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8/10
Nota AnaitLectura rápida
Dustforce se ha coronado como la primera joya independiente del año. Que vengan más, espero; pero de momento esta es una pastilla genial de plataformas, un reto que los amantes de la dificultad seguro sabrán apreciar en su justa medida.
Durante los últimos días he pensado mucho en cómo describir Dustforce echando mano de otros dos juegos conocidos, haciendo un tal meets cual. Casi ninguna de las opciones que logré encontrar me convencieron del todo, pero si debo elegir una me quedaría con Super Meat Boy meets Sonic; no es del todo precisa, pero sí nos ayuda a hacernos una vaguísima idea de lo que podemos esperar de esta aventura plataformera protagonizada por un intrépido escuadrón de barrenderos.
Por un lado, de Super Meat Boy tiene Dustforce esa búsqueda casi infinita de la precisión absoluta: calcular cada salto al milímetro no es esencial para terminar el juego, como tampoco lo era en el del simpático bloque de carne, pero sí lo es para entenderlo en toda su magnitud. Aquí la precisión no sólo se recompensa, además, con incentivos puramente jugables (como desbloquear nuevos niveles, una tarea realmente difícil) sino que además tenemos el plus de que al jugar bien lo hacemos bonito; visualmente tiende al preciosismo, pero además sabe darnos pequeños momentos muy agradables como guinda cuando terminamos un nivel bien. Después de dejarte los dedos para barrer todo, encadenar todo y acabar con un ataque especial que fulmina a todos los enemigos en pantalla, la secuencia mínima a cámara lenta en la que nuestro personaje cae a cámara lenta con todas las hojas volando a su alrededor resulta muy satisfactoria.
Porque sí, Dustforce es un juego de barrer. Nuestro objetivo es recorrer los niveles del juego limpiando las hojas, polvo o mugre que se nos interpongan. A veces encontraremos elementos hostiles, pero no hemos de temer: sólo son criaturas buenas llenas de suciedad que podemos limpiar a base de escobazos, devolviéndolos a su estado de bondad natural. Cuando llegamos al final del nivel suele haber unos cuantos enemigos juntos, y una vez están limpios terminamos, nos dan una puntuación por porcentaje de escenario barrido y precisión con que lo hemos hecho y a por el siguiente. Hacerlo todo lo más rápido posible ayuda, porque además nos hace escalar puestos en los rankings del juego, actualizados al momento.
En lo de las criaturas que devolvemos a su estado bondadoso y en la necesidad de terminar los niveles rápido, sin dejar de correr, el juego me recuerda a Sonic. Es algo muy cogido por los pelos, es cierto, pero puede valer para hacerse una idea: igual que en el juego del erizo, aquí la clave es correr todo el rato e hilar muy fino a la hora de hacer cada salto y trepar cada pared. Esto es algo muy personal de Dustforce: cuando saltamos hacia una pared podemos treparla un poco dirigiendo al personaje hacia arriba, e incluso caminar por el techo momentáneamente; podéis imaginar que el juego que da esto en un plataformas es grande.
El diseño de niveles está a la altura: a medida que avanzamos la complejidad aumenta, pero además cada mundo tiene su propio estilo; las formas más irregulares del primero nada tienen que ver con los ángulos de los laboratorios, por poner un ejemplo. Cada uno, además, tiene un tratamiento visual precioso: es un placer recorrer las polvorientas estancias de la mansión, con sus bibliotecas llenas de polvo y sus sirvientes convertidos en gárgolas de suciedad. Visualmente es una delicia, en general. Todo está formidablemente dibujado y animado, y la magia que desprende el juego es impagable.

Pocos peros se le pueden poner a Dustforce. Acaso su sobriedad en muchos aspectos, como el argumental, choca un poco con lo barroco de su mapa: juro que me sentí un poco imbécil cuando, dejado de la mano de la fortuna en medio de la zona desde la que accedemos a los niveles, me di cuenta de que para llegar a nuevas pantallas había que, de hecho, explorar el mapa como si de otro nivel se tratara. También resulta un poco frustrante que el juego exija tanto para desbloquear nuevos niveles: conseguir doble rango S en cada nivel, requisito esencial para conseguir las llaves que nos abren paso a las puertas cerradas, es muy duro.
A pesar de todo, no creo que esto pueda ser considerado un punto en su contra, sobre todo teniendo en cuenta que todo lo demás es brillante: hermosísimo, divertido a rabiar y vibrante como pocos, Dustforce se ha coronado como la primera joya independiente del año. Que vengan más, espero; pero de momento esta es una pastilla genial de plataformas, un reto que los amantes de la dificultad seguro sabrán apreciar en su justa medida. [8]
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