The Black Night, con una gran imagen del erizo azul blandiendo una aparatosa espada. Por un momento siento un extraño vacío y resuena en mi mente la voz de mi difunto abuelo recitando su frase de cabecera más famosa: «Todo se está yendo a la mierda».---Por supuesto ---contesta sin escucharme. Se acerca a un pequeño mueble-bar junto al sofá y se sirve una copa de champán---. ¿Quieres una copa?
---No, gra... ---observo la etiqueta de la botella más detenidamente. No puedo evitar el titubeo: no es champán; es Pinky--- ...cias. Ya le digo que voy con algo de prisa.
---Claro, claro, perdona. Ya sé que vosotros lleváis un vida muy ajetreada escribiendo articulitos y todo eso. Pero bueno, qué voy a saber yo, si sólo soy el presidente de la compañía más poderosa de la industria del entretenimiento... ---da un sorbo a su copa de zumo de manzana con gas, rodea el sofá, se sienta en un aparentemente cómodo sillón vibratorio a mi derecha y cruza los pies sobre la mesilla--- Dispara, muchacho.
---Muy bien, allá vamos. ¿Cree que Nintendo, con su estrategia expansiva, su apuesta por juegos de bajo coste y calidad pensando en el jugador casual, y su indiferencia sistemática hacia el jugador tradicional, está, como dicen algunos, matando a los videojuegos?
A Reggie se le congela la sonrisa. Me mira fijamente, con el rostro paralizado. Observo como un pequeño bulto en su sien empieza a latir aceleradamente y se le forma una minúscula gota de sudor sobre el labio superior. Algo no va bien.
---¿Hay algún problema? ---muestro preocupación--- Quizá la primera ha sido demasiado agresiva...
---No... No, no, no, no. ¡No! ¡Qué va, hombre! Es sólo que... un momento... deja que...
Se pone en pie de un salto y empieza a recorrer la habitación mientras balbucea ensimismado, como si estuviese buscando la solución a algún enigma. Finalmente se detiene justo en el centro del despacho y se frota la barbilla. Parece que ya ha terminado de elucubrar cualquiera que sea su plan. Súbitamente se dirige a su mesa, coge un pesado busto de bronce de Hiroshi Yamauchi, lo balancea y, sin decir ni una sola palabra, se golpea la cara con él repetidas veces. No entiendo nada, ni siquiera soy capaz de preguntarle qué demonios está haciendo. Se ha vuelto loco. Cuando termina, se afloja el nudo de la corbata, se arranca una manga de la americana y me sonríe. Tiene un ojo hinchado, le sangra el labio y ha perdido un diente. Palpa sobre la mesa sin dejar de sonreírme, coge el auricular del teléfono con forma de Bowser de su despacho y, sin marcar ningún número, empieza a gritar:
---¡Seguridad! ¡Seguridad! ¡Me atacan! ¡Seguridad!
Cuando está a punto de repetirlo una cuarta vez, entran en la estancia dos mastodónicos guardaespaldas ataviados con ajustadas camisetas negras estampadas con el logo distintivo de Nintendo y el eslogan "Touching is fun!". Uno de ellos lleva en la mano algo negro que parece el mando a distancia de un televisor. Pero en aquel despacho no hay ningún televisor. Atónito y sin capacidad de reacción, alcanzo a observar como coloca el aparato en el costado de mi cuello y pierdo la consciencia después de que algo me sacuda todo el cuerpo.
Me despierta un tipo gordo embutido en un mono amarillo fluorescente. Es un basurero. Ha anochecido y estoy tumbado sobre un montón de bolsas de residuos orgánicos, dentro de un contenedor en mitad de un callejón de un barrio en el que no me gustaría criar a mis hijos. Estoy relativamente cómodo, a pesar del hedor. El gordo tiene prisa, quiere cargar el camión. Por lo visto está ansioso por recoger toda la mierda de la ciudad. Bien por él. Me insulta, me zarandea tirando de la solapa rota de mi traje polvoriento y me saca del contenedor, depositándome en el suelo bruscamente. A él también me lo imagino ardiendo, revolcándose envuelto en llamas entre la carga de su camión apestoso. ¿Es que en este sitio no dejan dormir a nadie?
Salgo del callejón. Me duele todo. En el primer cruce que encuentro, tumbado a mi izquierda, topo con un viejo vagabundo tocando un acordeón sucio y mohoso junto a un chucho aún más sucio y mohoso. En uno de los laterales del instrumento hay una pequeña pegatina gastada con una imagen clásica de Sonic levantando el dedo índice. Le han dibujado con boli un enorme pene y unos testículos llenos de pelos. Efectivamente, mi abuelo tenía razón.
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